¿No será un poco tarde?

Si el cambio en el pensamiento económico, que prima actualmente, se diera y se abrieran esas mentes recalcitrantes al cambio, con seguridad se podrían dar virajes sustantivos y trascendentales en las políticas públicas y en las estrategias tradicionales de responsabilidad social de las empresas.

Redacción Portafolio
Opinión
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Redacción Portafolio
febrero 02 de 2015
2015-02-02 02:33 a.m.

Sin duda es una excelente noticia que la Directora del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde, no solo participe en el Foro Económico Mundial en un debate sobre la concentración de la riqueza en el mundo, sino que afirme que “…las políticas redistributivas no son contraproducentes para el crecimiento”.

Así lo recoge Portafolio en sus reportes sobre este Foro. Afirma el diario: “Una idea que hasta hace poco no formaba parte del pensamiento convencional”.

Ojalá los ricos del mundo se sintieran avergonzados, porque con seguridad no lo estarán los superricos, que son 80 personas que acumulan el 50 % de la riqueza del mundo, según Oxfam.

Varias preguntas –cuyas respuestas probablemente nunca se conocerán–, surgen de estos hechos que podrían significar un vuelco gigantesco en el pensamiento de los economistas ortodoxos, que siguen mandando en gran parte de América Latina y en otras partes del mundo. Si este cambio en el pensamiento económico, que prima actualmente, se diera realmente y se abrieran esas mentes recalcitrantes al cambio, con seguridad se podrían dar virajes sustantivos y trascendentales en las políticas públicas y en las estrategias tradicionales de responsabilidad social de las empresas. Esto cambiaría el escenario para los pobres, que aún viven en países industrializados, y para aquellos marginados en las sociedades en proceso de desarrollo.

La primera pregunta que surge es la siguiente: ¿quiénes asumirán el inmenso costo que produjo la terquedad de creer en que primero se crece y después se distribuye o que el solo crecimiento generaba un goteo que le llegaba a los pobres?

Porque pagarla, lo que se dice, pagar esta deuda es imposible: los pobres de antes no son los mismos pobres de hoy. Generaciones enteras de latinoamericanos, asiáticos y africanos, nacieron y murieron sin conocer las ventajas de la vida moderna. A esos millones de individuos, hombres, mujeres, y sobre todo niños, que murieron después de una vida corta o una larga llena de precariedad, nadie los puede compensar. Esta es una cruda verdad que con demasiada frecuencia, se olvida.

Pero, por desgracia, los sabios de la economía no reconocen que los errores cometidos en políticas públicas sencillamente son imposibles de reparar.

Y los pobres, por la forma en que viven, se mueren más pronto que los ricos e incluso que aquellos que viven un poco mejor. Las razones son obvias: mala alimentación, precariedad en su salud y malas condiciones de sus viviendas, entre muchas más.

No es un anatema, basta con mirar las expectativas de vida al nacer en los países industrializados comparadas con las de sociedades en desarrollo. Y eso que, por fortuna, algunos de los avances en medicina llegan en algún grado a los países más atrasados, pero muchas vacunas y medicamentos con patentes de multinacionales no llegan o lo hacen a precios inalcanzables. Si no fuera por eso, la distancia entre ricos y pobres en términos de expectativa de vida, sería inmensa.

La segunda pregunta es la siguiente: ¿cómo se va a traducir este reconocimiento en un profundo cambio de estrategias que realmente sean redistributivas que, como afirma la señora Lagarde, no frenan el crecimiento de la economía?

Para iniciar, es bueno reconocer que, en general (pero mirando solo a América Latina y a Colombia, por supuesto), a punta de creer en la importancia infinita de la economía se ha aprendido a manejarla, si por esto se entiende solo lograr algo de crecimiento, baja inflación, mínimo déficit fiscal –cuando no un pequeño superávit– y tener poco endeudamiento.

Es decir, si por desarrollo se entiende solo eso, se puede afirmar que ya tenemos la fórmula. Fácil relativamente, porque para lograr que “los fundamentales” estén bien, hay recetas establecidas y probadas.

Hoy, por lo menos en la mayoría de nuestros países, no hay crisis de la deuda como en los 80 ni hiperinflaciones ni desbordamientos en los gastos de los gobiernos. Obviamente hay graves excepciones como Venezuela.

Pero lo que es muy doloroso reconocer, es que todavía no hemos aprendido, ni aquí ni en muchos otros lugares del planeta, a cerrar para siempre las brechas entre ricos y pobres. Peor aun lo que sí se sabe es como agrandarlas.

Después del triunfalismo sobre las nuevas clases medias, olvidando que la mayoría de los latinoamericanos son vulnerables –pueden caer fácilmente de nuevo en la pobreza–, ahora cunde el pánico ante la bajada en el ritmo de crecimiento de las economías latinoamericanas, porque las clases medias pueden volver a la pobreza. Es decir, las políticas recientes de transferencias condicionadas –familias, jóvenes y viejos en acción–, solo alivian, pero no resuelven de manera sostenible la pobreza. Por lo menos esa lección debe aprenderse.

Una gran preocupación surge porque mientras el nuevo discurso de que ‘no basta con crecer’ se vuelve realidad pasarán años y años.

Si se consideran las generaciones de pobres que se han perdido, dada la terquedad de la teoría económica dominante y el gran poder de los organismos internacionales que las promueven, es posible pensar que de pronto estos arrepentimientos pueden llegar un poco tarde. Y de nuevo, nadie pagará el costo de estos errores. Eso sí, no faltará quien diga: “más vale tarde que nunca”.

De acuerdo, y ojalá se cumpla, pero es necesario que quede claro que los millones de pobres que murieron prematuramente o sin tener ninguna de las posibilidades de que disfrutan las elites y toman como naturales, muertos están. Fuera de recordarlos no se puede hacer nada más.

Cecilia López Montaño

cecilia@cecilialopez.com

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