El final del comienzo

Tenemos que esforzarnos por cerrar el capítulo del terrorismo, y en un horizonte más amplio buscar solucionar uno a uno los desafíos que se presenten. Debemos reflexionar, como sociedad, la forma en la que vamos a proceder con las exigencias que trae consigo enfrentar el final del comienzo a la solución del conflicto.

Redacción Portafolio
Opinión
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Redacción Portafolio
octubre 22 de 2015
2015-10-22 02:28 a.m.

El presidente Juan Manuel Santos ha sido, de tiempo atrás, estudioso y admirador de Winston Churchill. Como tal, estoy seguro de que nadie entiende mejor que él que la firma del acuerdo en La Habana no es el ‘comienzo del final’ de la consecución de la paz, sino más bien ‘el final del comienzo’ de un camino largo que tendremos que recorrer todos los colombianos para poder vislumbrar en el horizonte una Colombia justa.

Muchas de las críticas al proceso parecieran ser consecuencia de los vacíos de información. Estos son necesarios en un diálogo como este, teniendo en cuenta que siempre se ha asegurado que los acuerdos, en su totalidad, deberán ser refrendados por la ciudadanía.

Los vacíos, sin embargo, han llevado a un nivel excepcional de desinformación y a la vez a una trivialización del análisis, por lo menos a la mayoría de los comentaristas casuales. Ellos, en vez de defender la posición que tienen a favor o en contra de cómo se desarrolla el proceso, optan por atacar la posición contraria con argumentos negativos, que tienden a polarizar la discusión y culminan en una polémica ‘maniqueista’ –siempre negativa esta–, muy propia de una sociedad, en la cual no hay disciplina para poder discutir ni respetar opiniones ajenas a las propias.

Curioso, sin ser abogado, de los orígenes de la ‘justicia tradicional’ he encontrado en un libro titulado Defendiendo el espíritu humano, escrito por el Warren Goldstein –gran rabino de Suráfrica– algunas reflexiones que son particularmente pertinentes, dada su participación en el proceso de pacificación en ese país.

En la tradición judía, que viene de milenios atrás, la ‘justicia transicional’ es parte de lo que se conoce como ‘ley de exigencias’, que permiten que haya cuatro excepciones a la aplicación de la justicia ordinaria: la existencia de un estado general de impunidad, la ausencia de temor al sistema de justicia criminal, el perpetramiento del crimen de una forma ‘descarada’, y la amenaza para las víctimas de repetición de ofensas.

El conflicto de la sociedad civil con las Farc llena los cuatro requisitos mencionados, por lo que confrontar la penalización en un marco de justicia transaccional se ha hecho dentro de los lineamientos de dicha tradición.

Yo encuentro no solo legítimo, sino por demás valeroso el hecho que el Gobierno Nacional y los integrantes de la Comisión de Paz hayan enfrentado, con decisión, la solución dentro de este marco.

El requerimiento que tienen los jueces para emitir una sentencia (‘dictamen por el momento’, como lo define el tratadista) está asimismo determinado dentro de la Ley Mosaica. Las características que se piden son tan exigentes, que se permite ampliar el universo de candidatos a jueces internacionales.

Buscan individuos excepcionales que sean considerados como los más destacados de su generación, por las condiciones rectas de su trayectoria, así como por gozar de una reputación impoluta. Ojalá podamos ver en Colombia tribunales constituidos por personas tan extraordinarios. Los hubo en el pasado, y creo que se encontrarán magistrados que ayuden a cerrar capítulos dolorosos, independiente de la forma como se escojan dichos individuos.

Juicios que permitan una sociedad que ‘recuerda y perdona’. Única forma esta de que lo acontecido no vuelva a presentarse.

Por todo lo anterior, los que pertenecemos a la generación que ha tenido que vivir todas nuestras vidas en una Colombia en pie de guerra, tiene que sentirse privilegiada de tener la posibilidad de encontrar una salida negociada al conflicto, lo cual se vislumbra posible.

No ha sido característica de nuestra generación la paciencia. Sin embargo, tenemos que aceptar que lo que hemos sufrido por más de dos generaciones, va a tener que surtir un proceso largo de desintegración para poder reconstruir una sociedad con bases sólidas.

No solo no son inmediatas las soluciones, sino que además no se pretende resolver todos los conflictos que existen en nuestra sociedad ni en nuestro tiempo. La violencia que genera el narcotráfico no podemos aspirar que deje de existir, pues este es un fenómeno que requiere para resolverse del concurso de países consumidores.

Tenemos que esforzarnos por cerrar el capítulo del terrorismo (para traficar en drogas no se requiere volar oleoductos), y en un horizonte más amplio buscar solucionar uno a uno los desafíos que se presenten.

Debemos reflexionar, como sociedad, la forma en la que vamos a proceder con las exigencias que trae consigo enfrentar el final del comienzo a la solución del conflicto.

Salomón Kassine Tesone

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