Crisis griega: sin austeridad no hay salida

La gran lección, una vez más, después de ocho siglos documentados de crisis, es que un sistema financiero internacional eficiente y estable solo puede construirse sobre la base de políticas económicas responsables y prudentes, y sobre la ética global de que las deudas hay que pagarlas.

Redacción Portafolio
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julio 08 de 2015
2015-07-08 12:38 a.m.

“Esta vez es diferente. Ocho siglos de insensatez financiera”, es el título del libro publicado por dos prestigiosos economistas en el 2009, en las postrimerías de la ‘Gran Recesión’ global. La lección: las crisis se repiten desde tiempo inmemorial, pero poco se aprende de ellas.

Cuatro reflexiones son útiles para poner en perspectiva la naturaleza y dimensión del problema.

Primero, la génesis: populismo e incompetencia son los principales ingredientes de la ‘exuberancia irracional’ y exceso de gasto por encima de los ingresos nacionales que, permitido por años, lleva a niveles impagables de endeudamiento público y/o privado. En el caso griego, es evidente que también los supervisores comunitarios fallaron protuberantemente.

Una segunda reflexión es en torno a los planes de salvamento. Estos combinan la zanahoria de nuevos préstamos, es decir recursos frescos para cumplir las obligaciones financieras y facilitar el funcionamiento de la economía, a cambio de políticas que reduzcan el gasto público y privado, hasta generar superávits. En teoría, solo así se logra generar ahorro y recursos para servir las obligaciones financieras. Grecia ha venido trabajando dolorosamente en esta tarea, aunque a juicio de sus acreedores no lo suficiente, pues se requieren también reformas institucionales profundas que tocan muchos intereses.

Por su parte, los países europeos han sido generosos con Grecia. Le han extendido los plazos de vencimiento hasta por 30 años y le han concedido periodos de gracia de hasta 10 años en los créditos bilaterales. Ha habido también créditos de emergencia multilaterales del Fondo Europeo de Rescate y créditos de liquidez del Banco Central Europeo. A esto se suman los créditos tradicionales del Fondo Monetario Internacional (FMI), atados a la famosa ‘condicionalidad’, adoptada esta vez, conjuntamente, con las dos instituciones europeas. De hecho, gran parte de las acreencias de Grecia son hoy con gobiernos e instituciones multilaterales europeas, y el impago no es con bancos privados, sino con el FMI, lo cual reduce notablemente el riesgo sistémico de otras crisis. No obstante, sí existe alguna exposición del Gobierno griego con la banca nacional, y se cierne, además, el peligro de la insolvencia de los acreedores privados domésticos, presagio de crisis financiera interna.

El problema con los planes de salvamento es que acusan un pecado original. Los economistas tienen claro cómo prevenir las crisis, pero no cómo resolverlas cuando ya se está en ellas. La historia se repite cada vez que se aplican los correctivos que, por regla general, producen caídas de la actividad económica y desempleo, justamente cuando son más necesarios los recursos. Es como si a una familia endeudada le redujeran el salario como consecuencia del plan de salvamento. La debilidad de la teoría y política económica en este campo es palpable.

Frecuentemente, se achaca esta debilidad a la ‘receta del FMI’, pero la verdad sea dicha, ninguno de sus acervos y notables críticos –de todas las vertientes– ha salido con alguna alternativa. No hay el fino bisturí económico que al cortar el ‘exceso’ de gasto, esencial para lograr la estabilidad financiera, no comprometa la actividad económica general. En el caso griego, el desempleo ha llegado al 25 por ciento, semejante al de la Gran Depresión de los años treinta en Estados Unidos. Si esa cuarta parte de la población económicamente activa y el aparato productivo estuvieran trabajando, generaría recursos que, sin duda, ayudarían a reducir el sacrificio que siempre implica apretarse el cinturón hoy para pagar los excesos del pasado.

Una tercera reflexión es de contenido ético. Los acreedores, al final de la cadena financiera, son los ahorradores y contribuyentes de los países que suministraron el financiamiento, que en justicia, tienen derecho a reclamar que se les devuelva su plata. Este aspecto es largamente olvidado entre las miserias de la población empobrecida por la crisis, que también es víctima. El referendo ha debido ser al revés: para ver si los contribuyentes y ahorradores europeos están dispuestos a seguir financiando los rescates, cuando el FMI dice que ya la deuda es inevitablemente impagable.

La cuarta y última reflexión se relaciona con la opción de Grecia de salir de la zona euro, y su efecto sobre el proyecto de la Unión Europea, que aunque profundamente económico, es esencialmente un proyecto político, de convivencia pacífica.

La salida de Grecia de la eurozona no afectaría los objetivos políticos fundamentales de ese proyecto y le permitiría, entre otros, devaluar su moneda y manejar sus opciones con menos restricciones, si bien tal vez con menos ayuda de sus socios europeos.

¿Es esta una mejor opción que ceder ante los acreedores? No es tan claro. En todo caso, si los acreedores europeos permitieran a Grecia imponer condiciones por medio de un referendo, con cierto sabor populista, sería un pésimo precedente para la estabilidad del sistema financiero global, presente y futuro.

La gran lección, una vez más, después de ocho siglos documentados de crisis, es que un sistema financiero internacional eficiente y estable solo puede construirse sobre la base de políticas económicas responsables y prudentes, y sobre la ética global de que las deudas hay que pagarlas. Bajo esta premisa, sin austeridad no hay salida.

Luis García Echeverría
Profesor de la Universidad Javeriana.
 

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