Hay que repensar la educación superior

Del ‘conocimiento inerte’ a los saberes aplicados al mundo laboral.

Redacción Portafolio
Opinión
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Redacción Portafolio
noviembre 23 de 2014
2014-11-23 11:07 p.m.

Educar para el trabajo es una expresión que frecuentemente se utiliza para hacer referencia al aprendizaje de un oficio o tarea básica, que permite a las personas conseguir un sustento diario. Sin embargo, en el marco de la educación del siglo XXI, esta expresión debería resignificarse, de modo que ‘educar para el trabajo’ haga referencia a la adquisición de las habilidades y destrezas necesarias para ser exitoso en un mercado laboral cada vez más complejo y competitivo.

El ‘Hombre Integral’ fue una idea ampliamente difundida por la escuela humanista europea en tiempos de la modernidad. En aquella época se consideraba que un intelectual era aquel que poseía conocimientos en varias disciplinas y era capaz de desempeñarse exitosamente en cualquiera de ellas.

Hoy en día, este paradigma sigue predominando en la educación básica, pues aún se pretende que los estudiantes adquieran conocimientos mínimos en áreas tan diversas como la biología, la filosofía, las artes plásticas y las matemáticas, y, además, que sean buenos en todas ellas.

Este ideal prevalece en la educación superior, ya que en virtud de la interdisciplinariedad y la integralidad, desde hace años los programas de pregrado ofrecen dentro del pensum una serie de cursos de ‘formación básica’, que no son otra cosa que la revisión ampliada de un sinnúmero de conocimientos que se supone servirán de fundamento para que los futuros profesionales puedan adquirir, en los semestres siguientes, los conocimientos y habilidades necesarias para desempeñarse exitosamente en el campo laboral.

No obstante, lo que se observa en la práctica es que este modelo de formación profesional tiende en el largo plazo a producir ‘conocimiento inerte’, no solo porque son muy pocos los profesores que en el aula de clase buscan estrategias para pasar de la teoría y la investigación a la práctica, sino también porque desde el principio no se enseña a los estudiantes algo fundamental y es que el conocimiento se hizo para utilizarse; así, los alumnos pasan sus años de universidad acumulando conceptos, teorías, autores y libros en su haber intelectual pero sin una mínima idea de qué pueden hacer con ellos o al menos entender la razón por la cual era importante que los aprendieran.

En este contexto, surge entonces una paradoja en la formación de los profesionales del mañana pues seguramente algunos de ellos (los más aplicados) serán auténticos ‘sabios’ en su campo de conocimiento, pero un porcentaje aún mayor serán ‘intelectuales ignorantes’ que, a pesar de tener los conceptos y las teorías muy bien aprendidas, no saben cómo usarlas en su ámbito profesional (mucho menos, en su vida diaria) y por ende no son capaces o hábiles para resolver la más mínima tarea, dilema o dificultad que se les presente en el trabajo.

Una prueba de lo anterior está en el hecho que pese a la amplia oferta de jóvenes profesionales disponibles, curiosamente los empleadores coinciden en afirmar que no encuentran las personas apropiadas para ocupar los cargos que tienen vacantes o señalan que una dificultad para contratar recién egresados es su falta de experiencia y conocimiento del campo profesional.

Finalmente, la cuestión no puede simplificarse al eterno debate teoría vs. práctica, con el que se pretende ocultar una cruda realidad de la educación superior que no es otra que su incapacidad para formar profesionales competentes (no solo competitivos), o como se mencionó al inicio, la ausencia de una verdadera educación para el trabajo en los programas de formación profesional.

De hecho, esta realidad devela un problema de carácter pedagógico y es el excesivo énfasis que se le da al aprendizaje teórico - conceptual y lo poco que se desarrolla el conocimiento analítico e interpretativo en el aula de clase.

En este contexto, nace la siguiente pregunta sobre qué es más valioso ¿Un estudiante que entiende a la perfección la teoría de Adam Smith sobre el origen de la riqueza de las naciones o uno que puede traducir esa teoría en una ventaja competitiva para la organización en la que trabaja o que es capaz de formular un proyecto de emprendimiento empresarial, tan solo con tener claros los principios de la especialización del trabajo y el aprovechamiento de los recursos que da fundamento a esta teoría?

Sin duda, las opiniones estarán divididas, pues mientras los maestros defenderán al primer estudiante, un 80 por ciento de los empleadores contratarían al segundo. El debate sigue abierto.

Alejandra Trujillo

Magister en Ciencias Políticas, docente de la ESAP


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