Rodolfo Segovia S.

La simiente averiada

Rodolfo Segovia S.
Opinión
POR:
Rodolfo Segovia S.
abril 28 de 2016
2016-04-28 11:18 p.m.
http://www.portafolio.co/files/opinion_author_image/uploads/2016/02/24/56cdc35d70138.png

Están de moda las reflexiones sobre el fracaso de la nación. Don Sancho Jimeno piensa que las noticias sobre su defunción son exageradas. Muerte la de Cartagena, cuando fue, a pesar de sus heroicos esfuerzos, saqueada sin piedad en 1697. Revivió sin renunciar a sus raíces porque la monarquía hispana también resucitó. Se puede.

Colombia nació de una sencilla y poderosa idea: “las leyes os darán la libertad”. La frase de Santander es un reflejo de sus convicciones, pero también de la enorme influencia de los abogados –Colombia perdió relativamente una parte menor de su élite durante las guerras de la Independencia– en la fundación de la República.

La Real Audiencia de Santa Fe había creado el ámbito legal. Sus fallos eran acatados en todo el Nuevo Reino, como lo demuestran arrumes de documentos. El tribunal fue un elemento aglutinador, como todas las Audiencias en Hispanoamérica, que son hoy naciones (incluida Panamá). Condición necesaria, pero no suficiente. A Colombia había que construirla desde un reguero de centrífugos municipios-región con vida propia, que se manifestaron desde los albores mismos de la Independencia. Encolados por la ley, y no sin a veces cruentas discrepancias, hoy suman un país.

Contrario a la creencia popular, la paciente construcción de las instituciones se hizo generalmente en paz. La revoluciones han recibido mucha prensa -es lo que gusta a los medios-, pero en realidad la guerra, aun sumando lamparazos de rencillas regionales en el régimen Radical, ha sido esporádica. La reacción a este desorden condujo a lamentable restricción de las libertades y, a su vez, a la única gran guerra civil (Mil Días). A pesar de los inciertos inicios de la nación en 1830, Colombia tuvo un total de 110 años de tranquilidad hasta 1950, bien lejos de la supuesta proclividad a la violencia endémica de un país en construcción.

Aunque por los tiempos que corren parezca irónico, la ley ha tenido mucho que ver con la consolidación de la nación. Los colombianos le creyeron a Santander y la entronizaron. La ley es sacrosanta. El marco legal es todo. La adoran así sea para violarla. Si se buscan elementos esenciales de la nacionalidad colombiana, el respeto por la ley en abstracto aparece a la vanguardia, aunque a veces la Selección de fútbol parece desbancarla. Quizá parte de la abrumadora impopularidad de la guerrilla esté asociada a su desprecio de la ley, sustituida por la moral revolucionaria. Y explica también por qué el PCC (exclandestino) ha puesto tanto empeño en socavar la justicia, vía la infiltración.

Lo que la ley ha representado en la construcción de Colombia se deteriora, no desde fuera, sino desde adentro. Se le desploma el sustento institucional. A la justicia la corroe la corrupción, si bien es cierto que no está sola. La corroe la politización, que va en desmedro de su independencia. La corroe la mediocridad, fruto de la proliferación de facultades de derecho mediocres que nutren los estrados. Hasta se simpatiza con que la Farc prefiera un tribunal ad hoc para que conozca sus crímenes atroces, en vez de la poco confiable justicia ordinaria.

La simiente de Santander y sus pares está averiada. De su revitalización depende la salud del país. Si los colombianos dejan de creer en la justicia y la majestad de la ley, se desborona uno de los pilares de la nacionalidad. Con solo que la Selección pierda, podrían optar por otros horizontes, en quién sabe que aventuras. La emergencia es tan grave como cuando la guerrilla sitiaba a Bogotá en el 2001.

Rodolfo Segovia
Exministro - Historiador
rsegovia@sillar.com.co

Nuestros columnistas

día a día
lunes
martes
miércoles
jueves
viernes
sábado