El que anduvo en la mar...

Redacción Portafolio
Opinión
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Redacción Portafolio
abril 09 de 2015
2015-04-09 07:58 p.m.

La Semana Santa que transcurre en la premura de las vacaciones y el descanso, y en muchos casos en la celebración de verdaderas fiestas, tendrá, como las de años pasados, un gran ausente. Y no porque no se le exponga en su condición de martirio y redención, que como una alabanza al dolor se ha sobrepuesto a sus mensajes de vida.

Tampoco porque no se le glorifique, si todavía se puede decir así, en ceremonias y procesiones, en muchas de las cuales pacientes feligreses se flagelan y mortifican para recordar el sacrificio que los inspira y expiar con su sangre la condición del pecado, a la que con tanta facilidad accede la naturaleza humana, y a la que muchos volverán con sus cicatrices.

El gran ausente es Jesús, el Cristo. Le extendimos un tiquete de ida a sus mensajes de vida, incapaces de interiorizar lecciones que su misterio breve nos legó más allá de la muerte. Antonio Machado lo resumió en su poema “La Saeta”, cuando se negó a cantar “a ese Jesús del madero” y tributó su poema “al que anduvo en la mar”.

Y es que como la imagen cruenta y luctuosa de ese proceso que va desde La Última Cena y la aprehensión en el Huerto de Los Olivos (en el cumplimiento de la misión de un hombre que como Judas, tampoco pudo elegir su destino) pasando por el viacrucis hasta la crucifixión, como esa imagen, digo, es tan poderosa y conmovedora, no recordamos lo que enseñó en sus tres años de prédica. Y no lo hacemos cumpliendo el mandato del buen ejemplo, que como ya se sabe, vale más que mil palabras.

Jesús es el creador del perdón. O como bien lo expresa Hannah Arendt en su bello libro “La condición humana”, “el descubridor del papel del perdón en la esfera de los asuntos humanos fue Jesús de Nazaret”. ¿Cuántos vamos en esta Semana Santa a pedirles perdón a quienes hemos ofendido y dañado y cuántos vamos a perdonar a quienes nos han pagado con la misma moneda? ¿Cuántos vamos a hacer realidad la súplica al Padrenuestro y pedirle que perdone nuestras ofensas, así como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden? Hablo del perdón de raíz, comprometido, y no del perdón publicitario, el del maquillaje y la cámara. Justo en la carátula del libro de Hannah Arendt pegué un recorte de periódico.

En él se reseña, hace poco tiempo, el perdón que un H. Congresista que a veces habla como Palabra de Dios, les pidió a otros colombianos. A Angelino Garzón por acosarlo para que se hiciera un examen cuando estaba convaleciente. Al ex presidente Uribe por abandonarlo. A los LGBTI por el desplante de su compañero de pupitre Gerlein. Y a los internautas por la “ley Lleras”. Buen hombre…

Pero el Cristo también nos enseñó, con su ejemplo, reitero, que debíamos ser íntegros. Y formar una unidad indivisible y compacta entre nuestro pensamiento, nuestra boca y nuestro corazón. Así entiendo yo las tres cruces que trazan los cristianos al persignarse.

Es como un llamado a la protección de nuestro pensamiento, nuestras palabras y nuestras obras. Es una lástima que muchos de nosotros, aplicando el mecanismo de la supervivencia, hayamos tenido que pasar tanto tiempo desdoblándonos, traicionándonos, mimetizándonos y hoy vivamos como una hidra, con una cabeza, una palabra, un corazón y una postura para acomodarnos a cada situación.

Quisiera recordar otras lecciones de Jesucristo, como el mandato de la humildad y de la sencillez, como la absoluta proscripción de la arrogancia, una bestia fútil sobre la que cabalgamos cuando tenemos poder o dinero o belleza, o cualquiera otra de las dichas pasajeras. Y al poner en modo de oración y arrodillar esta columna que debe acabarse ahora, quisiera que esta Semana Santa dejara en mí un Hombre Nuevo. Y decirle al Cristo que mataremos en pocas horas que voy a seguir el ejemplo de su vida. Yo, el pecador…

Carlos Gustavo Álvarez G.

cgalvarezg@gmail.com


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