La situación social en Colombia y la tragedia de Sísifo

El asistencialismo y la atención a grupos de poder terminan en un reforzamiento de la situación inicial de inequidad, inmovilidad y exclusión, en la cual el remedio ha sido peor que la enfermedad.

Redacción Portafolio
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Redacción Portafolio
marzo 13 de 2013
2013-03-13 12:17 a.m.

Sin duda alguna, el país ha venido avanzando en las coberturas sociales. Sin embargo, seguimos empeorando en los índices de concentración del ingreso y de informalidad laboral.

En otras palabras, estamos ante una trampa social encadenada con la siguiente lógica: crecimiento sin empleo, respuesta asistencialista del Estado que genera incentivos a la informalidad y desempleo estructural, lo que conduce a una forma sofisticada de reproducir la pobreza y la desigualdad.

Más informalidad conduce a mayores demandas sociales y el ciclo nunca termina. Es el momento de poner en práctica el enunciado de Bertrand Russell: “en todas las actividades es saludable poner un signo de interrogación sobre las cosas que por mucho tiempo se han dado como seguras”. Quiero decir, detenernos a pensar sobre el asistencialismo y la entrega de subsidios a diferentes sectores económicos, como una forma de solucionar los problemas sociales.

El centro de los problemas sociales está en: I) la baja calidad de la educación que reciben los menos favorecidos (i.e. la educación pública); II) el asistencialismo exagerado; III) la captura de recursos por grupos de interés, y IV) la reproducción del poder (Las dos últimas, como consecuencia de una democracia débil con baja representación de los más pobres y niveles de corrupción altos).

La trampa mencionada se refuerza cuando los beneficios del gasto social retornan a quienes pagan impuestos (actualmente, casi la mitad del gasto público social es percibido por el 20 por ciento más rico de la población), de tal forma que la desigualdad ha sido institucionalizada a través del ciclo de vida de las personas pertenecientes a los grupos más desfavorecidos: los niños reciben educación de baja calidad, los jóvenes no pueden entrar al mercado de trabajo formal, los adultos reciben salarios de supervivencia y los adultos mayores no acceden a una pensión; son excluidos de la sociedad a lo largo de su vida y dependientes del Estado a través de la limitada atención a la infancia, la educación pública de baja calidad, la salud pública incompleta, los subsidios para informales y la subvención para los adultos mayores.

En todos los casos, hay una transferencia de ingresos equivalente a una pequeña fracción del salario mínimo o de la línea de pobreza. Mediante estas transferencias o subsidios, el sistema político y el económico son soportados. El sistema, como lo sostiene Esping-Andersen, es “divisorio y apto para institucionalizar las desigualdades”. Desde el inicio del ciclo, la educación organiza la sociedad jerárquicamente (Bourdieu) y como consecuencia, la movilidad social es paquidérmica. Así, observamos un crecimiento prorrico y una asistencia social deformada que deriva siempre en asistencialismo.

Por otro lado, el Gobierno ha sugerido que la clase media ha venido creciendo en los últimos años. En realidad, lo que ha crecido no es una clase media con representación política, sino una porción de la distribución del ingreso alrededor de un ingreso que se supone es aquel que saca a las personas de la pobreza y la vulnerabilidad (el concepto de ‘clase media’ utilizado es totalmente erróneo, pero hagamos abstracción aquí de esto).

Si lo anterior es cierto, estaríamos observando una situación de crecimiento de la clase media y de la inequidad simultáneamente, lo cual indicaría que la exclusión también es creciente. Si la clase media crece y la inequidad permanece (o crece) el contrato social se convierte en simples demandas de subsidios, situación en la cual queda atrapada la sociedad. El sentimiento de exclusión presiona a los actores a la protesta, y ante una situación de inestabilidad política, el gobierno cede a la presión. Grupos de interés toman un botín y los ministros lo entregan en bandeja de plata: realpolitik. Bajo esta situación, el crecimiento económico no se convierte en inversión pública o social, sino que es capturado por quienes tienen mayor fuerza para presionar al Gobierno. El botín capturado no es otra cosa que una transferencia de ingresos de toda la sociedad para pagar las ineficiencias de los sectores subsidiados.

Finalmente, el asistencialismo y la atención a grupos de poder terminan en un reforzamiento de la situación inicial de inequidad, inmovilidad y exclusión, en la cual el remedio ha sido peor que la enfermedad que se quiso combatir. Si no partimos de solucionar los problemas más profundos de la sociedad, como la educación, la inclusión financiera, la formalización a largo plazo y la integración regional, sino que, por el contrario, nos concentramos en atender las demandas de corto plazo, el país continuará atrapado como en la tragedia de Sísifo, quien fue condenado a empujar eternamente una roca a la cima de una montaña, que nuevamente se rodaba.
Retomando a Russell, sería saludable preguntarnos si la forma en que tenemos diseñadas nuestrs políticas redistributiva y social es suficiente para romper la trampa que he descrito o si nos tocará sufrir la condena de Sísifo eternamente.

Jairo Núñez Méndez / Exviceministro de Salud y Protección Social

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