Ricardo Ávila
Brújula

Haciendo cuentas

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
Opinión
POR:
Ricardo Ávila
febrero 12 de 2016
2016-02-12 08:19 a.m.
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Como si la situación de Venezuela no fuera desesperada, ahora los habitantes del país vecino empiezan a sentir los pasos de animal grande del racionamiento eléctrico. Esta semana los centros comerciales recibieron la orden de abastecerse de energía por cuenta propia, o, de lo contrario, cerrar sus puertas de una a tres de la tarde y de siete a nueve de la noche, de lunes a viernes.

La causa es la disminución en el caudal de los ríos, ocasionada por el fenómeno de ‘El Niño’, que pone en entredicho la capacidad de las plantas de generación que usan agua para mover sus turbinas. Aunque los cortes de luz distan de los del 2009, la posibilidad de que se amplíen es grande, en caso de que las lluvias no vuelvan pronto.

Pero aun si el clima se normaliza, la sequía más angustiosa de todas es de otra índole: la falta de divisas. La racha bajista que afecta las cotizaciones del petróleo profundiza la crisis de un país que depende de las importaciones tanto para alimentar a su población como para conseguir medicamentos, repuestos y otros bienes esenciales.

Las cuentas son sencillas. A pesar de que las estadísticas oficiales apenas llegan hasta finales del 2014, los analistas consideran que el año pasado las exportaciones rondaron los 38.000 millones de dólares. De ese total, la administración de Nicolás Maduro habría dejado unos 30.000 millones para compras en el exterior, que no alcanzaron para cubrir las necesidades de la gente, como lo demuestran las filas en los mercados y los anaqueles vacíos.

Este año, con la cotización del crudo venezolano en cercanías de los 25 dólares el barril, el Financial Times afirma que las ventas externas caerían a 22.000 millones de dólares, de los cuales habría que sacar 10.000 millones para pagar los vencimientos de bonos emitidos internacionalmente, sin contar los 6.200 millones que se adeudan de los créditos entregados por China. Puesto de otra forma, el monto para hacer importaciones sería menos de la mitad que el del 2015, lo cual empeoraría dramáticamente la realidad.

Es posible que el régimen chavista opte por una moratoria con sus acreedores. El problema es, en ese caso, que corre el peligro de que se le cierren los canales financieros o sus cuentas sean embargadas, quedando atado de manos. Si bien resta algo de reservas internacionales, la liquidez va en picada por lo cual hay intentos de venderle el oro depositado en el Banco Central a otras naciones, siendo apenas un remedio temporal.

Y lejos de conseguir ayuda, el gobierno bolivariano sostiene que es víctima de una guerra económica. Mientras Nigeria o Azerbaiyán han tocado las puertas del Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial en busca de créditos de emergencia, la respuesta de Caracas es un no rotundo. Cuando Lorenzo Mendoza, cabeza del grupo Polar, sugirió esa posibilidad, acabó tildado de bandido, ladrón, oligarca y traidor.

Todo lo anterior ocurre, mientras la parálisis institucional se perpetúa. La oposición controla la Asamblea, pero tiene en contra no solo al Ejecutivo, sino al Poder Judicial, que es visto como un apéndice del Palacio de Miraflores. Por ello, cualquier legislación que contraríe los intereses de Maduro y su gente será demandada, con nulas posibilidades de salir adelante.

Así las cosas, el pesimismo se impone. Al tiempo que la polarización política sigue, la crisis humanitaria avanza y la económica se profundiza, por cuenta de una inflación galopante y el declive del sector productivo.

Colombia, que muestra cierta indiferencia tras el cierre fronterizo del año pasado, debería estar más atenta. Para comenzar, porque será imposible repetir los 1.060 millones de dólares que exportamos a Venezuela el año pasado. Pero más importante aún es la suerte de tantas personas cuyo sufrimiento va al alza y habitan un país que, hoy por hoy, carece de futuro. Su realidad, así nos neguemos a verlo, influirá sobre la nuestra.

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