¿Fondos de inversión sin cargo de manejo?

Cuando un fondo mutuo enfrenta fuertes redenciones se ve abocado a vender acciones, generando muchas veces utilidades contables que, por ley, deben ser repartidas.

Redacción Portafolio
Opinión
POR:
Redacción Portafolio
octubre 21 de 2012
2012-10-21 07:50 p.m.

Consecuente con la meta que se trazó en el 2009, cuando entró a competir en el mercado de los ETF (fondos cuyas acciones se negocian en bolsa), la firma Charles Schwab anunció por estos días una reducción en los costos, de por sí ya supremamente bajos, de los 15 fondos que tiene a su cargo. Mantiene su política de invertir en índices de amplio espectro, evitando a toda costa involucrarse en nichos exóticos.

A través de su fondo SCHB, por ejemplo, se puede invertir en una canasta de 1.926 acciones, con un costo anual de manejo de solo 0,04% (4 puntos básicos). Es una muestra muy representativa del mercado total de ese país, con empresas en toda la gama de tamaños.

Es el mismo costo del fondo SCHX, dedicado a las más reconocidas empresas; y por solo cinco puntos básicos, es posible invertir en el SCHZ, que comprende 852 bonos locales en diferentes categorías, con grado de inversión.

No es que la competencia se haya quedado dormida. El fondo VOO de Vanguard, que invierte de acuerdo con el índice S&P 500, tiene un costo de cinco puntos básicos, igual que el VTI de esta misma firma, que también cubre la totalidad del mercado norteamericano de acciones.

Además de una feroz competencia, algunas características propias de los ETF hacen que sean particularmente adecuados para este propósito.

A diferencia de lo que sucede con los fondos mutuos tradicionales, un inversionista particular no puede negociar las acciones de un ETF directamente con el emisor. Las entidades en condiciones de hacerlo son inversionistas institucionales (‘participantes autorizados’), normalmente en lotes de 50.000 o más acciones (‘unidades de creación’). Y la operación se efectúa en especie: cuando un participante compra o vende acciones del fondo, lo hace mediante trueque de paquetes, conformados de acuerdo con el índice correspondiente. Los inversionistas particulares, en cambio, debemos acudir al mercado secundario.

Un ejemplo ayuda a aclarar el proceso. Por una simple cuestión de oferta y demanda, con frecuencia la acción de uno de estos fondos se negocia en el mercado secundario con un buen descuento, con respecto al valor de las acciones que lo componen.

Gracias a su arsenal de sofisticadas y velocísimas herramientas, alguna institución identifica el fenómeno y corre a comprar acciones del ETF, como cualquier parroquiano. Acude enseguida ante el emisor, y las cambia por las acciones individuales de las empresas que componen el índice. Y, de vuelta al mercado, solo le queda desprenderse lo más rápido posible de esas acciones y contabilizar su ganancia.

Obviamente, cuando el precio del ETF se está negociando con prima, el mismo mecanismo opera, pero en sentido contrario.

Dado el éxito indiscutible de este instrumento, tiende a ser mayor la creación que la redención de unidades. Suceden dos efectos muy positivos: no solo se van cerrando esas brechas entre el precio del ETF y el de las acciones subyacentes, sino que se irriga cada vez al mercado con una mayor liquidez.

Esa divergencia en los precios, sumada a la diferencia que siempre existe entre los de oferta y demanda, son costos muy reales para el inversionista, así no figuren dentro del rubro ‘porcentaje de gastos anuales’. La mecánica de los ETF es muy propicia para reducirlos.

Y como la enorme mayoría de los ETF son indexados, se reducen considerablemente los gastos de transacciones. Se ahorra, además, la contratación de costosos ‘expertos’ en seleccionar acciones; al fin y al cabo, el rendimiento a 10 años del fondo mutuo indexado de Vanguard, que cubre todo el mercado, supera al 86 por ciento de los fondos en su misma categoría (cifra que aumentaría sustancialmente si se tuviera en cuenta el sesgo de supervivencia).

Gracias al señor Most, el creador en 1988 de la idea, también se reducen los costos porque se eliminan la atención y el envío de extractos de cuentas a miles de usuarios. Los ETF, en su forma clásica, tampoco se encargan de la reinversión de los dividendos y de los repartos de ganancias, que en este tipo de fondos solo se producen en el momento de recomposición de los índices.

Con respecto a este punto, vale la pena recordar que cuando un fondo mutuo enfrenta fuertes redenciones, se ve abocado a vender acciones, generando muchas veces utilidades contables que, por ley, deben ser repartidas; los impuestos que así se generan deben ser asumidos por los socios fieles, que no se retiran. En el caso de los ETF, que nos remontaron a la era del trueque, el usuario no termina pagando el pato por las decisiones ajenas.

Y, para colocar la cereza sobre la torta, las grandes firmas ya han eximido a sus clientes del pago de comisiones cuando negocian las acciones de sus más importantes fondos.

Al paso que vamos, no sería de extrañar que algún día aparezcan fondos sin cargo de manejo. Pero esto de ninguna forma implicaría la quiebra de esas firmas: les resulta muy lucrativo el negocio de arrendar las acciones que tienen en custodia a esa otra fauna de especialistas que se lucra con la caída de sus precios.

Pensando un poco más en la salud financiera de los ahorradores, sería deseable que en nuestro país se actualizara algo la estructura de costos. 

Harry Adler / Asesor en Inversiones Internacionales.

Nuestros columnistas

día a día
Lunes
martes
Miércoles
jueves
viernes
sábado