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Ayer, cuando el último avión presidencial despegó del aeropuerto de Cartagena, la VI Cumbre de las Américas quedó inscrita definitivamente en los libros de historia.
Más allá de las discusiones internas entre los mandatarios, se puso en claro que Colombia cumplió con lujo de detalles con la organización de un evento en el que invirtió no pocos recursos financieros y humanos.
Además, el país dejó en evidencia que las épocas más oscuras de su pasado reciente no se parecen mucho a las presentes, en donde hay una renovada confianza en el porvenir de la Nación.
Aparte de los balances sobre el curso de las deliberaciones, es evidente que –tal como les ocurrirá a partir de hoy a los habitantes de la Ciudad Heroica– hay que retornar a las urgencias que acompañan a la realidad.
Tras haber estado concentrada en los ires y venires de los jefes de Estado y de Gobierno, la opinión vuelve a posar los ojos en los temas cotidianos y en una larga lista de pendientes.
En buena parte del territorio las preocupaciones más inmediatas tienen que ver con la ola invernal, que otra vez ha traído su consabido saldo de pérdidas materiales y humanas. Si bien las lluvias son menos fuertes que en la época cuando el fenómeno de ‘La Niña’ estaba en pleno furor, las emergencias abundan.
Una vez más ha quedado en evidencia que a pesar de los millonarios recursos identificados, el avance de las obras de mitigación es lento y que es necesaria una dosis adicional de liderazgo en este frente.
No menos importantes son las acciones relacionadas con el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, al cual le queda menos de un mes para que entre a operar.
Tras años de espera, el pacto bilateral está a punto de ser verdad, sin que haya tenido lugar la preparación que habría sido deseable.
Sin embargo, aparte de llorar por la leche derramada, lo que se necesita ahora es volver a establecer las tareas que faltan, con su debido cronograma.
Si se tiene en cuenta que las partidas más sensibles tienen plazos de desgravación que en algunos casos superan los diez años, difícilmente se volverá realidad el escenario apocalíptico que los detractores del acuerdo anuncian.
Dicho lo anterior, las excusas para quedarse de brazos cruzados se acabaron y si las cosas no salen bien, la culpa será de los colombianos y no de la competencia externa.
Pasando a otro asunto, en los próximos días debería conocerse la propuesta de reforma tributaria que el Gobierno viene prometiendo hace rato.
Dado el avance del calendario, será imposible que la iniciativa salga en esta legislatura, aunque sí sería ideal que se logre progresar cuanto antes en una discusión que será larga.
Claro que para que eso suceda, es necesario atar los cabos sueltos y zanjar diferencias entre los técnicos sobre el alcance de un articulado que, en todo caso, será polémico.
Por último, las próximas semanas deberían servir para ajustarle la marcha a dos locomotoras de la prosperidad que continúan en problemas, como son la minera y la de la infraestructura.
Sin desconocer las promesas del Ejecutivo de allanar el camino, lo cierto es que los obstáculos legales, procedimentales y de organización del aparato estatal han impedido que se tomen definiciones que son fundamentales.
Quizás para cortar los nudos gordianos sea bueno tomar como ejemplo lo dicho por el primer ministro de Canadá, Stephen Harper, en Cartagena.
En lo que atañe a su país, el dirigente anunció la apertura de una ventanilla única encargada de los grandes proyectos, con la adopción de reglas de juego claras y plazos fijos.
Tal vez esa sea la manera de pronunciarse sobre propuestas que siguen a la espera de una definición y que son víctimas de desesperantes atrasos.
En cualquier caso, el mensaje es que concluida la VI Cumbre y tras las felicitaciones de rigor, hay que volver a la realidad, que tampoco da espera.
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