Los retornos sociales de la educación

Una mayor educación incrementa la productividad de los trabajadores, lo que explica que la economía de un país funciona mejor a medida que aumenta la proporción de gente educada.

Redacción Portafolio
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Redacción Portafolio
marzo 12 de 2015
2015-03-12 03:28 a.m.

El debate iniciado por el profesor Robinson sobre la oportunidad de hacer o no una reforma agraria en Colombia, ha generado una nueva discusión, principalmente entre los economistas Luis Fernando Medina y Felipe Barrera, respecto a los retornos sociales de la educación. En esta columna voy a intentar explicar por qué estoy de acuerdo con ambos, a pesar de que cada uno parece defender unas tesis antagónicas: Luis Fernando Medina explica que la educación es un juego de suma cero, mientras que Felipe Barrera defiende que la inversión en educación tiene retornos sociales importantes.

Empiezo con la tesis de Felipe Barrera. Comparto su visión de que el dinero que se destina a la educación es la mejor inversión que se puede hacer en un país. Una mayor educación incrementa la productividad de los trabajadores, lo que explica que la economía de un país funciona mejor a medida que aumenta la proporción de gente educada. Otro punto que subraya Felipe es el de la cohesión social: los países que tienen mayores niveles de educación suelen tener menos problemas sociales. En los Estados con sistemas educativos de calidad e incluyentes, se puede observar un ‘saber vivir juntos’ que adolecen las naciones con menor acceso a la educación. La educación de calidad e incluyente no solo hace que algunos aspectos de la vida sean más agradables en estos países, sino que la educación sensibiliza a la gente sobre las ganancias que crea la cooperación entre los individuos, lo que afecta positivamente la economía. Este resultado ha sido comprobado en Colombia por Juan-Camilo Cárdenas y sus coautores en los experimentos que diseñan para estudiar los comportamientos de cooperación: casi siempre el nivel educativo de los participantes se relaciona positivamente con sus decisiones de cooperación.

Este argumento de la cohesión social nos lleva ahora al tema de la movilidad social. Una sociedad con más nivel educativo se caracteriza por una mayor movilidad social, lo que fomenta a su turno más equidad (ver www.libreriadelau.com/equidad-y-movilidad-social-diagnosticos-y-propuestas-para-la-transformacion-de-la-sociedad-colombiana-ciencia-politica-en-general.html.

No solo los países que se caracterizan por una mayor movilidad social tienden a ser menos desiguales, sino que hace que la desigualdad sea más justa porque se ha construido sobre un sistema más meritocrático. Cuando la movilidad social es alta, la desigualdad se puede convertir en incentivos positivos para que la gente se esfuerce más, mientras que una sociedad muy rígida en su movilidad social suele presentar niveles de desigualdad que desmotiva los esfuerzos.

A pesar de lo anterior existe una paradoja inherente a la movilidad social: aun cuando la sociedad en su globalidad se beneficia de ella, los individuos que la componen sí se encuentran en un juego de suma nula. En efecto, la movilidad social implica que si unos suben, otros bajan (ver, Los que suben y los que bajan: educación y movilidad social en Colombia, de Alejandro Gaviria), pues no podemos estar todos en el 1 por ciento más afortunado de un país. En este orden de ideas, concuerdo con el punto de Medina: una de las mejores consecuencias de la inversión en educación es la de fomentar una mayor movilidad social, la cual es positiva, pero es efectivamente de suma cero entre los individuos. En el juego de la movilidad social y de la competencia, ganar menos, ya es perder un poco. Además, son generalmente los más afortunados de un país que pueden influir sobre las leyes y no tienen nada que ganar con una mayor movilidad social.

Para terminar, quiero resaltar que los estilos de vida de los más ricos de un país son muy distintos según el nivel de educación de la población. Más precisamente, los más ricos en Colombia se benefician también de la baja productividad de una gran parte de su población y, por tanto, pueden disfrutar de servicios más baratos. En países con mayores niveles de educación, la gente que pertenece al 10 por ciento más rico, pero que no se ubica en el 1 por ciento no tiene empleadas del servicio, los que juegan tenis no tienen caddies, los restaurantes son más costosos porque los meseros ganan más, etc.

En una nación con un mayor acceso a una educación de calidad, todo eso cuesta, lo que hace que puede haber ganadores y perdedores con la inversión en la educación. Si queremos invertir en educación, la vida será más cómoda para un 90 por ciento de la población, pero no necesariamente para los que están actualmente en el 10 por ciento. Si a los más afortunados les convienen estos cambios por todo lo positivo que he recordado en esta columna, todos ganan, de manera distinta, pero todos ganan y no hay tensiones. Pero si algunos de los más afortunados prefieren el sistema actual para disfrutar de su posición, o para asegurar una posición similar para sus hijos, existe una tensión. Prefiero evitar la expresión ‘suma cero’ porque eso implica poder equiparar los que ganan con los que pierden, lo que me parece filosóficamente complicado. Para concluir, diría que son nuestras inversiones en la educación que determinan el tipo de sociedad que queremos mañana.

David Bardey

Universidad de los Andes, F. de Economía - Cede

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