La propuesta del siglo: una Colombia sin coca

Resalta la incongruencia de la propuesta de Juan Manuel Santos de ‘Una Colombia sin Coca’, como cambio de paradigma para solucionar “el problema de las droga ilícitas” y la contradicción de que, entretanto, al valioso plan del cannabis terapéutico en el Senado, sí cuente con su visto bueno.

Redacción Portafolio
Opinión
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Redacción Portafolio
enero 30 de 2015
2015-01-30 03:02 a.m.

Los políticos colombianos llevan más de 50 años prometiendo una Colombia sin coca. El mundo lleva 100 años infructuosamente tratando de prohibir aquellas plantas que denomina estupefacientes, aunque no lo sean.

Aparentemente, no sobra resaltar la incongruencia de la propuesta de Juan Manuel Santos de ‘Una Colombia sin Coca’, como cambio de paradigma para solucionar “el problema de las droga ilícitas” y la contradicción de que, entretanto, la valiosa propuesta de cannabis terapéutico que cursa actualmente en el Senado, sí cuente con su visto bueno.

Algo semejante sucedió a mediados del siglo XX, cuando el presidente Ospina, mientras repartía 1.400.000 paquetes de semillas de cáñamo para contrarrestar la crisis económica de la industria textilera, promulgaba el decreto 896 de 1947, prohibiendo el cultivo y uso de la coca como moneda de cambio. Diez mil coqueros campesinos del Cauca y otros exigieron y lograron la derogatoria del decreto.

En 1939, el presidente Eduardo Santos, tío abuelo del actual presidente, dio a luz al primer Fondo Nacional de Estupefacientes y, con la Ley 36, se creó el monopolio de Estado para aquellas “drogas que formen hábito pernicioso”. Por su parte, el presidente Juan Manuel Santos, bajo su mandato (2010-2018), reestructura las instancias antinarcóticos colombianas y propone “replantear la estrategia global antidrogas”. Discurso que no se compagina con su insistencia en el fracasado intento de acabar con la coca colombiana. Esta promesa/lema, que constituye un irrespeto total a las tradiciones indígenas y campesinas colombianas, ha beneficiado efectivamente, durante las décadas de la guerra por la droga, la imagen de Colombia en el exterior. No obstante, los costos a nivel social y ambiental y de soberanía nacional han sido incalculables y el objetivo de cero coca ha condicionado los posibles e imposibles usos a nivel doméstico.

En 1962, diez años después de los primeros ataques directos contra el ‘mambeo’, en el territorio nacional no existían ni 1.000 hectáreas de coca. Gracias a la dinámica rentable y propagandista de prohibir y vivir de la prohibición y al incumplimiento y/o sinsentido de las propuestas frente a la coca, cincuenta años después Colombia cultiva unas 50.000 hectáreas de coca y su política está totalmente narcotizada.

“Una Colombia sin Coca” pasa por: 1) hacer caso omiso de los derechos de los pueblos Indígenas; 2) operar sin consideración del efecto globo; 3) desconocer la corrupción del narcotráfico institucionalizado que promueve el cultivo de coca para cocaína; 4) pretender que se puede acabar totalmente con el consumo de las sales y cristales de cocaína, y 5) prometer logros sin recursos y que los cientos de miles de colombianos que viven directa e indirectamente de la coca van a erradicarla sin los necesarios incentivos económicos previos.

“Una Colombia sin coca” pasa por hacer tabula rasa del pasado; por negar nuestra historia y soberanía; por automatizar la coca en cocaína y desconocer que esa coca puede ser “para América una gran fuente de riqueza y esperanza” como decía José María Samper (1882). Pasa llanamente por repetir el fracaso y daños de los intentos de los últimos 100 años.

Para lograr su Colombia sin coca, Santos, a semejanza del presidente Turbay (1978-1982) y los otros 6 presidentes que lo sucedieron, ha seguido fumigando a las víctimas del campo, en contra de la naturaleza y las leyes del mercado, con la vacua promesa de programas de sustitución sin medios, tras los hechos, e incluso en muchos casos contraproducentes.

En 1972, Estados Unidos impulsó el primer programa de sustitución de cultivos en Turquía y los cultivos de opio se expanden a los países vecinos. En 1978, EE. UU. impone sus primeras fumigaciones en Colombia contra la marihuana. En las décadas que siguen se fumiga la coca con la misma promesa de sustitución tras la erradicación. Los cultivos de coca se multiplican exponencialmente y se expanden por todo el país.

Recientemente, y básicamente gracias al curso de las conversaciones de paz en La Habana, pues todo parece indicar que los llamados de atención sociales y de los Relatores Especiales de las Naciones Unidas no calan, el presidente Santos prometió aplicar la medida de fumigaciones solo en casos extremos.

Obviamente el cumplimiento de esa promesa depende de su juicio sobre lo que constituye un caso extremo. De tal forma, sigue fumigando atrozmente los territorios, todavía víctimas de la implantación guerrillera. Entre otras, el Putumayo con la reducción de la zona de amortiguación de la frontera con Ecuador de 10 a 2 kilómetros. Entretanto, es válido cuestionar si, tras La Habana, los territorios merecedores de casos extremos en los que se aplicará la medida de fumigaciones serán aquellos víctimas de las bandas criminales –Bacrim.

Otro pregunta es si el componente técnico y de actividades del Plan Nacional de Desarrollo 2015-2018; el Informe de la Comisión Asesora de Drogas; los documentos de las Farc de La Habana y la nueva versión del Estatuto Nacional de Drogas mantendrán a su turno esta vacua promesa con todo lo que esto implica a nivel daños ‘colaterales’ y del diseño de políticas ajenas a las realidades de la época y solo realizables en el discurso, mas no en los hechos.

Nunca ha habido una Colombia sin coca y nunca la habrá; ni siquiera es ecológicamente deseable que la haya. Bien haría Colombia en tener la valentía de un verdadero cambio de paradigma frente a la coca y poner punto final a las fumigaciones.

Maria Mercedes Moreno

MamaCoca. www.mamacoca.org

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