Aprendiendo de los deportistas olímpicos

Debemos trazarnos grandes metas. Recordemos: el peligro no está en fijarlas tan altas que no las cumplamos, sino que sean tan bajas que las alcancemos.

Redacción Portafolio
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Redacción Portafolio
agosto 25 de 2012
2012-08-25 02:50 a.m.

Con motivo de la realización de los Juegos Olímpicos Londres 2012, volví a revisar algunos estudios sobre las enseñanzas que aportan los deportistas a los empresarios, y viceversa.

Sin duda, el deporte es un catalizador del aprendizaje organizacional y del proceso de desarrollo profesional, que puede aplicarse plenamente al perfeccionamiento de las cualidades directivas.

La práctica deportiva ilustra la capacidad humana para afrontar los retos.

Por ejemplo, antes de 1978 era médicamente imposible ascender a más de 8.000 m sin oxígeno, y el mito lo derribaron Reinhold Messner y Peter Habeler cuando llegaron a la cima del Everest (8.848 m.) sin ayudas artificiales.

También se consideraba que correr la milla en menos de 4 minutos era imposible, y hoy el récord mundial está en 3 minutos y 43 segundos.

Todo indica que en los deportes, como en los negocios, la mente es el principal autolimitante.

Ya lo decía Scott McNealy, el célebre fundador de Sun MicroSystems, “las metas solo nos limitan. Las metas solo van después de los sueños.

Cuando tenemos un sueño y nos esforzamos por convertirlo en realidad, nada es imposible”.

Con la cantidad de medallas que ganó Colombia en la olimpíada, los medios informaron profusamente sobre las vidas de nuestros campeones.

La mayoría tiene en común su origen humilde; pero absolutamente todos, el esfuerzo y la pasión como carburantes de sus triunfos.

No hay discusión, en el deporte y en la empresa los mejores jugadores se hacen. Claro, tienen ciertas habilidades innatas, pero la mayor parte es hechura de sí mismos.

Solo hay que dar un vistazo a nuestros grandes emprendedores y fundadores de organizaciones que mostramos como modelos de negocios: Nicolás y Gigliola, de BodyTech; Eduardo y Beatriz, de Crepes & Waffles; y Natan, de Totto. Ellos soñaron, creyeron, se atrevieron e hicieron.

Todos estos empresarios, a quienes me precio de conocer y de haberlos tenido en mis clases compartiendo sus conocimientos con los participantes, saben que han tenido éxito, pero siempre están atentos a aprender; son conscientes de sus grandes posibilidades, pero también de sus limitaciones.

Ninguno olvida que somos humanos y saben que al triunfo se llega más lejos con humildad que con arrogancia.

Igual sucede con nuestros deportistas. En todas sus entrevistas agradecieron a muchas personas porque saben que para triunfar se necesita de la ayuda de los demás.

Vi por televisión las gestas de Caterine Ibargüen, con ese sensacional último salto que le otorgó la medalla de plata; de Oscar Muñoz un muchachito de apenas 19 años y, obviamente, de nuestra Mariana Pajón. Los tres, en unos pocos segundos, se jugaron todas sus ilusiones y la preparación de al menos cuatro años.

¡Qué fortaleza mental! Comprobamos que los grandes protagonistas hacen cosas impensables bajo presión. Por eso es que un deportista requiere más preparación mental que física.

En el empresario la situación es parecida, y en ocasiones su desarrollo personal vale más que el profesional.

Cultivar sus habilidades de análisis, que le dan acceso a entender una situación rápidamente; interpersonales, que le permiten interrelacionarse y crear confianza en los demás; y emocionales, que lo preparan para tomar decisiones frías y cerebrales en los momentos más tensos, son apenas algunas de las más valiosas destrezas corporativas, que diariamente se deben reforzar.

El autodominio es la clave para resolver las situaciones que se presentan bajo la presión de los acontecimientos.

Cuando las cosas salen mal, los deportistas sobresalientes siguen adelante. Chaterine Ibargüen empezó con salto alto sin mucha suerte. Mariana Pajón no pudo competir en los olímpicos de Pekín por su corta edad.

Óscar Figueroa, nuestro pesista plateado, había participado sin éxito en los juegos de Atenas, en Pekín se lesionó la mano derecha y hasta se temió por su futuro, y fue en Londres que llegó la medalla. A los deportistas victoriosos, la derrota los vuelve más fuertes y grandes.

Similar con los empresarios. Las dificultades jamás los intimidan y la adrenalina tiende a actuar como su mejor combustible; es más, en la teoría del emprendimiento decimos: “El burócrata se retira a la primera derrota, mientras que el emprendedor fracasa y fracasa hasta que tiene éxito”.

Como diría algún boxeador, “lo que importa no son los golpes que se den, sino los que se resistan”.

El secreto de esta tenacidad es que los unos y los otros tienen su foco en el largo plazo. Las ascensiones a la alta montaña son un ejemplo perfecto: si no se tiene la mente y el corazón puesto en la cima, difícilmente se tendrá el coraje para aguantar el esfuerzo, pero si no se tienen los ojos puestos en el siguiente paso puedes resbalar y morir.

Hay que tener la mirada en la cumbre, pero sin olvidar los pies.

Hay que tener puesta la mira en la medalla, pero sin olvidar la primera prueba. Empresarialmente, este es el equilibrio entre el corto y el largo plazo, entre el sueño penetrante del mañana y lo que es posible alcanzar hoy.

Investigaciones serias demuestran que las empresas perdurables y rentables son las que responden a grandes proyectos de vida de sus gestores y no al ánimo de lucro.

El dinero o la riqueza son las recompensas al trabajo, a los aciertos. Me parece que el tema de las medallas es equivalente: la gloria no es subirse en el podio, sino haber hecho todo en la vida para estar allí.

Para darle continuidad a los recientes éxitos olímpicos y al vigoroso desarrollo que muestran muchas de nuestras empresas, debemos trazarnos grandes metas. Recordemos: el peligro no está en fijarlas tan altas que no las cumplamos, sino que sean tan bajas que las alcancemos.

Fabio Novoa R., 

Director del Área de Dirección de Producción,  Operaciones y Tecnología de INALDE

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