Ricardo Ávila
Opinión

Ese tal paro, sí existe

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
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POR:
Ricardo Ávila
febrero 22 de 2016
2016-02-22 11:30 p.m.
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Es posible que no todos los lectores de la prensa dominical hayan tomado nota del aviso de una página publicado por Fecode, con respecto al llamamiento a una “movilización nacional” convocada para el próximo 17 de marzo. En su mensaje, el sindicato de los maestros no solo respalda la iniciativa, sino que invita a la ciudadanía a sumarse a un cese de actividades general, mediante el cual diferentes sectores aspiran a enviarle un contundente mensaje al Gobierno.

La postura de los educadores se suma a la de las centrales obreras y gremios como el de los camioneros. Resulta previsible que a medida que pasen los días, otras organizaciones se sumen a la idea, teniendo en cuenta que el clima está caldeado y más de uno aspira a pescar en el río revuelto del descontento. Tal como lo revelan diferentes sondeos, la confianza en el país va en picada y la gente califica de forma muy negativa asuntos que van desde la inflación hasta la inseguridad, pasando por la corrupción o la calidad del servicio de salud.

De tal manera, hay un caldo de cultivo en el que se combinan incertidumbres, desesperanza y rabia, que no debería ser ignorado. La admonición es procedente, sobre todo si se tiene en cuenta que la administración Santos ha pecado en más de una ocasión por exceso de confianza y tiende a desdeñar los campanazos de alerta.
Ojalá en la presente ocasión no le ocurra lo mismo. Aunque la protesta social forma parte de la vida de cualquier democracia, de lo que se trata ahora es de evitar que degenere en episodios de violencia indeseables, o en intentos de arreglo nacidos del desespero.

Lo que menos necesita el país en estos momentos de desaceleración económica y caída en la confianza de los consumidores, es una mayor zozobra. Entrar en un círculo vicioso puede llevar a que el crecimiento disminuya y la generación de empleo caiga, con efectos negativos sobre el bienestar de miles de hogares.

Ante ese peligro, el Ejecutivo debería comenzar a trabajar en varios frentes. En primer lugar, está obligado a conocer las exigencias que se le hacen desde diferentes sectores, con el fin de examinar si puede atender algunas de forma preventiva y responsable. Para decirlo con franqueza, repetir el libreto de ocasiones pasadas cuando la Casa de Nariño cedió después de que la pusieron contra la pared, sería un error garrafal.

De manera complementaria, el propio Juan Manuel Santos está obligado a reconectarse con la opinión. Eso implica identificarse con sus preocupaciones, que van mucho más allá de los diálogos de paz, cuyo desenlace sigue en veremos. No solo el mandatario debe hablar, sino escuchar. Y, sobre todo, requiere dejar de minimizar las angustias propias de la coyuntura y pintar una especie de presente próspero y futuro rosa que los colombianos no ven muy cercano.

Un ejercicio de sinceridad obliga también a referirse a los impuestos. Si algo produce indignación es la impresión de que el Gobierno no está diciendo toda la verdad, cuando los diagnósticos señalan que un aumento de los ingresos públicos es inevitable. A menos que el jefe del Estado tome el toro por los cuernos y hable claro, la amarga píldora será más difícil de tragar.

Por otra parte, hay que elevar el nivel de alerta. Ello obliga a trabajar más de cerca con los alcaldes y gobernadores, la mayoría inexpertos en asuntos de orden público. Son las autoridades regionales las encargadas de detectar los intentos de perturbar la tranquilidad y de aplicar los correctivos. Cualquier desconexión con el poder central, puede ocasionar costos innecesarios.

En resumen, el paro del 17 de marzo no puede ser tomado a la ligera. Más allá de respetar el ejercicio del derecho a la protesta, el Gobierno está obligado a recibirlo con los ojos abiertos. Pretender que no va a suceder nada, o desconocer las causas del inconformismo, equivale a abrirles la puerta a sorpresas desagradables.

Ricardo Ávila Pinto
ricavi@portafolio.co
@ravilapinto

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