¿Qué pasa con las empresas en la era de la infraestructura?

Redacción Portafolio
Opinión
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Redacción Portafolio
julio 09 de 2015
2015-07-09 06:05 a.m.

En varios sectores de la economía nacional, particularmente en los extractivos, hay gran preocupación por la salida de importantes inversiones y empresas del país, pero en el sector de infraestructura la realidad es de otro color: decenas de empresas multinacionales, con presencia global, llegando a Colombia para participar de la inversión billonaria que hará el Estado en los próximos lustros para poner al día a la Nación en materia vial, portuaria, aeroportuaria, ferroviaria y fluvial.

Para la muestra, un botón: la Cámara Colombiana de la Infraestructura (CCI) hoy tiene muchas más firmas internacionales afiliadas que en el pasado y no para de dar la bienvenida a nuevos miembros de todos los continentes. Otro botón: los medios todos los días informan sobre empresas que se habían ido y están regresando, y sobre empresas que por primera vez llegan, como Sacyr, Odebrecht, OHL, Shikun & Binui y Hidalgo e Hidalgo, entre muchas otras.

Celebramos la apuesta en nuestro país de estas multinacionales, porque generan riqueza, elevan los estándares de la industria y son motores del desarrollo de las regiones y del país, pero los colombianos nos preguntamos, y ¿dónde están las empresas colombianas?, ¿por qué no son protagonistas?, ¿hay confianza en ellas?

Estas preguntas surgen desde el legítimo interés de que el desarrollo de nuestra infraestructura también signifique la consolidación de las empresas colombianas de ingeniería al servicio de la infraestructura, porque es innegable que el rezago histórico del país en la materia ha implicado el subdesarrollo de la industria nacional. Y estamos comenzando a vivir el periodo de mayor inversión estatal y decisión política en materia de carreteras, puertos y aeropuertos, lo cual debería ser óptimamente capitalizado por los empresarios nacionales de la infraestructura.

Sin embargo, los retos son enormes para los empresarios criollos: capacidad financiera, demostración de calidad, demostración de responsabilidad (cumplimiento), transparencia (eliminar las prácticas corruptas) y gestión de los asuntos críticos propios de esta industria en nuestro territorio: licenciamiento ambiental, adquisición de predios y gestión del entorno político y social (comunidades), entre otros.

Técnicamente hablando –salvo por la capacidad financiera- los empresarios criollos tienden a enfrentar los mismos retos de los conglomerados internacionales. Sin embargo, a diferencia de los consorcios extranjeros, los locales han estado aquí, en las buenas y en las malas, y son parte del imaginario (imagen de sector) que tenemos los colombianos sobre nuestra infraestructura: deficiente, corrupta, no-competitiva y fallida. Para la sociedad no es fácil ni clara la diferencia entre la responsabilidad del Estado y la de los contratistas nacionales. Los dos son en algún grado –cada quien lo establece- responsables por nuestro rezago.

Entonces, me parece estratégica y loable la gestión de la CCI en defender la calidad de la ingeniería nacional ante coyunturas como las fallas del túnel de la Línea o el puente de la 11 con 100 en Bogotá, pero las posiciones gremiales son necesarias pero no suficientes para reparar la imagen - anclada por muchos años- de la industria nacional.

Seguramente a los ingenieros de infraestructura les importe poco el peso de la imagen en sus empresas, porque no se traduce en ventas o retornos mediables en el corto plazo. Pero las licitaciones, primero, y la confianza de los grupos de interés para operar exitosamente los proyectos, segundo, no se ganan solamente por aspectos técnicos. La Colombia de hoy está convencida de que además de calidad, la ingeniería nacional debe estar a la altura de los conglomerados internacionales con mejor reputación, asumiendo compromisos integrales que devuelvan la confianza de los colombianos sobre la industria nacional.

El país debe conocer –porque seguramente ya existen o están en proceso de construirse- la auto-regulación de las empresas nacionales en materia de prácticas anti-corrupción; las políticas de las empresas para la gestión ambiental y de comunidades; las políticas en materia de patrocinio electoral y político; las cifras y hechos de contribución económica y social voluntaria de las empresas; y las nuevas prácticas adoptadas para asegurar el cumplimiento de los tiempos de obra, entre otras áreas que deben ser aclaradas o desmitificadas ante la sociedad.

El éxito y desarrollo sostenible de la industria nacional de infraestructura no solo se medirá por la preferencia que tenga el Estado versus la oferta internacional, sino por el orgullo que sientan los colombianos por su propia industria, para que no pensemos en el caso Nule cada vez que se anuncie una nueva carretera, puente, aeropuerto o puente.

Miguel Ángel Herrera
Gerente General, Burson-Marsteller Colombia
 

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