Economía y políticas públicas: reporte del Banco Mundial

Una buena política pública no puede ser diseñada y ejecutada debidamente sin tener en consideración las limitaciones cognitivas de las personas.

Redacción Portafolio
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abril 24 de 2015
2015-04-24 03:11 a.m.

El título del libro Mente, sociedad y conducta sugeriría un denso tratado dirigido a sicólogos y sociólogos. En realidad, se trata del reporte del Banco Mundial sobre el desarrollo 2015, documento que hace un tardío, pero bienvenido reconocimiento a una realidad evidente: las decisiones económicas que los individuos tomamos día tras día están moldeadas por factores diferentes a los contemplados por el paradigma tradicional de racionalidad.

El reporte llega en un momento en el que la economía recibe fundadas críticas. Moisés Naim señalaba recientemente (el tiempo, marzo 29), que la arrogancia de los economistas no ha disminuido. A pesar de catástrofes para la profesión como la crisis económica mundial, por ejemplo, la mayoría de ellos sigue estudiando y citando a sus pares sin nutrirse suficientemente de los aportes de otras disciplinas.

La teoría económica ‘ortodoxa’ supone que el ser humano es completamente racional. En este enfoque, el individuo busca maximizar su función de utilidad, para lo cual adopta decisiones después de evaluar todas las opciones posibles. El reporte concluye que ese “hombre económico” no es real, sino una mera ficción, afirmación que, sin duda, chocará a muchos colegas economistas.

Pero, la verdad es que el Banco Mundial simplemente recoge un cúmulo de evidencia de diferentes vertientes del pensamiento (neurociencia, ciencias cognitivas, sociología y sicología, entre otras), que desde hace décadas vienen generando ‘nuevo’ conocimiento sobre la materia.

Lejos de sopesar los pros y contras de todas las opciones antes de proceder, los seres humanos actuamos de manera ‘automática’, somos ‘animales sociales’ (valoramos aspectos grupales, jerárquicos y de tradición) y nos dejamos sesgar de elementos contextuales (por ejemplo, nuestras decisiones dependen, en buena medida, de la forma en que nos han presentado las opciones). Más que ‘racionales’, en realidad, somos predeciblemente irracionales (Ariely, 2009). Pero esta característica, más que una ‘falla’, puede ser la razón que explica la supervivencia de la raza humana (Lakoff y Johnson, 1999). La racionalidad del individuo, entonces, no reside en su capacidad analítica para adoptar decisiones económicas (para lo cual estamos pobremente dotados, en términos evolutivos), sino en nuestros genes ‘egoístas’ que buscan sobrevivir y reproducirse (Dawkins, 1976).

Recogiendo esta discusión en sus efectos prácticos, el Banco Mundial resalta que una buena política pública no puede ser diseñada y ejecutada debidamente sin tener en consideración las limitaciones cognitivas de las personas. Cuando el análisis económico o el diseño de la política pública no contempla este tipo de restricciones se llega a teorías y modelos que son impecables en sus aspectos formales, pero que son de escasa o nula utilidad para la sociedad.

Este es el mismo enfoque de Thaler y Sustein (2008), quienes habían señalado que una buena política pública es aquella que ‘empuja’ (Nudge) a los agentes económicos a adoptar mejores decisiones económicas y financieras. La regulación que obliga a los trabajadores de mayor edad a aportar a fondos de pensiones con portafolios de inversión ‘conservadores’ y a los más jóvenes en fondos ‘agresivos’ es un ejemplo de este tipo de diseños, que, por supuesto, tienen aplicación en muchas otras áreas del ámbito social y económico.

En países como el Reino Unido, este enfoque analítico multidisciplinario se considera tan importante y enriquecedor que, a instancias de la oficina del Primer Ministro, se creó una entidad (Unidad de políticas sobre el comportamiento) que apoya a los demás organismos públicos en el logro de sus objetivos, aportando análisis y propuestas que tienen en cuenta la forma en que los individuos responderán a los estímulos de diferentes políticas.

En el ‘mea culpa’, el Banco Mundial reconoce incluso los sesgos y las limitaciones de sus propios funcionarios. Realizando diferentes ejercicios, se comprobó que los funcionarios del Banco adolecen de varios sesgos, entre ellos, uno de carácter ideológico, que los impulsa a utilizar y resaltar principalmente las evidencias que soportan decisiones o visiones preconcebidas. Esto no debería sorprendemos, porque lo mismo ocurre con nuestros funcionarios públicos (en honor a la verdad, seguramente es algo que nos ha pasado en mayor o menor grado a la mayoría de quienes hemos desempeñado ese tipo de labores).

Desde hace tiempo, publicistas, expertos en mercadeo y empresas han sabido aprovecharse de las limitaciones cognitivas de los consumidores. El estudio del Banco Mundial 2015 es un importante aporte para que las autoridades utilicen los avances de la neurociencia, la sociología y la sicología evolutiva, entre otras cosas, para diseñar mejores políticas públicas que beneficien y protejan a los ciudadanos. Más que un peligro para la economía, los nuevos conocimientos sobre el ser humano amplían las fronteras de la profesión. Esto debería estimular a los economistas para que sus herramientas analíticas ayuden a solucionar los problemas reales y cotidianos que enfrentan los individuos y la sociedad.

Carlos Alberto Sandoval

Profesor asociado, Universidad EAN

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