Las caras del emprendimiento social

Con un modelo sostenible que incorpora herramientas de la administración de empresas y una alta dosis de visión a mediano y largo plazo, combinadas con un fin social de gran trasfondo, el emprendimiento social es una realidad en Colombia.

Redacción Portafolio
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Redacción Portafolio
agosto 14 de 2012
2012-08-14 01:24 a.m.

Hay quienes todavía hablan de aportarle al país un ‘granito de arena’. Hay a los que se les va la vida anhelando hacer obras de caridad aisladas o soñando con ‘pequeños aportes’ para una nación con grandes necesidades.

Están los que quisieran, algún día, incorporarse en un proyecto social o quienes añorarían ayudarles a comunidades desfavorecidas. Unos aspiran a hacerlo, es verdad. Otros, en cambio, ya lo están logrando.

Con un modelo sostenible que incorpora herramientas de la administración de empresas y una alta dosis de visión a mediano y largo plazo, combinadas con un fin social de gran trasfondo, el emprendimiento social es una realidad en Colombia gracias a líderes en diferentes áreas y con distintos proyectos, que han hecho compatible su actividad profesional con un plan de vida que les permite cumplir sus propias metas ayudando a los demás.

Son, ni más ni menos, corporaciones creadas con el propósito de servirle a la gente, cuyo mayor capital está, justamente, en la humanidad de quienes hacen parte de estas ‘empresas’ que sobreviven con altruismo al entorno egoísta-capitalista que se ha tomado el mundo.

Es más, logran alimentarse de él para transformar los cínicos discursos sociales en acciones que, silenciosas, están consiguiendo un impacto aún no calculado en la Colombia profunda que el ruido de las máquinas industriales no deja sentir.

El emprendimiento social ha crecido en Colombia invisible ante los ojos de miles de ciudadanos que todavía no entienden de qué va este poderoso concepto. Para hacerlo simple, se trata de una asociación deliberada de individuos, una suma pensante de sinergias en torno a una causa distinta que la de hacer dinero.

Los convoca un objetivo superior, el de cambiar comunidades vulnerables, mejorar el nivel de vida de otros, conectar esfuerzos sociales para hacerlos crecer con táctica y estrategia, y dejar las palabras a un lado para convertirlas en proyectos concretos.

El emprendimiento social es la más razonable de todas las esperanzas para quienes aún tenemos algo de fe en la raza humana.

Precisamente, uno de los emprendedores sociales con más empuje en Colombia es Juan David Aristizábal, p residente de la Fundación Ideas por un País Mejor, cofundador y director de estrategia de Buena Nota, que desde el 2006 ha difundido los emprendimientos sociales y se ha convertido en una red de obligada referencia a nivel mundial.

La más grande organización de emprendedores en el mundo se llama Ashoka, y sus fellows o miembros activos son, entre otros, premios Nobel y ejemplos ambulantes de compromiso social en varios países.

Con solo 23 años, Aristizábal se ha convertido en el más joven de todos ellos y ha ingresado a un selecto club que, lejos de conferir privilegios, impone deberes que él ha sabido adelantar con éxito en el difícil contexto colombiano.

De allí, su iniciativa de agrupar 16 casos de éxito de emprendimiento social en Colombia para ponerle caras a un concepto todavía esquivo para muchos.

El libro Llenando espacios habla exactamente de este modelo al que empresarios privados y entidades gubernamentales deberían prestarle más atención, pues surge como alternativa viable para transformar sectores poblacionales a los que ni los unos ni los otros pueden llegar, pero, que en la suma de todos los factores de desarrollo, tienen un peso determinante para saber si seguimos estancados o damos el brinco hacia la verdadera prosperidad.

Colombianos como Felipe Vergara, quien ha logrado financiar el talento de jóvenes que quieren acceder a la educación superior; Vicky Colbert, auténtica revolucionaria del modelo de entender la escuela; Javier González quien ha enseñado a leer y escribir a más de un millón de personas a través de un novedoso juego; Luis Alberto Camargo, creador de modelos sostenibles para que niños y jóvenes quieran y cuiden el medio ambiente; Ricardo Cobo quien ha logrado que las personas con discapacidad cognitiva sean reconocidas como seres humanos activos, y Stella Cárdenas, obsesionada con erradicar la explotación sexual de niños y niñas, son solo unos ejemplos de emprendedores sociales que prefieren seguirnos explicando con acciones, y no con palabras, en qué consiste esta herramienta de cambio.

Sus proyectos llevan consigo una planeación rigurosa que envidiaría el más avanzado departamento de responsabilidad social de empresa alguna.

Tienen una indudable vocación de permanencia y funcionan con criterios corporativos que han permitido que algunos se forren en oro, pero que, en estos casos, han producido un efecto que solo se consigue con un compromiso encomiable.

Estos colombianos han logrado sustituir las lágrimas en los rostros de los desprotegidos por caras sonrientes, y transformado la desesperanza en fundado optimismo.

José Manuel Acevedo M. 

Analista

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