Rodolfo Segovia S.

La ciudad excluyente

A pesar de los obstáculos por la naturaleza del empuje económico cartagenero, la pobreza extrema y la informalidad han cedido. 

Rodolfo Segovia S.
Opinión
POR:
Rodolfo Segovia S.
marzo 02 de 2017
2017-03-02 08:59 p.m.
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Cartagena ciudad excluyente; siempre lo ha sido. El estudio reciente de la Universidad Tecnológica de Bolívar: ‘La exclusión en tiempos del auge’, lo confirma. Habría que complementarlo, empero, con estudios similares ya en siglo XXI, que revelan disminución paulatina de la exclusión, a pesar de ser la ciudad de Colombia que más desplazados ha recibido con respecto a su población. Lo que no es, por supuesto, excusa para que lo sea tanto y margine en especial a los afrodescendientes. Aunque esto último habría también que matizarlo, ya que Cartagena es la urbe importante que los alberga en mayor proporción.

La composición del crecimiento económico de la ciudad explica algunas cosas. Se cuelga de tres factores: la gran industria; la actividad portuaria, con su complejo logístico adjunto, y el turismo con su apéndice, la construcción.

De su dinamismo depende el empleo, el vehículo para la inclusión permanente, siempre y cuando haya encadenamientos productivos que lo propicien y difundan los beneficios del altísimo PIB per cápita de Cartagena, bien por encima de la media nacional. ¡Y ahí está el detalle!

La gran industria, sobre todo de hidrocarburos y petroquímica, emplea, por necesarios, bachilleres y tecnólogos, con buenos sueldos. Además, es macrocéfala en el sentido de que, excepto para oficios menores, los servicios de apoyo casi no se han dado (y nunca se estimularon). Es una flor exótica, cuya mayor y muy significativa contribución es el pago del ICA. Más aún, su centro de decisiones no está en Cartagena, y se aísla de la ciudad y su destino. Exagerando, es apenas un huésped. Cuan distinta a Medellín o Bucaramanga.

Cartagena es su puerto. Su prosperidad ha dependido de la actividad portuaria desde cuando acogiera en mantillas a la Flota de los Galeones. La gran industria misma fue a instalarse en la ciudad por su rada. Ahora, hay 60 fondeaderos privados alrededor de su acogedora bahía. Pero ya los puertos no son cosa de braceros. Su tecnificación es también ámbito de bachilleres y tecnólogos, como lo es el de los centros logísticos. Limitado espacio para incluir, mientras el lento y mediocre ritmo del sistema educativo los forma.

La esperanza es el turismo. La marca Cartagena, ligada al mar y a la historia, se expande por el mundo. Los visitantes son avalancha. El Sena y el Instituto Confenalco hacen milagros para formar cuadros de inserción incluyente. No dan a basto. Y para impactos y mejoramiento de la población más marginada, se recomienda una visita a la Ciénaga de Virgen, donde Granitos de Paz, la fundación de Elena Mogollón, surte, desde patios caseros, los apios y más para los cocteles y las cocinas de hoteles y restaurantes.

A remolque del turismo va la dinámica construcción de hoteles y segundas viviendas, si bien, y hay que decirlo, son muchísimos los que prefieren el rebusque a la albañilería.
A pesar de los obstáculos por la naturaleza del empuje económico cartagenero, la pobreza extrema y la informalidad han cedido. Pero la almendra de la inclusión debería ser el sector público.

Es más bien su freno. $350 mil millones le produce el ICA a Cartagena (con Reficar a la cabeza), la más alta contribución proporcional del país. Se van a dilapidar. La elección popular de alcaldes ha sido una calamidad, quizá por la exclusión misma y por el endeble liderazgo empresarial. Con algunas excepciones, los titulares han llegado a robar ingresos fiscales con patas y manos.

Rodolfo Segovia
Exministro - Historiador
rsegovia@sillar.com.co

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