Precios de los alimentos en Colombia, en contravía al mundo

Es un mal indicio que las variaciones de los precios de los alimentos que consumimos estén tan desalineadas con la evolución de los referentes en el planeta. Quizás esta sea una clara señal de que nos debemos esmerar mucho más, y a marcha forzada, por desarrollar la rezagada infraestructura que exige un decoroso nivel de competitividad internacional.

Redacción Portafolio
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septiembre 09 de 2015
2015-09-09 01:06 a.m.

Recientemente, el Dane reveló una inflación de alimentos del 6,11 por ciento, registrada entre agosto del 2014 y el mismo mes del 2015. Ese mismo indicador, el año pasado fue del 3,47 por ciento y en el 2013 estuvo en 1,76 por ciento.

Se evidencia una notable tendencia creciente de los precios de los alimentos en Colombia, presionada por diversos factores relacionados con los costos de producción, comercialización e importación, así como con las estructuras de los mercados en los que se comercializa la comida.

Paradójicamente, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), en su más reciente publicación del índice de precios, mostró que ese indicador ronda en su punto más bajo de los últimos seis años.

Durante este periodo, se ha mantenido la tendencia bajista en ese estadístico global. El índice de precios de los alimentos de la FAO es una medida de la variación mensual de los precios internacionales de una canasta de productos alimenticios. Consiste en el promedio de los índices de precios de cinco grupos de productos básicos: cereales, aceites vegetales, productos lácteos, carne y azúcar.

Hay varias explicaciones para este fenómeno, en el que los precios de los alimentos de Colombia van en contravía de los índices que resumen la dinámica de los precios del mundo.

En primera instancia, se registra una coincidencia coyuntural perfecta entre el aumento progresivo de los precios en el país y el inicio de la actual devaluación en agosto del 2013, cuando la tasa de cambio promedio de ese mes fue de 1.902,82 pesos, y a partir de ese momento empezó a incrementarse, de tal forma que en agosto de este año presentó una tasa promedio de 3.021,68 pesos.

La devaluación suele encarecer el precio los productos y materias primas importadas, planteando la gran posibilidad de que dicho incremento le sea transferido, en una amplia proporción, al consumidor final. Ello sucede en la medida en que la estructura de mercado lo facilite. Un sustancial traslado de los incrementos de costos a los precios de venta tiene fácil tránsito en esquemas de mercado poco competitivos, los cuales se originan fundamentalmente en dos tipos de situaciones.

De un lado, se pueden generar por exceso de informalidad que favorece el acceso desigual a la información, heterogeneidad de los productos y gran dispersión de la oferta y la demanda, lo que restringe la formación de precios competitivos. Este suele ser el caso de la comercialización de una gran variedad de productos perecederos en el país.

De otro, el déficit de competitividad en los mercados de alimentos se puede encontrar en estructuras dominadas por unos pocos, a veces con el respaldo de la política comercial del Gobierno a través de instrumentos de protección a la potencial competencia foránea. Es fácil identificar varios casos de este tipo en algunas cadenas productivas y comerciales de importantes alimentos, que componen la canasta básica de consumo de los colombianos.

En ese panorama, es de esperarse una gran hipersensibilidad de los precios de los alimentos que se consumen en el país a la dinámica de los costos, los cuales no solo subyacen en la devaluación, pues gran parte de estos se asocian a la logística de comercialización, especialmente a la de transporte.

En distintos estudios académicos, los elevados costos del transporte, relacionados con alimentos en el país, son considerados como un caso extremo en la región, indicándose que, por motivos de deficiencias en las carreteras colombianas, el costo de transportar mercancía entre los puertos del Caribe colombiano y Bogotá es más alto que lo cuesta llevar esa misma mercancía de muchos puertos extranjeros a uno colombiano.

Es un mal indicio que las variaciones de los precios de los alimentos que consumimos estén tan desalineadas con la evolución de los referentes en el mundo. Quizás esta sea una clara señal de que nos debemos esmerar mucho más, y a marcha forzada, por desarrollar la rezagada infraestructura que exige un decoroso nivel de competitividad internacional.

En ese mismo sentido, se deben incrementar los esfuerzos para generar políticas ambiciosas que permitan superar los elevados niveles de informalidad en la comercialización de múltiples productos agropecuarios.

Igualmente, se hace necesario que el Gobierno evalúe consecuentemente y de manera integral las políticas comerciales internacionales que asume, ponderando sus efectos sociales y los objetivos de inserción del país en los mercados del exterior, así como sus distintos requerimientos e implicaciones económicas para lograr estos ineludibles propósitos de competitividad en el ámbito global.

Iván Darío Arroyave A.
Expresidente de la BMC
 

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