Benedicto XVI

¿Qué gestos acordes con los signos de los tiempos le darían credibilidad a la jerarquía eclesiástica yla pondrían en actitud dialogal más cercana al espíritu de humilde servicio de su fundador?

Redacción Portafolio
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Redacción Portafolio
febrero 15 de 2013
2013-02-15 12:06 a.m.

¿Podrá sorprendernos Benedicto XVI? Aunque no en el sentido en que lo planteaba en la columna de Portafolio (9/Mayo/2005) con ese título, comentando su elección como sucesor de Juan Pablo II, el cardenal Ratzinger, ciertamente, lo ha hecho con su renuncia. Un gesto tan valeroso como sus ‘inoportunos’ comentarios sobre el islamismo, ambos evidenciando una sabiduría y claridad teológica, de las cuales carecía su predecesor.

Refiero a continuación los comentarios de dos eminentes críticos, teólogos de su estatura: Hans Kung y C. M. Martini. En carta abierta a los obispos (en el quinto aniversario de la elección, en abril del 2005), el primero hablaba de oportunidades perdidas: acercamiento a las iglesias protestantes; reconciliación con los pueblos indígenas de América; ayudar a los africanos permitiéndoles el uso de los medios para evitar la sobrepoblación y el Sida; hacer paces con la ciencia moderna, afirmando la teoría de la evolución e investigación en stem cels; hacer del espíritu de Vaticano II el norte para la Iglesia (haciendo adiciones e interpretaciones contrarias a él).

Agrega Kung: acogió a los obispos de la sociedad Pio X y promovió la medieval misa tridentina; se negó a implementar los pasos para el rapprochement con la iglesia anglicana; fortaleció las fuerzas anticonciliares con nombramientos de oficiales y cardenales; profundizó la pérdida de influencia de la Iglesia en materia de sexo; presidió sobre el éxodo de sacerdotes por el celibato. Finalmente, como quien recibió de Juan Pablo PII la tarea de imponer la disciplina en la Iglesia (presidiendo la congregación romana para la doctrina de la fe) montó un sistema de encubrimiento y silenciamiento, dirigiendo a los obispos su epístola de delictis gravioribus, sellando los casos de abuso con secretum pontificium, cuya violación acarrearía grave castigo. No el horror, es cierto, de la complicidad de Juan Pablo II con Maciel, pero la misma prioridad del status de la institución sobre la justicia, la verdad y el bienestar de los débiles a su cargo.

Otro gigante, el C. Martini, jesuita arzobispo de Milán, conocido por su erudición bíblica y sus posturas liberales sobre celibato sacerdotal, diaconado para la mujer y no excomunión de los casados en segundas nupcias, habló en su entrevista final de 200 años como el atraso de la Iglesia, y la comparó con el joven rico del evangelio, incapaz de superar su apego a su riqueza, poder y pompa. No una crítica, cierto, a Benedicto XVI, sino a la Iglesia, posconciliar que la habilidad política y mediática de Juan Pablo II y la inteligencia teológica de Ratzinger lograron presentar como tal, siendo una severa regresión preconciliar. Como comenté en la referida columna de Portafolio: la actitud dialogal de la constitución pastoral de la Iglesia fue reemplazada por la dogmática juridicial de Vaticano I. ¿Podrá sorprendernos el sucesor de Benedicto XVI? Difícil, considerando la forma como Juan Pablo II y Benedicto XVI sesgaron la composición del colegio cardenalicio hacia los obispos más reaccionarios con exclusión sistemática de los más progresistas.

Martini hablaba de una conversión: ¿qué gestos acordes con los signos de los tiempos le darían credibilidad a la jerarquía eclesiástica y la pondrían en una actitud dialogal más cercana al espíritu de humilde servicio de su fundador? Yo me atrevería a sugerir dos renuncias. Primero, al poder que permitió los horrores de la pedofilia y del silenciamiento cómplice que extendió escandalosamente el perjuicio para los niños. ¿Podrá la jerarquía eclesiástica pedir perdón (no mediática, pero irrelevantemente, en términos prácticos, como en típica pose publicitaria efectista de Juan Pablo II de su petición de perdón a la mujer) por un encubrimiento cómplice en el cual su poder fue privilegiado frente a la integridad y el bienestar de los débiles, que supuestamente están bajo su cuidado? Segundo, al control, que ejerce férreamente de acuerdo a convicciones medievales en materia de sexo, celibato, matrimonio y procreación.

¿Podrá parar de torpedear la unión con los anglicanos porque ordenan mujeres, de excomulgar a las familias de los casados en segundas nupcias (algo que muestra, según Martini, una mala teología de los sacramentos como instrumentos disciplinarios y no de gracia gratuita y curativa que son), y ¿podrá permitir a los sacerdotes que así lo escojan contraer matrimonio y ordenar a casados y mujeres, dando prioridad a la atención pastoral de cientos de millones de fieles que están siendo desatendidos, sobre sus legalismos carentes de fundamento teológico o bíblico? ¿Podrá revertir su absurda, obsoleta y destructiva posición sobre los medios anticonceptivos y la consiguiente excomunión legal de quienes los practican, posición que ha provocado un éxodo masivo de fieles de ella?

Todos estos serían pasos que revertirían la profundización de la brecha histórica de la cual habla Martini, agenciada por la Iglesia preconciliar, que con la fachada de posconciliar ha monopolizado el poder y el control en la jerarquía eclesiástica católica. ¿Veremos algún día una actitud que priorice el servicio pastoral sobre el poder y el control de la autoridad, como, de hecho, lo viven decenas de miles de obispos, sacerdotes, religiosos y laicos en incontables situaciones de servicio heroico? En la diócesis en la que yo vivía en Alemania, el obispo era una mujer: lo escandaloso que resulta esto para la jerarquía católica es una medida de esa brecha.

Ricardo Chica, Grupo Desarrollo Economico y Globalizacion, UAM

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