Rodolfo Segovia S.

La maldad existe

Rodolfo Segovia S.
Opinión
POR:
Rodolfo Segovia S.
abril 15 de 2016
2016-04-15 12:28 a.m.
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El relativismo rampante en Colombia oscurece el que la maldad existe. No es una ficción de mentes intolerantes, ni la consecuencia de la pobreza; es parte de la naturaleza humana (los filósofos de la Ilustración son los únicos en haberlo dudado racionalmente). Los dirigentes de las Farc son el mal. Ninguna excusa ideológica amortigua la maldad de su cruel accionar. Han hecho matar más inocentes que todas las desigualdades juntas, y su actividad misma ha contribuido a acentuarlas.

La guerra es horrible. Habría que desterrarla –la utopía distingue al hombre de las otras especies más que la racionalidad. Pero la paz no es posible sin gobiernos legítimos que ejerzan el monopolio de la fuerza, para reprimir la delincuencia y la rebelión. Lo más eficaz es un inventario de elementos disuasivos y la voluntad de utilizarlos.

Hay, empero, que darle la oportunidad a la paz, no sin reconocer que el pacifismo indiscriminado va contra la médula de la historia y regresa para morder a sus ingenuos proponentes. Imaginen a una ONG de Dánzig en una manifestación pacífica para solicitarle al III Reich que desista de la invasión de Polonia en 1939. Si vis pacem para bellum (si quieres la paz prepárate para la guerra), decían sabiamente los romanos. Colombia hizo exactamente eso cuando una fuerza despiadada y maligna, sin más credenciales que sus propias convicciones, quiso tomarse el poder con el terror.

Por largo tiempo, la impunidad fue partera del delito. En la guerra de guerrillas, el paso de los años lleva al insurgente a pensar que la victoria es cuestión de tiempo y paciencia, que a la larga el enemigo se desmoraliza, que afloja el esfinter. No sucedió por escaso margen. La capacidad inequívoca de poder retaliar contra la dirigencia de las Farc es la que la ha conducido a sentarse en La Habana.

Hace tres años se optó por renunciar a la guerra, que, desde el punto de vista de la atrición guerrillera había estado dando resultados. Las Farc daban muestras de querer ingresar a la vida democrática; proponían cambiar balas por la oportunidad de conquistar votos. Tal mansedumbre cuesta: una mansuerga de los acuerdos para la tribuna y la cuasiimpunidad, con derecho a ser juzgados no por la desprestigiada justicia colombiana, sino por un tribunal especial, cuya composición está aún por verse. Además, el Estado colombiano tendrá que velar pos su seguridad. El que la debe la teme.

La oportunidad de la negociación y los frutos de la generosidad dividen a los colombianos. La paz, empero, es un anhelo real y, de ser de buena fe, sus beneficios son transformativos. Nadie debe, sin embargo, llamarse a engaño: marxisistas barrigones, convencidos de que el Estado, dueño de los medios de producción y la dictadura del proletariado, hace la felicidad del pueblo, no van a transformarse de un día para otro en demócratas conversos, dispuestos a soltar el poder, si alguna vez llegan a él.

Cartagena optó por la paz en 1697. Una paz hecha posible, en parte por la denodada defensa de Bocachica de don Sancho Jimeno. Se capituló con derecho a que el gobernador saliera de la ciudad con armas y bagajes, a cambio del pago de un rescate al invasor. A la postre, sin embargo, malvados filibusteros, los extremistas de la Isla de Tortuga, quedaron dueños de la plaza y la sometieron a un despiadado saqueo. Por alguna parte hay una moraleja, sobre todo cuando la corrupción y el desbarajuste institucional, dan papaya.

Rodolfo Segovia
Exministro - Historiador
rsegovia@sillar.com.co

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