Gestión pública y ‘tercera vía’

De la gestión pública efectiva dependen la sanidad y la educación de un país.

Redacción Portafolio
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Redacción Portafolio
mayo 03 de 2011
2011-05-03 12:15 a.m.

 

El principal motivo que los colombianos tenemos para preservar la esperanza en el porvenir es el de haber trazado, por fin, un propósito colectivo que nos involucra a todos.

El desafío más importante de la actualidad, en el cuarto país más desigual del mundo, es el de la prosperidad colectiva y el desarrollo sostenible. La historia nos ha enseñado que el sector gubernamental tiene un papel definitivo, y que la tendencia internacional de desprecio por lo público condujo sólo a incrementar las diferencias y los problemas sociales que aún padecemos.

Tras décadas de desprestigio de la política y de primacía del interés particular sobre el general, tenemos que afianzar el rol de la gestión pública para construir un país más próspero y equitativo. Y en esa tarea contamos ahora con un aliado de la talla de Tony Blair, ex primer ministro inglés que redimió en Europa la figura de un Estado que protege las libertades personales y la iniciativa privada, pero que, a la vez, privilegia el interés colectivo reduciendo desigualdades, combatiendo la corrupción y promoviendo principios democráticos que aluden al bienestar general.

Es indiscutible que el Estado influye en la vida de la gente desde que nace hasta que muere.

La calidad de vida de cualquier persona en el mundo depende, en sumo grado, de la clase de gobierno del lugar donde nacieron, de la gestión pública efectiva, de la seguridad y el imperio de la ley, y una economía dinámica e incluyente.

De la gestión pública efectiva dependen la sanidad y la educación de un país, que son los determinantes de lo que nuestros hijos van a llegar a ser en sus vidas.

Sin embargo, el desprestigio de lo público sigue imperturbable: el gasto público se volvió sinónimo de despilfarro, el quehacer político se asocia con la corrupción, la asistencia pública degeneró en populismo, los ciudadanos se aislan en sus casas buscando privilegios privados, indiferentes a las enormes posibilidades de la acción colectiva.

Es imposible pensar en el progreso social en esas condiciones. Debemos rescatar la gestión oficial y reconstruirla a la verdadera medida de nuestras necesidades y aspiraciones.

En Colombia, el bienestar general ha sucumbido tradicionalmente ante las deficiencias de un Estado que aún no ha podido garantizar el imperio de la ley en todo su territorio ni la igualdad de oportunidades que se requiere para que haya movilidad social. Sólo basta ir a alguna población alejada de las grandes ciudades para entender que, más que Estado, lo que hay son fuerzas emergentes que despojan a los gobernantes legítimos de sus funciones más elementales. La percepción en materia de corrupción nos sigue agobiando, probablemente ahora más que nunca.

En varias ciudades, la criminalidad se ha incrementado.

No podremos extrañarnos, entonces, de que el país sea, después de Haití, el más desigual en Latinoamérica, que, en este aspecto, ocupa el primer lugar en el mundo.

Afortunadamente, contamos con un Presidente que ha definido el buen gobierno y la gestión pública efectiva como uno de los pilares fundamentales de su Gobierno, y para tal efecto ha desarrollado unos principios que han sido adoptados por todos los ministerios, al igual que un sistema de medición e indicadores de gestión bastante significativa.

Contamos entonces con una nueva estrategia explícita para fortalecer la acción del Estado a nivel nacional y, sobre todo, regional. La gestión estatal está supeditada a la disponibilidad de los recursos, así como a la preparación e integridad de los funcionarios públicos.

Las posibilidades del Estado, por ende, son limitadas, pero aun así es mucho lo que se puede lograr.

En el país ya se han materializado algunos avances: se ha incrementado el acceso a los servicios sociales, y en ciudades como Barranquilla se ha recuperado ostensiblemente la gestión pública efectiva, el optimismo respecto a lo que el Estado puede hacer para mejorar la vida de la gente.

Pero las cifras recientes de crecimiento económico demuestran que, aparte de una economía sana y estable, se requiere más eficiencia en la gestión pública para reducir la pobreza y facilitar el acceso a la educación y al empleo formal.

Es tiempo de aplicar una ‘tercera vía’ para que el crecimiento beneficie a todos y no sólo a los que están en la cúspide de la pirámide.

La ‘tercera vía’ propone que, más que recursos, lo que se requiere es eficiencia en su gestión. La evidencia indica que el mercado es necesario, pero que definitivamente no soluciona los problemas de las personas, y el Gobierno actual entiende que el mayor legado que puede ofrecer es el de la prosperidad colectiva, y por ello se inspira en una vía intermedia, defendida por líderes como Lula Da Silva, de Brasil, y Michelle Bachelet, de Chile, para lograr aquí los mismos resultados sociales de esos dos países.

Existe allí un consenso sobre el valor de la administración pública para mantener las cuentas fiscales en orden, superar paulatinamente la pobreza a través de la educación y del fortalecimiento de los mercados, y mejorar la calidad y cobertura de la salud.

En todo caso, la ‘tercera vía’ también nos enseña que el rol del Estado es fundamental, pero no es suficiente. Todos somos artífices del progreso del país y tenemos responsabilidades determinantes. En esa medida, el Estado tiene que vincularse mucho más con empresarios y con la sociedad civil. A través de alianzas público privadas se establece una forma mixta de participación en los asuntos públicos, acorde con una agenda común de prosperidad colectiva. Los problemas sociales nos afectan a todos y todos tenemos que contribuir para superarlos.

Las alianzas entre el sector público y el privado no son un lujo en países con alto crecimiento, sino un requisito previo para alcanzarlo.

Para ello, tenemos que retomar primero la confianza en las instituciones, y entender que el sector público puede ser parte de la solución y no del problema. John Stuart Mill afirmó que “no será posible ninguna mejora importante en la suerte de la humanidad si no se produce un gran cambio en la constitución fundamental de sus modos de pensamiento”.

Todos tenemos que apostar por un gran cambio para la gestión pública efectiva.

Gustavo Mutis

Presidente Centro de Liderazgo y Gestión

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