‘Potato chips vs. computer chips’

Desindustrialización, esa es la palabra clave para entender estos fenómenos de la maldición de los r

Redacción Portafolio
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Redacción Portafolio
diciembre 23 de 2010
2010-12-23 11:42 p.m.

¿Da lo mismo para el desarrollo de un país que se especialice en la producción de chips para computador que en la de papas fritas? No sorprende que, dado lo que significó la presidencia Bush para la economía americana y mundial, el líder de su comité de asesores económicos cayera en esta terrible confusión. Lo que sí sorprende es el grado en que esta permea la política económica en general en América Latina y en particular en Colombia.
 

 

Esto no es un asunto de la trivialidad con la que, parece, Bush y sus concejeros tomaban aspectos de vida o muerte para millones de personas. Mucho menos para Latino América cuando la región se está reprimarizando (revirtiendo su industrialización al regresar a la especialización en productos primarios); ni para Colombia, que es un ejemplo típico de este proceso con su creciente (y aun más prevista) especialización en minerales (petróleo, carbón, ferroníquel). No lo es por razones que los economistas han resumido en lo que llaman la maldición de los recursos naturales y la enfermedad holandesa.


¿Por qué la abundancia de recursos naturales puede convertirse en una maldición en vez de en una bendición, como cabría esperarse de las divisas (capacidad para importar) que proporciona? Esencialmente porque la respuesta a la pregunta inicial es que no da lo mismo para el desarrollo de un país que se especialice en la producción de chips para computador que en la de papas fritas. Claro, a la maldición de los recursos naturales contribuyen otros factores: debilidad institucional y corrupción (que explican por qué la maldición es más severa en el caso de productores de minerales); falta de una política de desarrollo en general e industrial en particular. Factores que se agregan al impacto que un manejo inadecuado del ingreso de divisas tiene sobre el sector de los transables, tanto por su presión sobre la tasa de cambio como por otros procesos que conducen a burbujas financieras e inmobiliarias y explosiones del consumo y de las importaciones.

 

Estos últimos aspectos son los que se conocen como enfermedad holandesa, con referencia al caso de bonanza exportadora de gas natural de Holanda, aunque en realidad se debería llamar enfermedad inglesa por ser el Reino Unido el perfecto ejemplo de desindustrialización de una economía que pasó a sostenerse en gran medida por la actividad financiera e inmobiliaria en Londres, junto con el petróleo del mar del Norte.


Desindustrialización, esa es la palabra clave para entender estos fenómenos de la maldición de los recursos naturales y la enfermedad holandesa y su impacto negativo sobre el desarrollo. Esto porque esencialmente lo que sucede en estos procesos es que el traslado de recursos del sector primario al secundario que acompaña el crecimiento económico (una regularidad histórica y empírica ampliamente documentada en las literaturas de patrones y de motores del crecimiento) se revierte. ¿Por qué el desarrollo procede mediante industrialización y por qué es costoso revertir este proceso regresando recursos al sector primario? Porque en el sector industrial se concentran una serie de mecanismos y de procesos (aprendizaje e innovación tecnológicas, externalidades, economías de red y de aglomeración, rendimientos crecientes estáticos y dinámicos) que lo hacen un poderoso motor de crecimiento y desarrollo para toda la economía, por serlo de la acumulación de capacidades a la base de estos.


Desde luego, las exportaciones primarias y los ingresos de divisas exógenos al sector industrial no necesariamente son una maldición, como lo prueban varias economías del sureste asiático y en alguna medida Chile. En el caso de exportaciones primarias, Malasia y Tailandia muestran como se puede arrancar de una estructura productiva y exportadora primaria (incluso mucho más marcada que la de Latinoamérica) y avanzar en una diversificación industrial acelerada de manera de llegar a constituirse en elementos centrales en los sistemas de producción internacionalmente integrados en electrónica y en automotriz.

 

Y para el caso de masivos ingresos y flujos financieros, Singapur es un ejemplo espectacular de cómo se puede ser uno de los hubs logísticos y financieros más importantes de Asia a la vez que se logra mantener una actividad industrial de punta tecnológicamente. ¿Cuáles son las claves para estos logros? Por una parte, el manejo de la tasa de cambio de manera de proteger la competitividad del ingreso de divisas por exportaciones primarias en el primer caso; y por ingresos por servicios y flujos de capital en el segundo. Por otra parte, la convicción de que en condiciones de globalización una estrategia y una política industrial no son inocuas (como se cree en gran medida en general en Latinoamérica y en particular en Colombia) sino que son, si bien más difíciles de diseñar y de implementar, aún más necesarias.

 

Lo logrado por Malasia en el uso de las TIC como eje de su desarrollo, y por Singapur, un milagro de desarrollo institucional y social incluso dentro del milagro asiático (claro, en gran medida basado en el capital humano e institucional heredado de los británicos), en materia de uso de la IED para su propio desarrollo, se unen a lo logrado en Asia (desde Japón hasta China e India) como ejemplos de lo beneficioso (costoso) de tener (abandonar) una estrategia y una política industrial. Evitar la maldición de los recursos naturales y la enfermedad holandesa depende no sólo de un manejo adecuado del impacto de los ingresos extraordinarios de divisas (fondos de estabilización, programas de inversión pública en infraestructura y capacidades), sino también de esa estrategia y esa política.


Claro que Chile muestra que es posible desarrollarse sobe la base de exportaciones primarias; Argentina que estas pueden sacar a una economía de su postración; y Brasil que es posible combinar ese desarrollo con profundización industrial. En columnas anteriores he destacado el nexo de esos logros con la expansión china, pero incluso el éxito de Chile se ve opacado por el de Malasia (y aun en este sentido Indonesia), en la dirección de diversificar las exportaciones a mayores niveles de valor agregado (en vez de regresar a la explotación básica del recurso natural).

 

Existe abundante evidencia histórica y econométrica de que no es lo mismo, en términos de externalidades para la economía, exportar bienes primarios que integrarse a los sistemas de producción internacionalmente integrados y a las cadenas globales de valor industriales. Esto es asunto de vida o muerte (no es dramática la referencia a la frivolidad de Bush) en una epidemia de euforia ingenua por los TLC, y cuando se está considerando uno con Corea que puede dar al traste con la parte del sector metalmecánico, que ha logrado sobrevivir a la apertura y a esa euforia. A un sector industrial duramente golpeado por la combinación de apertura con revaluación, por el colapso del mercado venezolano y por la incapacidad de desarrollar una infraestructura decente que facilite las exportaciones, se agrega ahora la perspectiva de más revaluación combinada con más apertura.

 

Son decisiones que destruyen de un plumazo tejido productivo y capacidades tecnológicas en la ingenuidad neoliberal que no entiende lo arduo y costoso que es construir estas capacidades y cree que destruirlas es inocuo para el desarrollo. Esto es también socialmente costoso en una economía con un severo problema de desempleo en la cual sectores intensivos en empleo (como las confecciones y el calzado) vienen siendo diezmados por la combinación de apertura con revaluación, junto con el problema de Venezuela.

 

 

RICARDO CHICA AVELLA.

Director centro de estudios asiáticos.
 

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