La larga sombra de la Gran Recesión

Evitar las crisis puede ser difícil, pero es de suma importancia volverlas de menor tamaño y de poca frecuencia.

Redacción Portafolio
Opinión
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Redacción Portafolio
noviembre 14 de 2015
2015-11-14 02:59 a.m.

EE. UU. y Europa todavía viven con el legado de la crisis financiera de 2007-09 y la crisis posterior de la eurozona. ¿Es posible que unas mejores políticas pudieran haber prevenido ese resultado? Y, en caso afirmativo, ¿cuáles podrían haber sido?

Ya está en marcha una recuperación, pero solo en un sentido limitado. El cambio en el producto interno bruto (PIB) de los países afectados por la crisis es ahora casi universalmente positivo. Pero el PIB sigue estando muy por debajo de lo que podría haberse anticipado de acuerdo con las tendencias anteriores a la crisis. En la mayoría de los casos, el crecimiento no se ha recuperado, principalmente debido a la disminución en el aumento de la productividad. En la eurozona, el PIB aún estaba por debajo de los niveles previos a la crisis en el segundo trimestre de 2015. En los países miembros afectados por la crisis, un retorno a la producción al nivel anterior a ella está todavía muy lejos. Ellos sufrirán décadas perdidas.

De una muestra de 23 países de altos ingresos, el Profesor Laurence Ball de la Universidad Johns Hopkins concluyó que las pérdidas de la producción potencial oscilaban entre cero en Suiza y más del 30 por ciento en Grecia, Hungría e Irlanda. En conjunto, él concluyó, se pensaba que la producción potencial de este año iba a estar un 8,4 por ciento por debajo de lo que su trayectoria antes de la crisis hubiera predicho. Ball anotó que el daño ocasionado por la Gran Recesión es casi equivalente a la desaparición de la economía de Alemania.

Una conclusión central de la obra del Profesor Ball y, más recientemente, de la de Antonio Fatás de Insead y de Lawrence Summers de Harvard, es que las estimaciones de la producción potencial coinciden con la producción real. Esto sugiere que la ‘histéresis’ – el impacto de la experiencia pasada en el rendimiento posterior– es muy poderosa. Las posibles causas de la histéresis incluyen: el efecto del desempleo prolongado sobre la empleabilidad; las desaceleraciones en la inversión; las disminuciones en la capacidad del sector financiero para apoyar las innovaciones; y una pérdida generalizada de los ‘espíritus animales’.

Este año, el presidente del Consejo de Asesores Económicos de EE. UU., Jason Furman, enfatizó el impacto de la baja inversión posterior a la crisis: después de la crisis, la contribución de la inversión a la productividad laboral cayó a niveles muy bajos. Esto ocurrió de una manera sorprendente en EE. UU., en donde el impacto estimado fue, en efecto, negativo.

OTRAS EXPLICACIONES

La hipótesis de la histéresis no es universalmente aceptada. Existen por lo menos otras tres explicaciones para el persistente colapso de la producción posterior a la crisis.

En primer lugar, se argumenta que los auges de crédito elevaron las estimaciones de la producción potencial anteriores a la crisis a niveles muy por encima de los sostenibles. Una objeción a esto es que la expansión del crédito elevó los precios de los activos mucho más de lo que intensificó los gastos reales. Adair Turner, expresidente de la Autoridad de Servicios Financieros del Reino Unido, alude a este punto en su libro “Between Debt and the Devil” (Entre la Deuda y el Diablo). Otra objeción adicional a este argumento es que confunde la contribución de la deuda a la estructura de la demanda con su efecto sobre la oferta total.

Una segunda explicación de la caída de la producción poscrisis es que el impacto de las nuevas tecnologías en la producción está siendo subestimado. Sin embargo, incluso si esto fuera cierto (lo cual es posible), no explicaría la severa desaceleración en el crecimiento de la productividad tras la crisis financiera. La dificultad de medir el impacto de las nuevas tecnologías tampoco aumentó repentinamente en el Reino Unido (el país más afectado por una desaceleración en el crecimiento de la productividad poscrisis) en relación con EE. UU. (el hogar de estas nuevas tecnologías, y sin embargo relativamente menos afectado por la desaceleración de la productividad).

Una última explicación es que el crecimiento de la productividad se redujo antes de la crisis. En EE. UU., éste parece ser el caso. Pero es obviamente menos cierto en todos los otros países.

En definitiva, entonces, la hipótesis de la histéresis conserva un poder sustancial. Esta es la razón por la cual es tan importante que evitemos enormes crisis y que respondamos vigorosamente ante cualquiera que se produzca, para minimizar su impacto económico. De lo contrario, el mal ciclo podría dañar permanentemente la tendencia.

Esto plantea dos preguntas adicionales: ¿podría haber sido menor el impacto adverso de la crisis? Y ¿es todavía posible revertirlo? La respuesta a la primera debe ser que sí. Pero habría requerido respuestas fiscales y monetarias más vigorosas, y una reestructuración más agresiva de las instituciones financieras afectadas. A la eurozona, en particular, le debería haber ido mucho mejor. Sin embargo, aún en la actualidad, carece de la voluntad y de las instituciones que necesita.

La respuesta a si las pérdidas en los niveles de producción y en las tasas de crecimiento se pueden revertir de nuevo debe ser también que sí. A comienzos de la década de 1960 el PIB per cápita en EE. UU. había recuperado el nivel indicado por una continuación de las tendencias anteriores a 1929. Por desgracia, el impulso fiscal de la Segunda Guerra Mundial fue un ‘deus ex machina’ para la política. No se puede repetir en tiempos de paz. Aun así, podría al menos ser posible volver a las tasas de crecimiento de las tendencias anteriores a la crisis. Una mezcla de decidido apoyo de la demanda y de contribuciones a la oferta a largo plazo –en particular a través de niveles mucho más elevados de inversión pública– daría en el blanco de ambos objetivos a la vez.

Por lo tanto, la evidencia indica que las recesiones perniciosas tienen efectos prolongados sobre la prosperidad. Una de las conclusiones es que es de vital importancia actuar con rapidez para restablecer la demanda. Por otra parte, la evidencia ahora indica claramente que los grandes países de ingresos altos disfrutaban del espacio político necesario para actuar decisivamente. Sin importar lo que muchos tan tontamente hayan declarado en 2010, nunca enfrentaron ni el más mínimo riesgo de convertirse en Grecia. EE. UU. y, más aún, la eurozona deberían haber respondido con mucha más determinación.

La experiencia nos indica otra cosa de igual importancia. Evitar las crisis puede ser difícil, pero es vital volverlas de menor tamaño y de poca frecuencia. Las crisis financieras conducen a profundas recesiones y a prolongadas desaceleraciones, en parte porque los políticos temen crear soluciones lo suficientemente enérgicas. Por esta razón, la regulación financiera simplemente tenía que ser endurecida. La cuestión es únicamente si se ha endurecido en la dirección correcta.

Martin Wolf

Columnista del Financial Times

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