Ricardo Ávila
brújula

Prevenir y no lamentar

A primera vista, no hay relación alguna entre las dos tragedias, una sucedida en Cundinamarca y la otra en Antioquia.

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
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Ricardo Ávila
junio 27 de 2017
2017-06-26 05:32 p.m.
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A primera vista, no hay relación alguna entre las dos tragedias, una sucedida en Cundinamarca y la otra en Antioquia. En la primera, más de una docena de hogares se vieron enlutados por una explosión de gas metano en un par de minas de carbón, ubicadas en Cucunubá. En la segunda, las cifras oficiales hablan de cinco personas ahogadas tras el hundimiento de una embarcación turística en el embalse de Guatapé.

No obstante, en ambos casos el denominador común fue la falta de cumplimiento de los más elementales requisitos de seguridad. Como es usual en Colombia, las autoridades tomaron medidas a posteriori, en las cuales los justos pagan por los pecadores: así lo sugiere la disposición de suspender la navegación en la represa que sanciona, de hecho, a todos los que desarrollan actividades acuáticas en la zona.

Otra sería la historia, si la práctica de desarrollar cualquier trabajo que implique un riesgo superior comienza por acciones preventivas. Es conocido que en la minería de socavón, el mayor peligro está asociado a la acumulación de gas metano, lo que exige no solo la presencia de detectores que alerten sobre niveles excesivos del mismo, sino el uso de equipo para poder respirar en situaciones extremas.

Aunque habrá que esperar meses antes de que se conozcan los informes técnicos, los reportes de los sobrevivientes hablan de la ausencia de los protocolos exigidos por las autoridades. A diferencia de otros lugares, en Cucunubá hay una tradición minera, como lo atestigua la producción de cerca de 600.000 toneladas anuales de carbón, pero ello no necesariamente se traduce en el respeto a lo que exigen las buenas prácticas de explotación del subsuelo.

Por su parte, los reportes sobre ‘El Almirante’ hablan de incidentes previos, que hacen pensar en falla o inexistencia de las inspecciones periódicas debidas. A lo anterior, se agrega la falta de preparación de los tripulantes de la nave a la hora de enfrentar la emergencia, para no hablar de la ausencia de chalecos salvavidas o el probable sobrecupo.

Ahora, lo que se impone es no solo adjudicar las responsabilidades del caso, sino tomar correctivos para que tragedias similares no vuelvan a presentarse. Y aunque eliminar la posibilidad de un percance es imposible, vale la pena comenzar con cumplir las normas. Este es, de verdad, un asunto de vida o muerte.

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