La imaginación del odio

El EI persigue implantar en todas las tierras, que alguna vez fueron dominadas por musulmanes, un califato en el que rija la sharía o ley de Dios, y pretende hacerlo en su expresión más ortodoxa, de forma literal, no retórica, aplicando las costumbres y doctrinas del siglo VII en pleno siglo XXI.

Redacción Portafolio
Opinión
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Redacción Portafolio
marzo 11 de 2015
2015-03-11 04:06 a.m.

Hace unas semanas, el mundo vivió, con horror, las espantosas imágenes publicadas, sin censura, por la cadena norteamericana de noticias FOX, en las que el Estado Islámico (EI) ejecutaba de forma espeluznante al piloto jordano Kasasbeh. Sin ser eso suficiente, y después de divulgar por internet cómo degüellan, lapidan, crucifican, y queman vivos a todos aquellos que consideran pecadores, infieles, o apóstatas, en los últimos días nos han llegado las imágenes de cómo ejecutan a los homosexuales, arrojándolos desde las azoteas de los edificios. Pareciera que no caben ya más atrocidades, pero la imaginación del odio no tiene límites y debemos estar preparados para cualquier otra monstruosidad, como si estos asesinos sanguinarios trataran de igualar las imbatibles marcas de terror que en el siglo XX nos trajeron nazis y comunistas.

Creíamos los occidentales que ya habíamos conocido la barbarie yihadista en toda su plenitud a través de los gobiernos talibanes en Afganistán en los años 90, y por las acciones de Al-Qaeda desde entonces. Pero no, el califato, dirigido por Abu Bakr al-Bagdadi, un exmiembro de la rama iraquí de Al-Qaeda, puede depararnos nuevas sorpresas.

El EI persigue implantar en todas las tierras, que alguna vez fueron dominadas por musulmanes, un califato en el que rija la sharía o ley de Dios, y pretende hacerlo en su expresión más ortodoxa, de forma literal, no retórica, aplicando las costumbres y doctrinas del siglo VII en pleno siglo XXI.

Para el EI, la Yihad o Guerra Santa es una obligación individual de cada musulmán, que no debe esperar a ser llamado a la misma a través de una fatwa por un líder religioso. Todo musulmán tiene, además, la obligación de divulgar la doctrina del Islám a toda la humanidad, y debe derrocar a los gobiernos musulmanes apóstatas, es decir, a todos aquellos que no aplican la sharía con el suficiente rigor, o aquellos que se han atrevido a innovar la doctrina original del profeta Mahoma, como por ejemplo los chiitas.

Al contrario que Al-Qaeda, que actúa con células durmientes autónomas y desperdigadas por medio mundo, muy difíciles de detectar, el EI ha venido conquistando un territorio visible que pretende aumentar fantasiosamente hasta Al-Andalus (España), y ha desarrollado una burocracia jerarquizada que lo administra.

Dicen que el EI domina un territorio entre Siria e Irak equivalente al de Gran Bretaña, con una población de 11 millones de personas e importantes recursos de hidrocarburos. Como la sharía les impide reconocer autoridad alguna distinta a la de Alá, no podrán nunca reconocer fronteras, ni entablar relaciones diplomáticas con otro Estado, así sea con gobiernos islamistas de países musulmanes, ni participar en foros internacionales. Cualquiera de las acciones anteriores les convertiría en apostatas según su propia doctrina, y la apostasía está condenada con la muerte. Incluso grupos tan radicales como Hamás, en Gaza, o los Talibán, han reconocido ciertas autoridades distintas a Dios.

Ante esta situación, más cercana a una película de terror-ficción que a la realidad, cabe preguntarse qué puede hacer la comunidad internacional al respecto, y la respuesta no puede ser más compleja. En Estados Unidos, el debate ya está abierto, y lo que en un principio fue la autorización de Obama, el pasado septiembre, para que la fuerza aérea norteamericana realizara bombardeos enmarcados en la autorización que el Congreso le dio a Bush en el 2003 para la invasión de Iraq, ya se ha convertido en una petición formal al Congreso para la utilización de fuerzas terrestres.

La defensa de los derechos humanos de los desdichados que habitan el norte de Iraq y el este de Siria, invita a intervenir con el envío de tropas para un combate sobre el terreno, pero ¿es estratégico un enfrentamiento terrestre con el EI? Lo cierto es que sobre el terreno ya hay una coalición musulmana combatiendo al EI. Tanto los peshmergas kurdos como el ejército iraquí parecen haber obtenido resultados razonables en las últimas semanas, y además de estar armados y entrenados por Washington, tienen su imbatible apoyo aéreo. Las voces no intervencionistas sugieren que EE. UU. continúe apoyando a la coalición musulmana sin participar directamente, y esperen a que el paso del tiempo convierta al EI en un Estado fallido, incapaz de autogobernarse con leyes del siglo VII, y que se desmorone ante la superioridad militar de la coalición de los aliados.

Las posibilidades de que el EI encuentre aliados es remota, y la posibilidad de una alianza con Al-Qaeda es difícil en cuanto sus estrategias y métodos son distintos, y sus líderes rivalizan abiertamente. Si bien el EI cita habitualmente en sus mensajes a Osama bin Laden como una suerte de mártir a emular, ignora premeditadamente a Ayman al-Zawahiri, el egipcio que lidera Al-Qaeda desde la muerte de bin Laden.

Pero la buena noticia llega desde Irán, que siendo un país de mayoría chiita, es decir apóstata para el EI, está participando de manera discreta sobre el terreno. Lo que la diplomacia no ha logrado desde la revolución de los Ayatolás en 1979, lo está haciendo la guerra contra el EI: un lento y velado descongelamiento de las relaciones entre EE. UU. y la República Islámica, que negocian en Ginebra un acuerdo sobre el programa nuclear iraní. Quizás, entre la bajada de los precios del petróleo, que penaliza los obsoletos, improductivos, y embargados para el comercio internacional, campos petroleros iraníes, junto con la silenciosa colaboración en la lucha contra el EI, Irán se acerque a las posturas occidentales y suavice su tradicional discurso incendiario contra Occidente e Israel.

Alejandro Jordán Lorente

Profesor de Geopolítica del Cesa

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