Pinochet: dictador atípico | Opinión | Portafolio

Pinochet: dictador atípico

Redacción Portafolio
POR:
Redacción Portafolio
septiembre 20 de 2008
2008-09-20 02:05 a.m.

Al cumplirse 35 años de la muerte de Allende me ratifico en la tesis según la cual a Pinochet no puede parangonársele con esos patriarcas tradicionales, hijos de Bendición Alvarado,
inmortalizados negativamente por nuestro Nobel de Literatura. Se trata, sin duda, de una personalidad patológica que se sentía predestinado por Dios para erradicar de la tierra al marxismo y a todos sus afines.

Admirador confeso del fascismo, especialmente de Hitler y Franco. Nadie debe sorprenderse que la Dina, su pervertida organización de inteligencia, se inspirara en los métodos empleados por la gestapo: la terrible 'noche de los cuchillos largos' (28-VI-1934), por ejemplo, la reeditó con más crueldad y tiempo en el Estadio Nacional y luego en 'la caravana de la muerte' y en 'el Plan Cóndor'.

Al contrario de todos los Idi Amín habidos y por haber su radio de acción no lo circunscribió a las estrechas fronteras de su patria. Su alianza con los tiranos vecinos de la calaña de los gorilas de Argentina y Uruguay lo delata como un hombre que buscaba el poder a nivel de líder internacional, sin importarle la esencia delincuencial de las estrategias y de los instrumentos escogidos para lograrlo.

Pinochet ciñó sus acciones de gobernante al principio inquisitorial mediante el cual para reinar hay que eliminar. La razón de Estado fue su diario recurso durante los 17 años, en los que instauró un imperio del miedo encargado de silenciar a la inteligencia en todas y cada una de sus manifestaciones. De manera excluyente solo le concedió espacios de realización a quienes le temían -llamárense subalternos, testaferros, espías, informantes, torturadores- y, de modo muy peculiar, a un puñado de pensadores de extrema derecha comprometidos en armarle una ideología presentable frente a la Comunidad Internacional, tal el caso del politólogo Jaime Guzmán, del jurista Sergio Fernández, de Francisco Javier de la Cuadra y del Almirante y tratadista del Derecho del Mar Jorge Martínez Bush. Una ideología que Pinochet redujo a un simple sartal de frases anoréxicas y cínicas sobre los temas más diversos, verbigracia:

"Yo no conozco eso de los Derechos Humanos. ¿Qué es eso?" (4-VIII-95).

Cuando le dijeron hay una tumba con dos cadáveres (contestó): "qué economía más grande... felicito a los que están encontrando cadáveres, era un lugar de cadáveres" (9-IX-91).

"El demonio es manejado por Moscú" (10-VII-87).

"Hay que torturarlos porque de otra manera no cantan".

"En Chile no se mueve una hoja sin que yo lo sepa".

Sobre el Ejército alemán: "...llevaron a que esa institución se convirtiera en un grupo de marihuaneros, o sea melenudos, homosexuales y sindicalistas" (6-IX-90).

No fue un hombre de una sola pieza, como acostumbra afirmarse en ciertos círculos de la burguesía suramericana adversos a las confrontaciones y conflictos que inevitablemente genera el pluralismo democrático. En su ascendente carrera militar hizo siempre gala de dotes de camaleón marrullero o amnésico, según se lo aconsejaba cada circunstancia. Basta recordar tres episodios para demostrar su impresionante capacidad para metamorfosearse: servir de atento y meloso edecán de Fidel Castro en su larga visita a Chile al principio del gobierno de Salvador Allende y, más tarde (1973), ordenar la muerte indiscriminada de los comunistas; hacer las veces de subalterno puntual del General Carlos Prats -Jefe de las Fuerzas Armadas- y luego, en 1975, mandar a asesinarlo junto con su esposa en las calles de Buenos Aires; convertir en su hombre de confianza al jefe de la Fuerza Aérea y conmilitón golpista, Gustavo Leigh y, posteriormente, destituirlo y degradarlo por una simple discrepancia, porque para él opinar fuera de su guión siempre fue sinónimo de traicionar.

Nuestros columnistas

día a día
Lunes
martes
Miércoles
jueves
viernes
sábado