Rodolfo Segovia S.
columnista

Escándalo crudo

La Lizama es un pecado venial, ciertamente comparado con crímenes ambientales como la deforestación anual en Colombia que atraen menos cobertura.

Rodolfo Segovia S.
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Rodolfo Segovia S.
abril 05 de 2018
2018-04-05 08:22 p.m.
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En el campo de La Lizama, un derrame de 550 barriles –pocos– del pozo 158 ha recibido un concierto de pitos. Don Sancho Jimeno decía que una pequeña incursión de los cimarrones por las cercanías de Cartagena recibía más atención, en 1697, que la mortal amenaza de velas hostiles en el horizonte. El millón de barriles criminalmente regado durante 30 años por las voladuras del Eln, los flamantes interlocutores de Quito, nunca han recibido tanta atención.

Del festín mediático se aprovechan avivatos que buscan vender el pescao a millón, los ecofúricos que pescan en quebradas revueltas y los vecinos que en pos de compensaciones aseguran que el derrame es “como si nos hubieran matado a la mamá”. Los del sensacionalismo recogen sin inventario la muerte de exactamente 1.230 especímenes zoológicos, en su mayoría peces y un fantasmagórico tigrillo. Vaya precisión.

El campo de La Lizama, en zona de afloramientos naturales de crudo, fue descubierto hace más de 40 años como extensión del gran yacimiento de la Cira-Infantas en Barrancabermeja. Está en fase casi terminal. Manifestación de esa declinación ha sido la inactivación de pozos, como el 158 de marras en noviembre del 2017. Su producción era ya muy baja. Y se estudiaba si pagaba reactivarlo.

En marzo 2, el 158 filtró petróleo por una falla en el cemento, a 2.500 metros de profundidad, entre la pared exterior del tubo por donde fluye normalmente el hidrocarburo y la pared del hueco que lo alberga, o sea por la cimentación primaria, quizá defectuosa, al completar el pozo hace muchos lustros. Poco antes de llegar a la superficie, el crudo se desvió por alguna falla del terreno cerca de la superficie y afloró a 200 metros de distancia. El evento es inusual y explica la inicial demora en tomar acción inmediata. Hay varios pozos similares en las inmediaciones. No se sabía en cuál se originaba la fuga. Además, llovió copiosamente, lo que hizo que el terreno se ablandara y el petróleo se mezclara con arcilla, formando un lodo de difícil manejo. Para marzo 25, aparentemente se consiguió restablecer la integridad de la cimentación y se selló el 158.

Se puede sindicar a Ecopetrol por demora en reportar y reaccionar, a pesar de tener planes de contingencia, experiencia y elementos para enfrentar emergencias. Pero no hay justificación para el botón de pánico de la Contraloría y la Fiscalía. Este sería un caso civil, no criminal o de moral administrativa. Los muy profesionales empleados de la petrolera merecen consideración. Manejan decenas de campos con seguridad y atención estricta –está en su ADN– al medioambiente. Le corresponde al Ministro de Medio Ambiente, a quien también se le saltó el gatillo anunciando multas de miles de millones a priori, verificar los daños e imponer sanciones, si es del caso.

La Lizama es un pecado venial, ciertamente comparado con crímenes ambientales como la deforestación anual en Colombia que atraen menos cobertura. Su sambenito es el ser petróleo negro y político. No es el Macondo de BP en el golfo de México. El área directamente afectada no es despreciable, pero sí menor. Nada que se parezca a la, por algunos deslizada expresión, “la peor tragedia petrolera”. Las barreras instaladas y el desnate por Ecopetrol evitaron el desparrame.

La escorrentía de las lluvias transportó, sin embargo, láminas transparentes de hidrocarburos hasta las quebradas, raíz de la muy exagerada noción acerca de 24 kilómetros cuadrados arruinados, que rápido se han reabsorbido aguas abajo. El escándalo esta crudo.

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