La muerte de un síntoma

Más que un gran artista, Michael Jackson fue un síntoma elocuente de las patologías de una cultura q

Redacción Portafolio
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Redacción Portafolio
julio 03 de 2009
2009-07-03 12:45 a.m.

Embalsamarse en vida tiene sus ventajas: aunque Michael Jackson murió hace ya una semana, su cuerpo sigue rodando por ahí como si nada, y seguirá haciéndolo hasta el próximo martes cuando está previsto su funeral. Este periplo desafía un principio básico: se estima que un cuerpo normal empieza a ser devorado por sus propias bacterias unos seis días después del fallecimiento. En este caso hay que subrayar el adjetivo 'normal', porque quien haya visto imágenes de Jackson (es decir, unos 6 mil millones de personas) sabrá que el artista había empezado hace mucho su proceso de momificación.

De cualquier manera, este larguísimo velorio ha servido para ver un espectáculo inverosímil: la humanidad entera llorando a Michael Jackson. Y no hablo del sinnúmero de espacios que le ha dedicado CNN, ni de los múltiples videos del cantante que ha pasado el canal Fox News, alejándose de lo que se ha convertido en su razón de ser: tirarle tomates a Obama. Hablo de cosas más difíciles de entender, como que la sobria BBC organice pomposos debates para discutir el éxito de Jackson, o que su deceso haya sido cubierto por la Deutsche Welle, un canal que se especializa en cubrir solamente lo que sucede en otras galaxias.

¿Y a qué obedece tanta alharaca? Habrá quien diga que se debe a que él era el Rey del Pop. Podríamos discutir los dudosos méritos que tiene el llegar a ser la figura suprema de la música Pop, teniendo en cuenta lo cuestionable que es el gusto musical de las masas, pero basta con decir que la carrera musical de Jackson alcanzó su cénit hace más de 25 años y de ahí en adelante todo fue en bajada. Su mayor aporte musical se dio cuando cantaba con sus hermanos en The Jackson Five, y la gracia de su música de entonces ni siquiera fue de él, sino de los productores de Motown, la legendaria disquera que cambió el rumbo de la música popular con su característico sonido. Todo lo que vino después (desde Thriller hasta Invincible) son trabajos tan corrientes como los de cualquier Madonna.

¿Y si la gracia de Jackson no estaba en su arte, entonces dónde estaba? Esencialmente en algo que la gente adora: la chequera. Este eterno velorio nos ha servido para enterarnos de que hasta el momento de su muerte Jackson había vendido más de 750 millones álbumes, cifra que ya no será superada por nadie ahora que los discos se venden por tajadas. Ese gran éxito comercial le permitió hacer muy buenos negocios (como la compra de los derechos de las canciones de los Beatles) y muy malos negocios (algunos estiman que sus deudas eran mayores que su patrimonio), todo ello en medio de un consumismo desaforado y un afán compulsivo por rechazar sus orígenes blanqueándose la piel, alisándose el pelo y respingándose la nariz.

Más que un gran artista, Michael Jackson fue un síntoma elocuente de las patologías de una cultura que lo ha entronizado en la cúspide de su devoción. Llegará el día en que la historia vea con extrañeza estos tiempos ignominiosos en que la humanidad decidió adorar a un hombre que dormía con niños y con micos, y que dedicó buena parte de su vida a despilfarrar dinero tratando de escapar de su propia naturaleza. Dime a quién admiras y te diré quién eres. 

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