¿Otros cien años de soledad?

Al identificar los limitantes del crecimiento de la Colombia actual, creo que nuestro escaso dominio de los desafíos geográficos y el bajo acceso a la tecnología son los principales frenos.

Redacción Portafolio
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Redacción Portafolio
febrero 10 de 2013
2013-02-10 09:00 p.m.

Marx, Malthus y Mill, tres autores del siglo XIX en Inglaterra, tenían en común su inveterado pesimismo.

Su visión sombría pronosticaba que no había esperanza para los trabajadores y pobres, condenados a competir por salarios cada vez más bajos; vivir, a lo sumo, con los medios para subsistir, y criar más hijos.

Ninguno de ellos veía cómo el sistema de mercado, gobernado por codiciosos capitalistas y mercaderes, podía reportar prosperidad para los menos favorecidos.

Malthus pronosticó un cataclismo social resultante de más bocas que alimentos para llenarlas. Marx clamó por una transformación revolucionaria, que pusiera a los trabajadores arriba y a los empresarios, capitalistas y terratenientes abajo.

Mill avizoró una forma de comunismo, aunque sin predicar una hecatombe histórica.

Eran los tiempos de la pobreza insultante en las ciudades inglesas, muy similar a la de capitales latinoamericanas, asiáticas y africanas durante el siglo XX.

Los hechos no revelaban salidas para redimir a los más pobres de su postración económica.

Por fortuna, la economía sabe más que los economistas. No fueron los pensadores, sino la propia economía, la que encendió la luz del optimismo.

A finales del siglo XIX, un matemático, Alfred Marshall, usó el método científico basado en la observación sistemática. Se fue a las fábricas a constatar si el destino de la clase trabajadora era trabajar siempre más por menos.

En las fábricas, Marshall halló lo que otros no habían visto en sus elucubraciones de biblioteca: muchos trabajadores aumentaban sus salarios a través de la tecnificación, con la cual se hacían necesarios y escasos.

La demanda de trabajo mejor entrenado y calificado empujaba hacia arriba su remuneración. La productividad en ascenso era la clave para el optimismo.

Recientemente ha surgido una nueva vertiente de pesimismo, liderada por los economistas institucionales, dos de cuyos representantes más destacados, Acemoglu y Robinson, publicaron un libro en el que se condena a Colombia a otros cien años de soledad. Su argumento es como sigue: en el largo plazo, solo prosperan las naciones con instituciones incluyentes, que premian la innovación y la ‘destrucción creadora’, en un ambiente de economía de mercado y acceso democrático al poder.

En su opinión, Colombia y China pertenecen, en cambio, al tipo de nación que finalmente sucumbe, por poseer instituciones extractivas que premian a élites económicas y políticas regionales, las cuales medran en detrimento del bienestar de la mayoría de la población. Frente a nuestro país, no comparto el nuevo pesimismo de los autores.

Colombia desarrolló instituciones económicas inclusivas al menos desde 1920, cuando la Federación de Cafeteros empezó a descentralizar el poder, antes monopolizado por élites burocráticas del altiplano cundiboyacense.

La desconfianza de que los burócratas ‘lanudos’, a través de inflación o déficit fiscales recurrentes, despojaran a los cafeteros de una riqueza arduamente trabajada, condujo a que estos últimos asumieran por largos periodos el manejo del Banco Central y el Ministerio de Hacienda, y produjeran el más consistente récord de estabilidad fiscal y monetaria de América Latina.

La economía colombiana exhibió entre 1935 y el fin del siglo XX uno de los crecimientos más estables y consistentes del mundo.

En parte, se debió a la delegación del manejo económico en una sucesión de tecnócratas, sin importar que pertenecieran o no al partido gobernante, tradición que se inició en 1931 con el nombramiento en la cartera de Hacienda del conservador Esteban Jaramillo, por parte del gobierno liberal de Olaya.

Esta tradición institucional ya se acerca al primer siglo.

Los últimos 20 años han sido testigos de la creación de un sinnúmero de instituciones incluyentes, como la Corte Constitucional, que ha sido garante de los derechos y defensora de la redistribución del ingreso. La elección popular de alcaldes. Las reformas constitucionales, que crearon el Sistema General de Participaciones, el de Regalías y el de Pensiones.

La banca central independiente.

La sujeción de la política fiscal a reglas, en contra del imperio de la discreción que favorecía a las élites regionales y sectoriales.

Finalmente, se ha iniciado la senda de reformas tributarias destinadas a la equidad, y no solo al recaudo, y de ambiciosos programas sociales de alivio a la pobreza.

Por esto, no comparto la opinión sombría del libro de Acemoglu y Robinson sobre Colombia. Adhiero una visión más ecléctica y constructiva, basada en las mejores reflexiones de la profesión en los últimos veinte años sobre el difícil tópico del crecimiento de largo plazo.

Puestos a identificar los limitantes del crecimiento de la Colombia actual, creo que nuestro escaso dominio de los desafíos geográficos colombianos y el bajo acceso a la tecnología son los principales frenos. Por esto, el Gobierno Santos definió a la infraestructura, la innovación y la educación como locomotoras clave. Asimismo, se identificaron los cambios institucionales y de apertura comercial que debíamos emprender.

Ahora bien, Acemoglu y Robinson hacen un llamado oportuno, sobre otra tarea inaplazable: las instituciones excluyentes que aún persisten en Colombia requieren un vuelco. Los programas de Familias en Acción, Jóvenes en Acción, Red Unidos, y la atención a la infancia y vejez nos han hecho avanzar en la dirección correcta.

Las leyes de víctimas y tierras, y de regalías cumplen este cometido, pero falta más.

La reforma tributaria que crea una verdadera y marcada progresividad es crucial, y ya fue aprobada en el 2012.

No obstante, los autores apuntan acertadamente al inmenso freno que representa el violento sistema con el que se ejerce el poder político y económico a nivel regional. Es tal vez la tarea más difícil que le queda al país en la actualidad.
Juan Carlos Echeverry
Exministro de Hacienda

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