Bendición de mamá

Redacción Portafolio
Opinión
POR:
Redacción Portafolio
mayo 09 de 2015
2015-05-09 02:06 a.m.

Algo que caracteriza a las mamás de antes, a las de ahora, a las mamás, es la duración de los saludos y de las despedidas. Bien sea por la vía presencial o celular (hay que reconocerlo: algunas de ellas todavía dicen “telefónica”), nuestras progenitoras no lo sueltan a uno hasta que no lo han escaneado detallada, amorosamente. Es un sistema de rastreo que les sirve para determinar el estado real de nuestras vidas, y que ellas utilizan siempre y de la misma forma.

Yo lo he denominado para efectos de esta columna, que escribo para el día especial que las celebra, “el plano maternal dividido en cuatro cuadrantes por los ejes cartesianos”. Cada uno de ellos está conformado por un número inalterable de preguntas (en el caso del saludo) y
una misma cantidad de bendiciones (no encuentro otra manera de llamarlas), en tratándose de las despedidas.

El primer cuadrante está destinado a la salud. Pues una mamá siempre hace la obertura de su sinfonía protectora con la pregunta “¿cómo está de salud, mijo?”. Uno siempre responde generalidades tranquilizantes o postizas, de moda. “Bien”, “Súper”, “Mejor que nunca”. Tanta fanfarria no las engaña, pues ellas, ¡cómo no!, llevan la historia clínica, la epicrisis de nuestras vidas. Y entonces van a lo específico: la rodilla, la cabeza, etc. O al último mal que nos aqueja: la gripa, la quebrada de brazo, pierna, o preguntas específicas sobre los males que afligen a las hijas mujeres.

Hay, por supuesto, una parte sicológica de esta medicina general. Las mamás, sin cursar posgrados ni especializaciones, saben de nuestro estado de ánimo. Reconocen la alegría que fingimos, detectan la tristeza que enmascaramos y advierten la esquiva serenidad de las vidas de ahora. Procesan esa información y pasan al segundo cuadrante.

Está íntimamente ligado con el anterior y configurado por las circunstancias, factores y situaciones que sostienen la salud. ¿Hemos comido? ¿Lo estamos haciendo bien? ¿Queremos algo? ¿Hemos dormido? ¿Cómo está la familia? ¿El nieto? ¿La nieta? ¿Hacemos ejercicio? ¿Tenemos cuidado con los vicios y las tentaciones?

En este punto, muchos hijos e hijas ya han comenzado a nutrirse de monosílabos (sí, no, no, sí), y algunos a desesperarse. Pero la madre debe llenar el cuestionario del tercer cuadrante, que para ella es definitivo. Se trata de la seguridad. ¿Tenemos cuidado cuando andamos por ahí, cuando nos subimos a TransMilenio? Y las mamás también asumen al trabajo como parte de la seguridad de la vida. Siempre hay que cuidar el que se tiene. Y nada angustia más a una mamá después de un hijo enfermo o desgraciado, que un hijo desempleado. Debe haber mucha mamá angustiada por sus hijos jóvenes, recién egresados, por sus hijos…

Es hora de llegar al cuarto cuadrante. El que casi siempre está presidido por Dios o la Virgen o Todos y cada uno de los Santos. La mamá averigua si estamos bien con Ella, con Él, con Ellos y nos recuerda la importancia de la fe y el poder redentor de la oración.

El saludo maternal ha terminado. Podemos dedicarnos a otras cosas. Ellas han recopilado las respuestas y trazado un diagnóstico, en el que tienen prelación nuestros silencios, nuestras omisiones, la esquiva pena de nuestra mirada. Volverán para ampliar su evaluación.

“Mijo, que quedé pensando en lo que me dijo de… dígame la verdad…”. Y uno ahí, en el polígrafo de la ternura, sin poder escapar al vaticinio.

La despedida comprende el paso por los mismos cuadrantes, pero esta vez en forma de deseos, de órdenes leves enunciadas en tono de súplica y en las que casi siempre se repiten, en un imperativo cariñoso, los verbos cuidar, encomendarse (a Dios) y acompañar (“que la Virgen lo acompañe”). Es entonces cuando su mano se convierte en bendición, que cierra la coraza contra el mal y la adversidad. Hemos quedado ungidos, protegidos por la verdadera representante de Dios sobre la tierra: nuestra madre.

Y he hecho esta reflexión con ropaje geométrico, pensando en dos situaciones. En las veces que nos doblega el afán de nuestros días y nos impacienta la ceremonia de los cuadrantes benditos. E interrumpimos esa eucaristía protectora de nuestras madres o las despachamos incluso con grosería. El solo imaginar cómo será el día en que no tenga la bendición de mamá, me devasta. ¿Cómo voy a salir a la calle sin ese escudo, desprovisto de esa coraza, carente de ese ángel de la guarda?

Carlos Gustavo Álvarez G.
cgalvarezg@gmail.com

 

Nuestros columnistas

día a día
Lunes
martes
Miércoles
jueves
viernes
sábado