Pronóstico reservado para el sistema de salud del país

Entre más pacientes se atienden sin un sustento y apoyo económico establecido, más difícil y es la proyección de estabilidad de las entidades que prestan los servicios. De nada sirve prestar el servicio a todo el mundo si eso significa que en el mediano plazo el hospital se va a cerrar.

Redacción Portafolio
Opinión
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Redacción Portafolio
julio 07 de 2015
2015-07-07 02:58 a.m.

El sistema de salud en Colombia está agonizando y, lo peor, no tiene un médico de cabecera.

Después de los incontables anuncios y aparentes avances legislativos en torno al sistema de salud durante los últimos años, es tiempo de hacer un análisis de la situación real del sector.

Tres actitudes y situaciones relacionadas con los actores del sistema ejemplifican la evidente distorsión que actualmente existe entre la versión oficial y la realidad del sector, y el consecuente desequilibrio y distanciamiento entre las partes.

Primero, el Gobierno actual, llamado a ser el responsable de establecer los caminos de fortalecimiento del sistema, parece que ha interiorizado tanto sus anuncios y sus propuestas de reforma que piensa que ya cumplió, que la situación está bien.

La implementación oportuna de muchos de los temas incluidos en la Ley Estatutaria brilla por su ausencia. Por lo tanto, las situaciones críticas del pasado aún están vigentes y, lo que es peor, se han generado nuevas zonas grises y nuevos vacíos que profundizan en muchos casos la ya complicada situación.

Segundo, los operadores del sistema, las EPS, están aumentando cada vez más su posición dominante.

Antes de encontrar una manera de trabajar de la mano y en conjunto con los hospitales y las clínicas, están inmersos en garantizar su propia sostenibilidad, ignorando por completo la de otros actores del sistema.

La indiferencia e incluso en algunos casos la indolencia en relación con el cumplimiento de los compromisos de pago con los hospitales y clínicas es ahora la actitud más común.

En tercer lugar, los hospitales y clínicas, que somos quienes recibimos y atendemos a los pacientes, nos enfrentamos a una situación cada vez más compleja.

Los cambios del sistema, implementados a medias, han generado que el flujo de pacientes aumente, en particular los que sustentan sus solicitudes de atención por vía judicial, sin que para esto medie ningún tipo de racionalidad económica.

Evidentemente todos los pacientes deben ser atendidos, pero entre más pacientes se atienden sin un sustento y apoyo económico establecido, más difícil y oscura es la proyección de estabilidad de las entidades que prestan los servicios.

De nada sirve atender a todo el mundo ya, si eso significa que en el mediano plazo no se va a poder atender a nadie.

No es fácil saber que atender pacientes, que es nuestra razón de ser y lo que nos motiva, también se convierte paulatinamente en la principal razón de nuestra inviabilidad económica hacia el futuro.

El ejemplo más claro de los contrasentidos que actualmente vive el sector es el que enfrentamos los hospitales y clínicas cuando el Ministerio exige la atención para todos los pacientes aduciendo que la salud es un servicio público y universal.

Lo paradójico es que, al intentar, como es nuestra responsabilidad, recuperar los recursos invertidos en esos servicios y no lograrlo vía EPS, muchas de ellas en liquidación, el Ministerio se lava las manos argumentando que las deudas entre clínicas y EPS hacen parte de un contrato privado.

Este tipo de incoherencias son las que tienen actualmente al sistema en una situación más difícil que ninguna otra que haya tenido en los últimos veinte años.

El sistema de salud tiene un cuadro muy delicado, sus sistemas primarios están fallando y el deterioro de la funcionalidad de cada uno de ellos, y de su interconectividad, es cada vez mayor.

El médico, en este caso el gobierno, parece no tener claros ni los síntomas, ni el diagnóstico, ni la manera de tratarlo.

En resumen, un paciente agonizante y sin médico de cabecera lo mínimo que se puede decir es que tiene en este momento un pronóstico reservado, muy reservado.

José Ignacio Zapata,
director General del Instituto Roosevelt.
 

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