'Mis memorias', de López Michelsen

Su obra, su acción y, también, sus calculados silencios, lo convirtieron en un líder 'antiobvio' y e

Redacción Portafolio
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Redacción Portafolio
julio 27 de 2009
2009-07-27 01:47 a.m.

La entrega de Mis memorias, de Alfonso López Michelsen -libro prologado certeramente por su hijo Juan Manuel- constituye un deleite intelectual y un valioso aporte histórico.

El ex presidente ha sido, sin duda, nuestro pensador más original y el ideólogo más denso del siglo XX. Su obra, su acción y, también, sus calculados silencios, lo convirtieron en un líder 'antiobvio' y en un analista superior.

Llegó al poder por la complicada vía de hereje del sistema y no, como pudo haber sido, por la senda facilista del delfinazgo. Como disidente y, luego, como estadista se ganó, en mil combates, charreteras de tres soles.

Se negó a enrolarse en eso que alguna vez bautizamos la 'fila india' hacia el Palacio de Nariño. Más de 10 años cruzando los eriales de la oposición, como jefe máximo del MRL, y su crítica visionaria sobre los peligros de la alternación pactada por el Frente Nacional, así lo demuestran.

En una sociedad en la cual el sustento diario es lo presumible, lo que no lastima ni pisa callos, resulta lógico que su lenguaje casi siempre cifrado, ciertas actitudes sorpresivas, o, sus rumbos imprevistos como líder, generarán a menudo reacciones encontradas: por una parte, el rechazo airado de los opositores a todo cambio y, por la otra, admiración de sus partidarios y devoción fanática de sus múltiples seguidoras.

Hizo carrera la frase de cajón según la cual "cuando López habla, pone a pensar al país". Y esto es más que comprensible si se tiene en cuenta que la anorexia mental de nuestra dirigencia ha llegado a tal punto que se ha institucionalizado la costumbre de opinar al fiado, es decir, sólo después de haber leído los editoriales de los grandes diarios, o puesto el oído a lo que afirman en -tono pontifical- los propietarios de la nación. Pero lo cierto sí es que, cuando abría la boca o publicaba un escrito se armaba un maremoto de hipótesis a cargo de los voceros más empinados del arribismo intelectual, o del trepanguismo social.

Como personaje central nunca dejó de estar de moda, y por consiguiente, hasta su muerte multiplicó su tiempo a la enésima potencia, pues, no hubo escalador que se respetará que no lo invitara a celebrar su matrimonio, cumpleaños, separación y casi hasta sus propias honras fúnebres. La jugada consistía en garantizar con su presencia el registro fotográfico en las crónicas sociales, o su mención en el Teléfono Rosa. Claro está, que ninguno de sus invitantes llegó a imaginar cuánto desdén le producía el sopor extranjerizante de nuestra sociedad.

Una faceta más de su filudo humor eran sus cáusticas respuestas para, desatar tempestades, polémicas, inclusive malos entendidos. Le bastaba soltar en sus frecuentes almuerzos, una que otra observación para que sus supuestos intérpretes lo trasmitieran, presuntuosamente bajo la afirmación personalísima y vanidosa de "López me dijo".

Nuestra historia está intercalada e influida por lo que ha pasado en ciertas alcobas, o bajo las faldas del poder, o por lo que han logrado difundir los campeones mundiales del cotilleo, es decir, los políticos y los 'manda-callar' de cuello blanco. En su calidad de historiógrafo eminente, López se dedicó, por el contrario, a pensar y escribir hasta ser el colombiano más informado, solicitado, influyente y, al mismo tiempo, temido y envidiado de nuestros compatriotas.

Por ahí decían, al referirse a su apaciguamiento como combatiente, que López estaba dedicado a lustrar el bronce que bien merecía. Ya era consciente del término de su trascendente ciclo vital. Con cierta melancolía nos anotaba en Anapoima: "díganle a nuestros compañeros de golf que tal vez no volveré a chambonear".

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