Claves para ejercer un adecuado estilo directivo

La forma de dirigir puede ser flexible para adecuarse a diversas circunstancias, pero los principios deben ser firmes y la actitud siempre óptima. Debe hacer de su liderazgo un ejercicio consciente y racional, que parta de diagnosticar correctamente la situación.

Redacción Portafolio
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Redacción Portafolio
agosto 10 de 2014
2014-08-10 10:34 p.m.

Supongamos que una encuesta revela que su estilo directivo es calificado como ‘democrático’. ¿Es algo bueno?

Si debe dirigir un equipo competente pero altamente desmotivado y acostumbrado a ser dirigido de forma autoritaria, puede ser algo positivo al ser un buen momento para conocer a cada uno, pedir su opinión, escucharlos y hacer esfuerzos por integrar de manera participativa sus ideas dentro de ciertas decisiones.

Pero si está en la mitad de una coyuntura de crisis, necesita tomar decisiones inmediatas que deben ser rápida y eficazmente comunicadas y ágilmente ejecutadas, un estilo muy democrático puede ser altamente disfuncional e inoportuno.

De forma similar, actuar autoritariamente para obligar a la gente a asistir a la fiesta de fin de año de la empresa no parece ir acorde con el propósito de fomentar un ambiente laboral amigable, una cultura de unidad o un ambiente de integración.

Así, ¿cómo ejercer un estilo adecuado? Una primera recomendación sería guardar un sano escepticismo frente a los frecuentes cuestionarios de revistas que pretendan definir con certeza cuál es su estilo de liderazgo.

Más aún si al final pretenden encajarlo en definiciones demasiado rígidas que no suelen adecuarse fácilmente a las particularidades y la complejidad del comportamiento humano.

Suele suceder que uno mismo descubra que ciertas conductas y rasgos de su personalidad, dependiendo de las circunstancias, no se ajustan con precisión a ninguno de los estereotipos en los que el cuestionario pretende encasillarlo.

Un segundo consejo es hacer de su estilo de liderazgo un ejercicio consciente y racional, que parta de diagnosticar correctamente la situación a la cual debe enfrentarse.

No pretenda que su estilo directivo sea definido desde fuera (sea por un cuestionario en una revista o por un consejo de un colega), pues no se trata de descubrir cuál es su estilo directivo a partir de los rasgos más frecuentes de su personalidad, como si estos determinaran totalmente su forma de comportarse, al margen de cualquier circunstancia.

Es mejor asumir una actitud de sana humildad para no sobrevalorar sus propias competencias y aproximar las decisiones con mayor apertura.

De esta forma, procure interesarse por conocer a cada miembro de su equipo y entender sus particularidades y necesidades; valore la experiencia y las capacidades del grupo; evite los juicios y etiquetas que lo lleven a prejuzgarlos y tratarlos según dichos prejuicios antes que por una valoración justa y adecuada a la realidad; comprenda las particularidades propias de las tareas de sus colaboradores para entender su realidad a la hora de definir sus metas y sus indicadores de evaluación; tenga siempre presente la coyuntura de la organización y las circunstancias y objetivos a los que deben responder, así como los medios disponibles para lograrlo; y sea consciente de sus propias motivaciones de cara al trabajo para no dejar que estas interfieran con las decisiones que deba tomar para bien de la organización o de su área, aun si por ellas debe dejar de lado ciertos intereses personales.

Dado lo anterior, el tercer consejo es que adopte una postura flexible frente a la escogencia de su estilo de dirección. Entienda que las circunstancias y coyunturas, tanto del entorno como de la organización, evolucionan.

De igual manera cambian las circunstancias y necesidades de cada miembro de su equipo de trabajo, del grupo como tal y las suyas propias.

El aprendizaje personal y laboral hace que cada uno requiera un acompañamiento diferente de acuerdo con lo que las contingencias demandan.

Así, no es igual dirigir en una situación de crisis que en una de bonanza, a un equipo motivado que a uno desmotivado, a un grupo de militares que a uno de voluntarios, a veteranos y expertos que a jóvenes y practicantes, a operarios encargados de tareas repetitivas en una planta de producción que a artistas o científicos en un departamento de investigación y desarrollo, o a altos directivos que a personal de servicios generales.

Sin embargo, conviene aclarar que esta flexibilidad se refiere específicamente a la táctica con la cual manda sobre unos u otros, pero no debe permitirse a la hora de definir los principios y actitudes con los que gobierna.

No conviene tener un directivo que carezca de principios firmes, de forma que por ejemplo vea la honestidad como un valor susceptible de ser sacrificado en aras de conseguir una bonificación.

Tampoco encaja uno que falte el respeto a su gente bajo la excusa de aumentar la exigencia. No por aumentar la eficacia de corto plazo se necesita ser deshonesto, así como ser exigente no implica ser grosero.

La forma de dirigir puede ser flexible para adecuarse a diversas circunstancias, pero los principios deben ser firmes y la actitud siempre óptima.

Juan Manuel Parra Torres
Profesor del área de Dirección de Personas en las Organizaciones de INALDE Business School

 


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