¿Cuál democracia electoral?

Si no tomamos los correctivos oportunos, cada vez más, nuestra democracia, como se decía en la jerga

Redacción Portafolio
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Redacción Portafolio
marzo 17 de 2010
2010-03-17 01:23 a.m.

Al margen de los análisis sobre el efecto de las elecciones parlamentarias en relación con la campaña presidencial en curso, lo ocurrido el pasado domingo deja claras lecciones sobre el comportamiento electoral de los colombianos y frente a la organización electoral propiamente dicha.

Con todo y las continuas alabanzas a nuestra 'democracia', cada vez se agota más la representatividad. La Constitución de 1991 nos había anunciado que pasaríamos de la "democracia representativa" a la "democracia participativa". La realidad es que ni siquiera hemos llegado a una democracia participativa plena. La abstención cercana al 70 por ciento nos está indicando que la gran mayoría de nuestros compatriotas son indiferentes al acontecer político nacional.

¿Dónde está la legitimidad de todo un sistema (Congreso, Presidencia, cuerpos colegiados en general), cuando sólo el 30 por ciento de los habitantes de la nación participa en la integración de los órganos del poder? ¿De qué clase de democracia estamos hablando, cuando decimos por ejemplo que esta es una de las democracias más sólidas de América Latina? En qué quedan las continuas alusiones al 'constituyente primario'? ¿Puede fundarse la democracia sobre la base de la indiferencia popular?

Algo está pasando en la estructura social económica y política de nuestra nación para que sigamos basando nuestra legitimidad en ficciones. Hemos hecho muchas 'reformas políticas' y a pesar de todo, cada cuatro años, se repiten los mismos fenómenos. Tenía razón Manuel Murillo Toro, cuando desde el siglo XIX señalaba que nada sacábamos con cambiar el ropaje político si dejamos intacta la estructura social y económica.

Tampoco hemos sido capaces de construir partidos políticos serios. Bastaba con leer algunas columnas invitando a votar simultáneamente por candidatos de las más extrañas, y hasta excluyentes, agrupaciones políticas. Es urgente acabar con lo que habíamos planteado en estas mismas columnas sobre el voto preferente, ya que es la entronización de la 'Operación Avispa' dentro de cada una de las organizaciones políticas.

Con la lista cerrada el ciudadano sabe que vota por un partido, que previamente, mediante mecanismos democráticos ha debido escoger a sus representantes. La confusión en las mesas electorales fue total. La gente no recordaba el número y a veces ni el partido del candidato de su preferencia. El hecho de que el 12 por ciento de los votos sean nulos (el equivalente a la elección de 12 senadores), está demostrando claramente la ineficacia del sistema actual.

No solamente hay baja participación, sino que entre quienes votan, más del 12 por ciento no saben cómo hacerlo, lo cual reduce todavía más la legitimidad de los elegidos. La circunscripción nacional para Senado ha demostrado una vez más que no sirvió, como se pensó, para crear liderazgos nacionales, sino para encarecer las elecciones y dispersar la votación. Por esas mismas razones, no resultaba fácil el trabajo de la Registraduría.

El sistema está ideado para que resulte difícil votar y aún, más, difícil escrutar. A la medianoche del domingo -y primeras horas del lunes- todavía no se sabía quién había ganado la consulta dentro del Partido Conservador. Si no tomamos los correctivos oportunos, cada vez más, nuestra democracia, como se decía en la jerga marxista, será puramente 'formal' y desprovista de un contenido real. Dicho en otros términos, será una democracia puramente electoral y a medias.

gomezgomezabogados@cable.net.co

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