¿Por qué no funcionan las ‘buenas’ políticas públicas?

Redacción Portafolio
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Redacción Portafolio
septiembre 01 de 2013
2013-09-01 11:41 p.m.

Una pregunta recurrente no solo entre los que diseñan y ponen en ejecución políticas públicas, sino entre los que no, es: ¿por qué con tan ‘buenas’ políticas públicas y con todos los recursos que se invierten, la población se sigue viendo absolutamente marginada de los beneficios que estas estrategias deberían traerles? Interrogante absolutamente pertinente en estos momentos que vive Colombia, llena de paros y manifestaciones de insatisfacción, donde amplios sectores de la población no ven cambios significativos en su forma de vivir ni sienten el proceso de desarrollo que tanto pregonan los respectivos gobiernos; aunque sí saben que sus oportunidades están muy lejos de parecerse a las que tienen unos grupos privilegiados.

Un reciente artículo del economista surcoreano Ha-Joon Chang, profesor de la Universidad de Cambridge, titulado ‘Hamlet sin el Príncipe de Dinamarca: cómo el desarrollo ha desaparecido del discurso actual sobre el desarrollo’, es absolutamente iluminador. Según él, la noción del desarrollo en los primeros días de la economía se ha perdido, y aunque no lo dice explícitamente, puede encontrarse en su reflexión la razón de fondo del fracaso –o del éxito apenas relativo– de las ‘novedosas’ políticas públicas.

“Antes del surgimiento del neoliberalismo, a finales de la década de los 70, era central para la definición de desarrollo su lado productivo, y había un consenso generalizado de que el desarrollo se concibe fundamentalmente como la transformación de la estructura productiva y la resultante transformación social: la urbanización, la disolución de la familia tradicional, los cambios en las relaciones de género, el crecimiento de los movimientos laborales y la llegada del estado benefactor, entre otros”, afirma el autor. Y continúa, “desde Rostow, en la derecha, hasta los teóricos de la dependencia, en la izquierda, compartían la visión de que el desarrollo era algo centrado alrededor del proceso de transformación de la esfera productiva”.

Queda claro que en las últimas décadas cambió significativamente lo que se entiende por desarrollo. ¿Qué significa ahora?, se pregunta Chang, y todos coincidimos en que hoy desarrollo es reducción de la pobreza, provisión de bienes básicos, mejoramiento individual y sostenimiento de la estructura productiva. Nada que ver con la concepción inicial del término, y de ahí el significado del título ‘Hamlet sin el Príncipe de Dinamarca’.

Como la nueva definición guía muchos de los esfuerzos que se impulsan a nivel internacional y nacional para acelerar el desarrollo, se ha dejado a un lado la necesidad de transformar la estructura de producción de las sociedades pobres y de ingreso medio para que se generen realmente procesos de cambio estructurales que las coloquen en el primer mundo.

¿Centrarse solo en la pobreza y en las condiciones del individuo forjan esos cambios, que llevan a una sociedad a superar todas las limitaciones que afectan a la mayoría de su población? Es necesario recordar que en América Latina un porcentaje reducido, 2,5 por ciento, es muy rico o de clase media alta, y vive mejor que muchos en el mundo desarrollado; pero el resto, 36 por ciento, vulnerable, y 30 por ciento, pobre, sigue en situaciones precarias.

Chang forma parte de un nuevo grupo de economistas que defiende los puntos del developmentalism –traducido como ‘nuevo enfoque de desarrollo’ y no el ‘desarrollismo’ identificado en Colombia solo como crecimiento económico–. Según él, las Metas del Milenio de Naciones Unidas no buscan el verdadero desarrollo –exceptuando el punto 8, que se refiere a la promoción de asociaciones globales para el desarrollo–, y por eso es muy duro con esas metas, que otros califican de incompletas.

El punto fundamental de este debate es el viraje que ha dado el concepto de desarrollo. Pasó de reformas de fondo a los sistemas productivos –que genera cambios reales en la población– a políticas dirigidas a mejorar solo la situación de cada individuo. Sí, la pobreza se alivia –como en el caso de Familias en Acción–, pero ¿ha cambiado realmente la desigualdad que caracteriza a este país?

Hoy, la proporción de pobres se ha reducido, pero no pasaron a ser de clase media. Crearon una nueva clase social: los vulnerables, personas que pueden, de nuevo, caer fácilmente en la pobreza. Este no es un cambio de fondo, y menos cuando la informalidad laboral es la gran característica de nuestros mercados laborales, cuando nuestro Gini poco se reduce, la industria decrece y el sector rural no avanza.

La respuesta la da implícitamente Chang, cuando asegura que el desarrollo no es solo mejorar las capacidades individuales. Las ideas transformadoras se logran de manera colectiva, con personas agrupadas en instituciones productivas –públicas, privadas y cooperativas–. Señala, además, que no es tener profesionales lo que diferencia a Estados Unidos o Alemania de Nigeria; porque los tres los tienen. La diferencia la traen los Boeing y los Volkswagen.

Entonces, ¿por qué no funcionan las ‘buenas’ políticas públicas? Al revisar las ‘novedosas’ estrategias que hoy se proponen para el campo colombiano, es evidente que son iguales a las que se vienen aplicando desde los 90. En blanco y negro, porque se siguen dejando totalmente por fuera cambios estructurales en la producción y la organización social.

En otras palabras, el nuevo concepto de desarrollo no es suficiente para sacar a la población de la pobreza. Solo cuando se incluya nuevamente la necesidad de hacer cambios de fondo en los sistemas de producción, cuando se genere conocimiento que permita verdaderos cambios sociales, podremos hablar de un nuevo y verdadero desarrollo. Lo demás es ‘Hamlet sin el Príncipe de Dinamarca’. Y la consecuencia: insatisfacción, paros y más paros.

 

Cecilia López Montaño

Exministra - Exsenadora

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