Reseteando el modelo de educación

Tal vez la única estructura de la sociedad que ha permanecido inmóvil durante siglos ha sido el sistema educativo. Llegó la hora de cuestionarnos y plantear nuevos retos. Casos exitosos de modelos pedagógicos que Colombia debería adoptar.

Redacción Portafolio
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Redacción Portafolio
mayo 25 de 2015
2015-05-25 12:36 a.m.

“No esperen que la educación haga más competitiva a Colombia. Si Colombia desea ser más competitiva, la Nación completa y quienes la lideran deben sentirse atraídos por esa misión. No esperen que la educación haga el trabajo por ustedes”.

Con esta posición disruptiva del profesor israelí Yoram Harpaz me encontré recientemente, durante una conversación que tuvimos a raíz de su primera visita a Colombia, lo cual me hizo pensar en la frase común y desgastada con la que solemos abordar el tema: “La respuesta es la educación”. Este estimulante encuentro se dio en el marco de las actividades del plan de innovación de la Universidad del Rosario que su rector José Manuel Restrepo promueve.

La idea de Harpaz, quien decidió que su misión en la vida era destruir escuelas, en sentido figurativo, y construirlas de nuevo sobre la base de un mejor modelo educativo, no pretende minimizar el papel de la educación; todo lo contrario. Esta apunta a que si bien la educación ayuda a cambiar una sociedad, no lo hace de manera radical, puesto que es la misma sociedad la que debe legitimar su sistema educativo y reflejar allí sus valores y lo que es.

Ahora, este tema, visto desde el pensamiento del profesor Harpaz, quien ha acompañado la transformación de los sistemas de educación de países como Australia, Singapur e Israel, se debe comprender desde los modelos que ha puesto en práctica y desarrollado (Teaching Thinking, Community of Thinking, Think Tanks, Intellect School, entre otros).

Una de las ideas centrales de esos modelos es que los colegios y universidades deben apartarse de la formación tradicional, esa que enseña a los alumnos a escuchar, memorizar y ser obedientes, para convertirse en centros de pensamiento donde niños y jóvenes aprendan por sí solos y desarrollen su creatividad… que realmente den un salto de la mentalidad instrumental a la intelectual.

Así mismo, en estos nuevos esquemas se resalta la importancia de contar con buenos maestros que se caractericen por su “identidad, pasión y competencias” puestas al servicio de una misión.

Hay muchos casos por contar sobre el entendimiento y la aplicación de estos modelos educativos de gran impacto. El profesor Harpaz recuerda, por ejemplo, cuando hace unos años la Ministra de Educación de Singapur lo invitó como consultor para que evaluara su sistema educativo. Él, que se sentía como aquel famoso entrenador israelí (donde es bien sabido el fútbol no es de gran nivel) que fue llamado a dirigir el club inglés Chelsea (Inglaterra es la cuna de este deporte), no podía entender cómo iba a evaluar la educación de un país que siempre ha sido el primero en diferentes pruebas internacionales como las Pisa.

Sin embargo, la Ministra fue muy clara: “¿Has escuchado hablar de un Premio Nobel de Singapur? ¿Algún famoso escritor? ¿Desarrollo de alta tecnología? Pues bien, yo te daría nuestros primeros lugares en todas las pruebas internacionales si tú nos das algo de la creatividad israelí”.

Dicha realidad sería contrastada por el propio Harpaz cuando tuvo la oportunidad de ingresar a un aula de clase en Singapur y notó que los estudiantes permanecían inmóviles, en silencio, mientras el profesor, de pie frente a ellos, hablaba solemnemente. En conclusión, aprender era una experiencia no placentera; les enseñaban a leer, mas no a amar la lectura. Así les implantaran ideas en sus cabezas, no había espacio para pensar, discernir o criticar, lo cual, recordemos, es muy bueno para muchos gobiernos.

Otro de los muchos casos liderados por Harpaz es el de unos jóvenes australianos de 17 años que, como parte de su reto escolar, y tras habérseles preguntado por el trato que le daba el gobierno de su país a los inmigrantes pobres, hicieron un trabajo de investigación que derivó en un informe de mil páginas con fotografías sobre esta problemática, que fue presentado luego al Primer Ministro. ¿El resultado? Una fantasía pedagógica que llevó a cambiar las leyes de inmigración de Australia y convertir en ‘héroes’ a dichos estudiantes.

A lo anterior sumamos otro ejemplo digno de imitar, la posición generosa y visionaria de una gran parte de la élite económica de Israel, la cual entendió, en un momento histórico y definitivo, que estaba para servir y, por ende, aportó grandes cantidades de dinero para apoyar el sistema educativo.

Esto nos lleva a pensar en fortalecer la legitimidad, acción e impacto de líderes de diversos sectores en Colombia, los cuales se han de soportar en motivaciones que apunten a satisfacer intereses generales, y no a la acumulación individual de privilegios. Es un reto lograr que las iniciativas no se queden en esfuerzos aislados que, con el tiempo, languidecen. Es verdad que estamos en una sociedad en la que no es fácil la construcción de consensos, debido a un fraccionamiento gestado en el egoísmo, pero esta lucha por algún flanco ha de empezar.

El caso de la Universidad del Rosario, que trajo al profesor Harpaz para interactuar con sus docentes, nos hace ver que se está entendiendo que solo a través de la innovación se puede fortalecer la capacidad de motivar, comprometer y desarrollar los talentos de los estudiantes, que buscan un verdadero desarrollo integral.

Al final, como vemos, no es cuestión de idealizar experiencias o casos internacionales; se trata de comprometernos con decisiones y acciones coherentes con estas, para que la competitividad no vaya a engrosar la lista de las palabras sin sentido. Si deseamos ser competitivos, debemos formar niños y jóvenes que piensen efectiva, crítica y creativamente.

Germán A. Mejía A.

bmLab Latam germanmejia@bmlab.co

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