Editorial / Un mundo, dos hechos

Al tiempo que en 2010 el crecimiento de los países prósperos fue francamente mediocre en el mejor de

Redacción Portafolio
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diciembre 21 de 2010
2010-12-21 01:58 a.m.

A medida que sigue la cuenta regresiva que conduce a la finalización del 2010, también aumentan los esfuerzos por entender lo sucedido a lo largo de los pasados 12 meses en un mundo a la vez contradictorio y confuso. Y es que si bien las principales noticias tuvieron que ver con desastres naturales, como los terremotos de Haití y Chile o las inundaciones en Colombia, mientras en otras partes reinaban la normalidad o el buen clima, en el campo económico el panorama también estuvo lleno de contrastes. Quien lo dude no tiene más que registrar que junto a la profunda crisis de Grecia e Irlanda, igualmente tuvo lugar el continuo auge de China e India, al lado de la llamativa recuperación de Brasil, entre otros lugares.


Semejante disparidad ha convencido a los analistas de que en el planeta se están consolidando dos realidades aparentemente divergentes. La primera es la de las naciones desarrolladas que siguen sin encontrar un rumbo definido, tras cumplirse más de dos años desde el estallido de la emergencia financiera causada a su vez por la explosión de la burbuja inmobiliaria en Norteamérica y parte de Europa.


Debido a ello, el crecimiento de los países prósperos ha sido francamente mediocre en el mejor de los casos. De una tasa de aumento en el Producto Interno Bruto de apenas 0,1 por ciento en el 2008, las economías industrializadas experimentaron una contracción de 3,5 por ciento el año pasado, y habrían logrado una recuperación de 2,3 por ciento en este, de acuerdo con cálculos de las Naciones Unidas. Si bien el regreso a los números en negro es una buena nueva, la verdad es que el nivel alcanzado todavía es inferior al del 2007, con lo cual no hay muchas razones para celebrar.

Además de lo anterior, hay que tener en cuenta que las expectativas para el 2011 tampoco son extraordinarias, pues el incremento se calcula en apenas 1,9 por ciento.


En cambio, las naciones emergentes tienen otra historia para contar. Aparte de que su velocidad de crucero era alta cuando empezó la tormenta, los daños que dejó la misma son relativamente manejables, como lo prueba el desempeño del PIB del llamado ‘sur’ desde el 2008, cuando fue de 5,4 por ciento. Un año después la cifra bajó a 2,4 por ciento y en el 2010 saltó a 7,1 por ciento. Incluso el próximo año, en torno al cual hay pronósticos más moderados, los cálculos hablan de un 6 por ciento, casi el doble que el crecimiento global. Y si bien es cierto que China e India tienen mucho que ver en el desempeño citado, porque son las locomotoras que más fuerza tienen, otros Estados asiáticos van por buen camino, al igual que los de África o América Latina.


Los motivos de ese comportamiento son varios. De un lado, los detonadores de la debacle que ocasionaron parálisis, quiebras y desempleo en Estados Unidos o el Viejo Continente, no operaron en las zonas en desarrollo. En particular, las burbujas -si las hubo- probaron ser manejables, mientras que el sector bancario salió indemne de la emergencia. Esa situación permitió que los consumidores ubicados en los países relativamente más pobres mantuvieran su poder de compra y que los respectivos fiscos comenzaran a aplicar políticas contracíclicas que fueron efectivas.


Tal realidad, por su parte, fue el origen de un círculo virtuoso que presionó hacia arriba las cotizaciones de los productos básicos. De tal manera, el petróleo volvió a rozar la barrera de los 90 dólares el barril, mientras que otros bienes, como la soya, el cobre, el café o el mineral de hierro, también registraron precios altos. Teniendo en cuenta que los principales yacimientos de hidrocarburos o minerales, así como las zonas productoras de ciertos alimentos importantes, se encuentran en el antiguo tercer mundo, es entendible que el viento haya soplado a favor.


Esas corrientes benéficas deberían mantenerse el próximo año, así los especialistas sostengan que el ritmo no será constante. Al mismo tiempo, el auge no está exento de riesgos, como lo prueba la llegada masiva de capitales que -en busca de mejores rentabilidades y diversificación del riesgo- pueden deprimir las tasas de cambio y golpear la competitividad de diversos sectores exportadores. Pero aun así, lo anterior quiere decir que mientras los más ricos -con unas cuantas excepciones- continuarán ensayando estrategias para dejar atrás la recesión, los más pobres cerrarán en forma notoria la brecha que les separa del progreso, haciendo de este planeta uno un poco más igualitario.

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