El gato y el ratón

Los colegios hacemos enormes esfuerzos para construir elecciones conscientes y responsables que no s

Redacción Portafolio
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mayo 04 de 2009
2009-05-04 02:34 a.m.

Hace un poco más de treinta años, a uno de los grandes del colegio lo cogió la policía con un cigarrillo de marihuana. El me lo contó, porque jugábamos fútbol y éramos amigos. Seguimos siéndolo. Para su suerte, tenía cincuenta pesos en el bolsillo, una minifortuna para la época, con los cuales logró persuadir al policía de que no lo llevara a la estación, y así evitó que su vida cambiara dramáticamente con una judicialización a los dieciocho años. Hoy es un ejecutivo probo y un hombre tranquilo y feliz que pasa de los cincuenta.

En aquella época un cigarrillo de marihuana en el bolsillo era lo más parecido a una condena segura. Para entonces el Paraquat se esparcía desde las avionetas estadounidenses sobre la célebre golden de la Sierra Nevada de Santa Marta, según decían, la mejor marihuana del mundo. Hoy, en estados como California, es perfectamente legal el cultivo de la misma planta que entonces fumigaban.

Hace tres años sucedió lo mismo que cuento. Pero la policía me llamó a mí como rector a pedido del estudiante que, como hace treinta años, había sido detenido por la misma causa.

En este caso, junto con la propia Policía, diseñamos un plan para que en compañía de los padres de familia y el colegio, pudiéramos alejar lo más posible al muchacho del riesgo de una conducta adictiva. Había tenido un evento de consumo, pero no es un adicto ni un enfermo, aunque las conductas adictivas tengan su punto de partida en los eventos de consumo. Además, portaba unos gramos más de la dosis mínima. No quiero pensar qué hubiese pasado si ese policía no nos hubiera ayudado a mirar -como lo hizo- el problema desde una óptica distinta a la policiva.

Estas dos historias que aunque muy distantes en el tiempo, comparten la misma esencia: el ser humano es uno de los pocos seres vivos que tiene naturaleza adictiva. A lo que sea. La razón humana puede enfrentarse a una de las características de su humanidad como lo es las adicciones, pero no la puede hacer desaparecer como si se tratase de un simple lunar.

La penalización encubrirá el consumo. Como la historia nos la ha señalado. Ahora bien, es cierto que parece haber una relación causal entre la despenalización de la dosis personal y el aumento del consumo, sin embargo, no quiere decir eso que quienes creemos que la penalización no soluciona el problema, estemos a favor del consumo. Nada más maniqueo. Eso para no entrar en la discusión filosófica del paternalismo jurídico que subyace a la medida de la penalización de la dosis personal tratándose de adultos. A contrapunto de lo anterior, creo que es más valioso decir no en medio de la libertad que en medio de la prohibición, aunque no significa esto último que los dos ámbitos se excluyan mutuamente.

Los colegios hacemos enormes esfuerzos para construir elecciones conscientes y responsables que no siempre están asociados ni a la prohibición ni a la represión: nosotros educamos. Esa es nuestra misión. Y educamos el carácter, vale decir, la capacidad de tomar decisiones autónomas que se alejen si fuese el caso, de los imperativos de la cultura reinante y de la presión de grupo. En todos los órdenes. Y educar algo que esté prohibido, es cuando menos, una paradoja, una contradicción en los términos.

Reconozco, sin embargo, que la prohibición soluciona el problema del control social en términos de una cierta efectividad práctica.

Pero está muy lejos de resolverlo. Porque su índole heterónoma a la conciencia hace que ésta la acate, pero no la obedezca.

¿Cuándo dejaremos de buscar el ahogado río arriba? No lo sé.

Desde el ámbito privilegiado de la educación lo seguimos buscando en la turbulencia de la corriente. Y muchísimos han aprendido a nadar, aún en contra de ella. 

jcbayona@gimnasiomoderno.edu.co

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