Segunda de diez antítesis sobre una paz estable y duradera

Redacción Portafolio
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septiembre 22 de 2013
2013-09-22 04:43 p.m.

“El buen liderazgo consiste en hacer menos y ser más”. Lao Tze.

La conquista del país estuvo dominada por aventureros que llegaron a nuestro territorio para cumplir un encargo y retornar. En el periodo de la Colonia, pocos fueron los que arribaron con el propósito de asentarse definitivamente en nuestras tierras. Ello generó una cultura de dependencia, reforzada hasta nuestros días por el paternalismo en el manejo de los recursos públicos y por el clientelismo que caracteriza el ejercicio político. Alberto Lleras Camargo, en su discurso de posesión como rector de la Universidad de los Andes, en 1954, después de referirse a su larga trayectoria de servidor público y gobernante, ilustró, con humor, nuestra postura ante los desafíos colectivos:

“Con esas experiencias en mi pasado, he llegado, sin embargo, a la conclusión de que hay demasiado gobierno en el mundo, y entre nosotros no siempre por la sola culpa de los gobernantes, sino porque el ciudadano emplea sistemáticamente sus restos de libertad para pedir que lo gobiernen un poco más. En esto tampoco nos diferenciamos mucho de la Colonia. Somos todavía, como en el siglo XVI, un pueblo de memorialistas. Los grandes movimientos cívicos de nuestro tiempo, cuando las llamadas fuerzas cívicas se conmueven, agrupan y deciden dejarse de ruidos, culminan en un telegrama pidiéndole al gobierno que haga o prohíba algo. También, los atribulados criollos de 1500 escribían memoriales por generaciones enteras pidiendo la construcción de un puente y anotando, lustro tras lustro, el número de víctimas de la corriente fluvial y la progresiva acumulación de perjuicios, sin que nadie intentara quitarle el privilegio al Rey de poner el primer ladrillo. Cuando ya podía haber florecido en tierras de nuestra América una civilización menos centralizada, más audaz e imaginativa, como la que comenzaba a dar zancadas en el norte del hemisferio, vinieron las revoluciones y el estado de guerra, totalitario naturalmente. Y más tarde, el redescubrimiento del estatismo en la filosofía política de las extremas izquierdas y derechas, que encajó a la perfección dentro de nuestras tradiciones y el gusto providencial de los gobernantes”

Esa actitud tampoco ha cambiado en las últimas seis décadas, pues ha hecho falta –y lo está haciendo– una pedagogía orientada a estimular en el ciudadano el respeto por sí mismo y por los demás, y la autosuficiencia. Esta es la tarea fundamental de los gobernantes y de quienes ejercen el liderazgo, algo más difícil de lograr que una buena imagen pública. Como aconsejó Lao Tze, el autor de la cita introductoria, hace más de dos mil quinientos años:

“El líder muestra que el estilo no es un sustituto de la sustancia, que el conocimiento de ciertos hechos no es más poderoso que la simple sabiduría, que crear una impresión no es más potente que actuar desde lo recóndito de uno mismo”.

Hace ocho años, cuando se iniciaba otro proceso reeleccionista, recordé en mi columna de Portafolio las lecciones que nos dejaron Rodrigo Escobar Navia y Gilberto Echeverri Mejía, dos maestros en el arte de gobernar. Intercalo algunos fragmentos:

Gilberto, quien ejerció varios ministerios y la gobernación de Antioquia, decía que la función de un gobernante es la de un ‘catalizador’ que desencadena procesos de cambio al dar ejemplo, comprometer a las personas con el bien común, y ayudar a crecer a colaboradores y gobernados. Era un sagaz negociador, conocía bien a los demás, y con su fluida conversación y reconocida honestidad podía cerrar acuerdos con una anécdota pertinente y aclaratoria.

Una década después de su despiadado asesinato, tras la trampa infame que les tendió la guerrilla a él y al gobernador de Antioquia, es tiempo de divulgar su valioso legado.

Rodrigo, como alcalde de Cali, realizó en los setenta el primer gran cambio cultural en la vida ciudadana de una metrópoli, y por los medios más creativos. Con la colaboración de los escolares más pequeñitos, logró que todos los caleños hicieran filas ordenadas para abordar los buses. Convenció a los empresarios de la región y habitantes de los barrios más pobres de poner en marcha el programa de recreación autosostenido más importante de la época.

Logró que los políticos tradicionales le colaboraran con sus mejores mujeres y hombres y, cuando no los tenían, que se sintieran orgullosos de contar entre sus seguidores a excelentes servidores públicos ‘reclutados’ por el alcalde.

Como ministro de Estado invitó, con frecuencia, a sus antecesores para que le brindaran consejo, que él recibía con agrado y la mejor disposición de ponerlo en práctica. Aplicaba obviamente el aforismo de “no tumbar un muro antes de averiguar por qué se había construido”.

En el Ministerio de Educación logró una efectiva coordinación de los institutos adscritos con el simple expediente de pedir a sus directores que asistieran a las juntas de las otras agencias. Sabía ‘hacer hacer’.

Creo no equivocarme al concluir que ambos apostaban a que gobernar consiste en desarrollar la gobernabilidad, o más precisamente la autogobernabilidad, de una comunidad o de todo un pueblo. Por eso los dos dejaron destacados discípulos.

Eduardo Aldana Valdés

Profesor universitario

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