Información y conexión: peligros solapados de comunicación

La conectividad origina el síndrome de la presencia sensorial, pero también el de la división de la atención: corporalmente estamos en un sitio, pero nuestro interés atención está en otro u otros lugares, justo allí donde se origina la fuente de la conexión de turno.

Redacción Portafolio
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Redacción Portafolio
febrero 10 de 2013
2013-02-10 08:03 p.m.

Puede resultar paradójico, para algunos, que en la era de las redes sociales, de las conexiones en tiempo real y de la accesibilidad global, la comunicación en las organizaciones sea una tarea pendiente.

Tarea que se torna más urgente en la medida en que la complejidad de las relaciones interpersonales y la variabilidad de los contextos sociales aumentan.

Esta paradoja, mayores y mejores medios, no necesariamente más y mejor comunicación, surge de identificar comunicación con información o conectividad. Y entender la comunicación de esta manera reductiva disfraza la realidad de las organizaciones, dejando sin enfrentar la falta de comunicación existente. Justamente, una primera reducción gratuita es la de asimilar información con comunicación.

La transmisión de datos no es comunicación.

Poner en común, que eso es la comunicación, se da cuando por lo menos dos personas comparten un significado y reconocen que lo están compartiendo; es decir, que lo dicho o escrito es asimilado por ambas.

Enviar por correo electrónico o anunciar en el sitio web de la organización información correspondiente a nombramientos, reuniones, procesos, etc. no es comunicación porque, para empezar, ni siquiera se sabe quiénes leyeron lo enviado o anunciado y si lo asumen o entienden de la misma manera. T. S. Eliot, ganador del Nobel de Literatura, escribía: “¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido en información?”, Esta pregunta se torna más válida ahora, puesto que las fuentes y modos de transmitir información se han multiplicado.

Quizá la respuesta al interrogante de Eliot pasa por entender que ese conocimiento se perdió porque la información nunca se transformó en comunicación. Y es lo que nos pasa en las organizaciones: los correos electrónicos, mensajes de textos, reuniones virtuales o físicas, llamadas por celular, etc. se multiplican, pero no sabemos si el significado de esas acciones y actividades es compartido, que no quiere decir que se comparta la opinión acerca de lo buena o mala que sea la decisión o acción que se comunica.

De hecho, la conectividad -parcial o total, dependiendo de las organizaciones- resulta frecuentemente una segunda reducción de la comunicación.

La conectividad que permite esa transmisión de flujos de información y datos en cualquier momento, en cualquier lugar (siempre y cuando haya cobertura, claro está), puede malentenderse como comunicación.

Y no lo es. La tecnología móvil es un cauce por el que las personas pueden comunicarse, pero en sí misma es un simple medio de transmisión de información que exige de la acción humana para convertirse en medio de comunicación.

Es más, las grandes facilidades y potencialidad que la tecnología móvil ofrece pueden confundirse con la realidad misma de la comunicación: “Estoy en comunicación continua, porque estoy conectado”. Y repito, no es así.

Esa apariencia de comunicación ha dado lugar a fenómenos dañinos para la comunicación misma. Como sugieren escritores, pensadores y científicos sociales, la conectividad origina el síndrome de la presencia sensorial, pero de la división de la atención: corporalmente estamos en un sitio, pero nuestra atención está en otro u otros sitios, justo allí donde se origina la fuente de la conexión de turno. Los efectos de este síndrome en el mediano y largo plazo están por determinarse; pero, en el presente, esa atención dividida agudiza los riesgos de sufrir problemas de comunicación.

Para que haya comunicación, es decir, para que se comparta ese significado que hemos mencionado anteriormente, es necesario determinar: el contenido de la comunicación, quiénes son los involucrados o puestos en común, el contexto amplio, la coyuntura específica, el cómo (aquí entran los medios a emplear: conversación personal, correo electrónico, reuniones de grupos pequeños, web corporativo, etc.), y el cuándo.

Por eso mismo, para reducir los riesgos en la comunicación se requiere: tener claridad sobre lo que se quiere comunicar; conocer a aquellas personas a quienes se desea ‘poner en común’; evaluar la coyuntura; reconocer el contexto y los elementos que lo articulan, y elegir, en función de lo anterior, los modos y el momento para comunicar.

Así mismo, es importante no olvidar que la comunicación se da entre personas y no es una acción aislada y delimitada, sino que se trata de un continuum de acciones (grandes y pequeñas, importantes y triviales) que se alimenta de las historias y experiencias pasadas, y que tiene lugar en contextos organizacionales.

Ahí radica la dificultad de comunicar y comunicarse en las organizaciones.

Dificultad que debe ser enfrentada y superada en la medida de lo posible, puesto que es precisamente la comunicación la que articula todo el trabajo del directivo; la comunicación es el enlace entre definir lo que ha de hacerse y motivar a las personas para que lo hagan.

Sandra Idrovo Carlier.
Directora de Investigación
INALDE Business School

sandra.idrovo@inalde.edu.co

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