Hoy, 23 de marzo del 2016

Hay inquietud en varios sectores. El primero es el conformado por gran parte de los que han sido, hasta hoy, los políticos en ejercicio, que aunque visten de blanco se sentirían más cómodos de negro, pero no se pueden dar ese lujo. Ellos van por donde va la corriente, y Colombia quiere la paz.

Redacción Portafolio
Opinión
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Redacción Portafolio
octubre 04 de 2015
2015-10-04 10:38 p.m.

Es un día aparentemente típico en Colombia, un esplendoroso sol caribeño se mezcla con la lluvia y nubes grises en la parte andina. Pero no lo es porque se parte en dos la vida de por lo menos tres generaciones, que han sufrido, con distinta intensidad, las consecuencias de un conflicto interno que parecía sin fin. Sin embargo, hay algo que ilumina el panorama en todo el territorio nacional: viste de blanco la gran mayoría de la población, dándole una imagen de luz a este día. Claro que hay puntos negros, pero, por fortuna, se identifican claramente con sus camisetas de ese color, porque están de luto: lamentan que se acabe la guerra que les trajo tanto protagonismo, votos, y, por qué no, riqueza en estos largos años. Son una minoría y se ubican en zonas esperadas del país.

El presidente Santos está radiante y ha perdido esa rigidez que lo ha caracterizado hasta ayer, en su necesaria e impostergable cercanía con las cabezas de las Farc. Sabe muy bien, que una inmensa mayoría de colombianos le perdonan todas sus debilidades y errores en aras de su real compromiso de llegar a este momento. Esa manida frase “como presidente me jugaré todo mi capital político”, en su caso fue una realidad: del 80 por ciento de apoyo ciudadano cuando se creía que era uribista, al principio de su mandato, llegó a niveles del 20 por ciento, cuando se la jugó por el acuerdo de paz.

Pero se nota inquietud en varios sectores. El primero de ellos es el conformado por gran parte de los que han sido hasta hoy los políticos en ejercicio, que aunque visten de blanco se sentirían más cómodos de negro, pero no se pueden dar ese lujo. Ellos, más que nadie, van por donde va la corriente, y Colombia quiere la paz. Varias razones explican su desconcierto.

Por un lado, muchos tienen rabo de paja y sinceramente le tienen más miedo a la verdad que a la cárcel, porque se imaginan en el pabellón de los privilegiados, como siempre. Por otro, aceptar que apoyaron el paramilitarismo o el narcotráfico, o los dos, y que no reaccionaron ante los crímenes atroces de estos grupos, es demasiado. Perderían lo que más valoran: los votos de los ingenuos ciudadanos o de sus cómplices.

También hay pánico entre aquellos sectores poderosos, que ante los crueles ataques de las Farc, optaron por financiar, con su dinero, el paramilitarismo para defenderse, y no fueron capaces de aceptar su error, al no haber buscado fortalecer al Estado para su legítima defensa. De nuevo, es la verdad como eje central del acuerdo de paz, lo que los intimida. Se trata de perder esa condición de intocables con la que han disfrutado por generaciones, de todo tipo de privilegios en el país del ‘¿usted no sabe quién soy yo?’. En su caso, es la sanción social lo que más les preocupa, porque se traduce en pérdida de esa eficiente cercanía con el poder, con la cual se han enriquecido.

Las mujeres, por su lado, ven una pequeña luz: se castigará la violencia sexual que tanto dolor les ha traído a las víctimas de esta larga guerra. Se preguntan si este será el principio del fin de una sociedad manejada por hombres, fundamentalmente, que descarga su machismo en sus mujeres, en sus niñas y niños, y que ha vivido por años en medio de la complacencia de una sociedad patriarcal. La paz es el nuevo escenario que tomará décadas para ser una realidad, pero las mujeres creen que hay una ventana de oportunidad para que Colombia deje atrás esos valores con herencias, como la del narcotráfico, y para que ellas y ellos se repartan de forma equitativa la tremenda responsabilidad de reconstruir el país.

Finalmente, el Vicepresidente se declara Adalid de la paz. “La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida”, como diría Rubén Blades. Y, así comienza el día más importante del nuevo país.

Cecilia López Montaño

Exministra - Exsenadora

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