Solidaridad: ¿se pondrá de moda?

Redacción Portafolio
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Redacción Portafolio
enero 19 de 2015
2015-01-19 01:08 a.m.

Que esta nueva era en la que parece ubicarse el mundo occidental, por lo menos, se traduzca en cambios fundamentales en nuestro país, con una triste historia de elites insolidarias, aisladas del resto de la nación.
Más de 50 líderes mundiales rodean al presidente de Francia en lo que se ha llamado la “Marcha por la Unidad”, como expresión de solidaridad con el pueblo francés por los dolorosos acontecimientos de la semana anterior. El mundo no sale de su conmoción por el profundo significado que tienen los terribles atentados de extremistas islámicos que cobraron la vida de 17 personas y entre ellos, la de un grupo reconocido de destacados caricaturistas. Tres días de terror, afirma Roberto Pombo en su crónica en El Tiempo tras los cuales según sus palabras, “en Francia todo será distinto”.
Obviamente en sociedades europeas donde la vida solía trascurrir con relativa tranquilidad, este sangriento ataque como respuesta a algo que se considera de la esencia de estos países, especialmente de Francia, la libertad de expresión, ha abierto una herida que puede llegar a ser más que eso.

En medio del desconcierto, del dolor y del miedo, se habla inclusive del inicio de una nueva era: la del enfrentamiento entre Occidente y el Yihadismo. Nadie puede ser indiferente ante una posibilidad que solo traería dolor a un mundo suficientemente convulsionado. Impredecible lo que vendrá después y por ello debe rescatarse que la primera reacción haya sido de solidaridad.

Lo sucedido en ‘este ‘septiembre 11 de Francia’ –como han sido calificados estos hechos por muchos analistas– puede ser ese llamado que una sociedad consumista, con profundas desigualdades, como aquellas de países desarrollados o en vía de serlo, a la necesidad de volver a ‘lo que deben ser los valores fundamentales’, como dijo un ciudadano participante en esta Marcha.
Por ello, es vital que esa solidaridad que ha unido a líderes mundiales se convierta en ese valor que se ha perdido y que debe acercar de nuevo a los privilegiados, países y personas, con aquellos, países y personas, que viven en condiciones de precariedad.

Sin duda, el mensaje debe empezar por mostrar fortaleza y unidad, como lo ha reiterado el Presidente de Francia, François Hollande, pero no se puede quedar allí.

Para algunos prima la fortaleza, en el sentido de mejorar los servicios de inteligencia e identificar a tiempo, y con más contundencia, a posibles actores de ataques similares. Esta actitud es perfectamente entendible para una población que desde la Segunda Guerra Mundial no vivía una crisis de esta naturaleza.

Pero apenas se menciona la situación de las comunidades que son o descienden de inmigrantes, en ciudades con altos niveles de vida, tanto en Francia como en Alemania, por ejemplo. Tímidamente algunos medios sí asocian la carencia de una visión positiva de futuro de estas nuevas generaciones a la actitud radical y violenta de una juventud, que solo ve en el Yihadismo una salida a sus vidas.

Según algunos, la crisis en que está sumergida Europa ha acentuado la confrontación entre los descendientes de inmigrantes y el resto de los europeos, que sienten la reducción de su nivel de vida mientras las demandas de estos sectores, muchos de ellos marginados, les están limitando posibilidades a quienes creen deberían ser prioridad en estos momentos de dificultades económicas de sus respectivos países.

En realidad, no es un reto menor el que enfrenta Europa y el mundo en general. Tampoco es nada envidiable la situación de los musulmanes, millones de los cuales son pacifistas. De la forma como evolucione la reacción de todos los involucrados en este momento, que podría ser un quiebre histórico en el Capitalismo del Siglo XXI, puede surgir un mundo más solidario u otro que entre en la mayor inestabilidad social desde las guerras mundiales.

Probablemente lo único positivo de esta realidad, que hoy con asombro vive el mundo, es que la solidaridad llegue a ser realmente parte de los llamados valores globales. Esta sería una gran lección para países que presumen de democracia y que mantienen unas desigualdades injustificables entre los más poderosos y los que poco o nada tienen.

América Latina, si asume este compromiso que de hecho por lo menos está en la agenda de muchos, más en el discurso que en estrategias, encontraría el camino para quitarse el vergonzoso estigma de ser la región más desigual del planeta.

En el caso de Colombia, este llamado a la solidaridad tiene un sentido mucho mayor. Se ha convertido en parte de nuestra cultura la segmentación de la población y, por ello se toma como normal los odiosos estratos que se reflejan en clases sociales. Las inmensas distancias entre sectores de una misma ciudad, entre las distintas ciudades y entre regiones del país, se asumen como algo irremediable, no solo por los sectores de ingresos altos que lo toman como hechos del destino –unos nacen en cuna de oro y otros no, luego, de malas– y los pobres urbanos y especialmente rurales, que lo asumen con resignación.

Por ello, cuando se trata de reconocer que son los mayores impuestos a los sectores pudientes los que deben financiar ese gasto público que permitirá nivelar diferencias de oportunidades con mejor educación, salud y seguridad social, no pueden seguir dándose esas reacciones de sectores privilegiados. Cuando se trata de incrementar el salario mínimo, no puede seguir dándose el pobre debate que denuncia el Padre Francisco de Roux en su reciente columna en El Tiempo. Solidaridad parecería ser un vocablo que no existe en el lenguaje de muchos sectores.

Que esta nueva era en la que parece ubicarse el mundo occidental, por lo menos, se traduzca en cambios fundamentales en nuestro país, con una triste historia de elites insolidarias, aisladas del resto del país. Ojalá por el bien del mundo y de Colombia en particular, la solidaridad se ponga definitivamente de moda, en el mejor sentido de la palabra.

Cecilia López Montaño

cecilia@cecilialopez.com


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