‘Pikettymanía’

Thomas Piketty declara que lo que le interesa “es tratar de contribuir, modestamente, a determinar los modelos de organización social y las instituciones y políticas públicas más apropiadas que permitan instaurar real y eficazmente una sociedad justa en el marco del Estado de Derecho”.

Redacción Portafolio
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Redacción Portafolio
diciembre 15 de 2014
2014-12-15 03:03 a.m.

“El asunto de la distribución de la riqueza es demasiado importante para dejarlo solo en manos de economistas, sociólogos, historiadores y demás filósofos”, Piketty.

Frente al lenguaje econométrico que se ha convertido en idioma estándar, Piketty usa pasajes de Balzac, Jane Austen y Víctor Hugo, al tiempo que se burla de la pasión infantil de los economistas por las matemáticas y de similar manera reivindica la historia y utiliza escenas del Titanic y de Tarantino.

Al tomar la distribución como objeto de estudio, se remonta a la crítica de Ricardo al hecho de que un pequeño grupo de terratenientes se apropiara de parte creciente de la producción y del ingreso, ante lo cual proponía un impuesto a la renta del suelo. A similar conclusión llegará Piketty al proponer un impuesto mundial y progresivo sobre el capital.

El problema de la distribución vuelve, pues, a la escena, a pesar de que algunos economistas trataron de callar cualquier mención a la desigualdad: Robert Lucas, de la Universidad de Chicago, afirmaba en el 2004 que “De todas las tendencias perjudiciales para la economía sana, la más seductora, y en mi opinión la más venenosa, es centrarse en discusiones de distribución”.

Piketty reconoce que todo el mundo tiene una percepción primaria de la desigualdad, aun si carece de explicación científica de la misma, y como sostiene Krugman “aquellos que estaban dispuestos a abordar la desigualdad, en general se concentraban en la brecha entre los pobres o la clase trabajadora y no en el rápido crecimiento de ejecutivos y banqueros. Por ello fue una revelación cuando Piketty mostró que la gran noticia es el aumento de la desigualdad frente al 1 por ciento que concentra la mayor parte del ingreso”.

Piketty no usa encuestas de hogares elegidos al azar que responden un formulario, pues tienen limitaciones porque tienden a subregistrar u omitir el ingreso que corresponde a las personas situadas en la parte superior de la escala y su alcance es limitado, ya que en Estados Unidos no van más allá de 1947. En cambio, ha recurrido, a los registros de impuestos complementados con otras fuentes, puesto que los datos fiscales, no dicen mucho acerca de la élite: el gravamen a la renta se introdujo en Estados Unidos en 1913 y en Reino Unido en 1909, pero Francia tiene impuestos inmobiliarios desde finales del siglo XVIII.

Piketty critica la obra de Solow (1956), quien hablaba de un ‘sendero de crecimiento equilibrado’ en el que todas las magnitudes (producción, ingresos, beneficios, sueldos y precios de activos) progresan al mismo tiempo y cada grupo social saca beneficio en las mismas proporciones. Respecto a la obra de Kuznets (1953), quien considera que la desigualdad tiene forma de campana, pues en la fase inicial aumenta y luego disminuye, Piketty encuentra que la desigualdad se redujo por los choques económicos y políticos de las guerras, pero hay un nuevo incremento de la desigualdad: se trata, entonces, de una forma de campana invertida. Antes de la Primera Guerra Mundial, el 1 por ciento superior recibía la quinta parte de los ingresos totales en EE. UU. y Reino Unido, para 1950 esta proporción se había reducido en más de la mitad, pero a partir de 1960 el ingreso de ese 1 por ciento en EE. UU. volvió a aumentar, llegando a los niveles de hace un siglo.

Claro que Piketty reconoce a Kuznets que su obra referida al periodo 1913-1948, se basa en la declaración de ingresos del impuesto federal, y reclama que los economistas estadounidenses no hicieron seguimiento a su obra por lo cual le merecen poco respeto. También encuentra que mientras los salarios reales de los trabajadores de EE. UU. están estancados desde 1970, los salarios del 1 por ciento superior se han incrementado en 165 por ciento y los salarios del 0,1 por ciento se han incrementado en 362 por ciento.

La conclusión es que el mercado no genera per se convergencia hacia la igualdad, pues no existe ningún proceso espontáneo que evite que las fuerzas desestabilizadoras permanezcan; y la principal fuerza de convergencia es la difusión de los conocimientos y la inversión en capacitación y formación de habilidades que aumenten la productividad. Por ello, tras la Segunda Guerra Mundial los países menos desarrollados redujeron su retraso en productividad y los perdedores de la guerra pudieron alcanzar a los triunfadores.

Aunque el título de la obra de Piketty recuerda a Marx, el autor estima que pasó Marx por alto la posibilidad del progreso técnico y un crecimiento continuo de la productividad que permitió equilibrar la creciente concentración del sector privado; y es menos apocalíptico que Marx, con quien no comparte el principio de acumulación infinita y de divergencia perpetua. También declara “no sentir la mínima ternura o nostalgia por el régimen de la Unión Soviética”, y, además, de no acoger los discursos anticapitalistas, critica las improvisaciones totalitarias que pretendieron aplicar las teorías de Marx, y se queja de quienes parecen ignorar este fracaso histórico fundamental y se niegan a buscar los medios intelectuales para superarlo.

Piketty declara que lo que le interesa “es tratar de contribuir, modestamente, a determinar los modelos de organización social y las instituciones y políticas públicas más apropiadas que permitan instaurar real y eficazmente una sociedad justa en el marco del Estado de Derecho”.

Beethoven Herrera Valencia

Profesor de las universidades Nacional y Externado


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