Condenados a priorizar

Una Política de Desarrollo Productivo no es otra cosa que esfuerzos entre el sector público y el privado para identificar y abordar cuellos de botella que limitan la productividad y la capacidad de sofisticación y diversificación del sector privado.

Redacción Portafolio
Opinión
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Redacción Portafolio
octubre 21 de 2015
2015-10-21 03:44 a.m.

No habría escrito esta columna si no fuera porque uno de mis economistas favoritos, quien además fue profesor mío, estuvo en Cartagena hace unas semanas y envió un mensaje –en el marco del Congreso de Confecámaras– que puede generar mucha confusión en el país, particularmente en este momento en el que dentro del Sistema Nacional de Competitividad, Ciencia, Tecnología e Innovación se está construyendo un Conpes de Política de Desarrollo Productivo (PDP), o la Política Industrial Moderna, que viene reclamándose desde varios sectores.

Ricardo Hausmann, profesor de la Universidad de Harvard, a una pregunta de la ministra de Comercio, Cecilia Álvarez, sobre si el país debía priorizar sectores en el marco de una PDP, atinó a decir que no. Quiero creer que a la respuesta de Hausmann le faltaron muchos matices, dado el corto tiempo de su intervención. Lo cierto es que su respuesta, más allá de la acogida que tuvo por parte de la Ministra, generó grandes interrogantes en muchos de los funcionarios y actores privados que hoy en día vienen construyendo la PDP.

Entiendo que Hausmann, al igual que nosotros en el Consejo Privado de Competitividad, sea totalmente averso a una visión en la cual el Estado define –desde el nivel nacional– los sectores a los cuales le debe apostar un país. Ahora bien, una PDP implica, por construcción, priorizar. Una PDP no es otra cosa que esfuerzos entre sector público y privado para identificar y abordar cuellos de botella que limitan la productividad y la capacidad de sofisticación y diversificación del sector privado. Estos cuellos de botella se manifiestan, por ejemplo, en necesidades de cerrar brechas de capital humano para cierto sector específico; de una agenda de ciencia, tecnología e innovación para un clúster determinado; de una agenda de admisibilidad fitosanitaria a un determinado mercado para cierta fruta u hortaliza; de desarrollar alguna infraestructura específica para cierta cadena. El problema es que estos cuellos de botella –o distorsiones que llaman los economistas– son infinitos, mientras que las capacidades del Gobierno para abordarlos no.

El mismo Hausmann ha reconocido esta realidad y en un paper con Dani Rodrik, llega a la inexorable conclusión de que estamos “condenados a escoger” (Doomed to Choose, Harvard University, 2006). Más aún, Hausmann llegó a Cartagena a presentar los avances en el Atlas de Complejidad Económica de Colombia, una herramienta que desarrolló para el Gobierno colombiano para apoyar la formulación de política, la cual no es otra cosa que un instrumento que da luces sobre cómo priorizar. El Atlas permite identificar oportunidades de producción y exportación sobre las cuales deberíamos preguntarnos por qué el sector privado ya no las está aprovechando, de manera que se focalicen esfuerzos para abordar las distorsiones que pudieran estar impidiendo su manifestación en el país.

Ahora bien, la pregunta relevante no es si el país debe, o no, priorizar. De hecho, ya lo está haciendo, pero no de la mejor manera. Hoy en día, hay más de quince ejercicios, mal contados, de priorización dándose de forma desarticulada. Algunos de ellos son el Programa de Transformación Productiva, el Programa Rutas Competitivas, las apuestas productivas de las Comisiones Regionales de Competitividad, las 38 cadenas del Ministerio de Agricultura, la estrategia Fiti de MinTIC, la agenda de desarrollo productivo del Ministerio de Defensa, y los Acuerdos Departamentales de Colciencias. En este sentido, la pregunta relevante es cómo podemos mejorar la priorización a partir de los esfuerzos de focalización que el país ya viene realizando.

Es este el reto que se tiene en el marco de la construcción de la PDP. Para ello se vienen contemplando propuestas interesantes, en las cuales las priorizaciones surgen a partir de las apuestas productivas de los departamentos (bajo un enfoque bottom-up) y no vienen impuestas desde el nivel nacional. Adicionalmente, estas priorizaciones no las establece el Estado, sino que deben surgir de un diálogo público-privado en el marco de las Comisiones Regionales de Competitividad, a partir de insumos como el Atlas de Complejidad Económica de Hausmann.

En fin, no es un tema fácil, pero los casos exitosos de política industrial moderna a nivel internacional, al igual que el escaso ‘ancho de banda’ del Gobierno (nacional y local) para abordar los cuellos de botella para todos los sectores, nos sugieren que estamos condenados a priorizar.

Marco A. Llinás Vargas

Vicepresidente del Consejo

Privado de Competitividad

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