Rodolfo Segovia Turismo bendito y maldición | Opinión | Portafolio
Rodolfo Segovia S.
columnista

Turismo bendito y maldición

El turismo debe convertirse en política de Estado, dotada de organismo rector con dientes.

Rodolfo Segovia S.
POR:
Rodolfo Segovia S.
julio 27 de 2017
2017-07-27 08:47 p.m.
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Colombia tiene un brillante futuro turístico. Bendito sea. No se ven muchas otras alternativas para impulsar crecimiento con una pata en el mercado externo. Inseguridad jurídica y barreras sicológicas de las comunidades congelan oportunidades. Colombia está en vías de renunciar a explotar sus riquezas naturales no renovables. Pujando mucho, mejorará quizá la competitividad, pero también mejorará la de los demás. Tablas.

La puerta, en cambio, está abierta en el turismo, cuya explosión mundial es incontenible y ávida de nuevos escenarios. Están llegando en hordas crecientes los modernos Juan de la Cosa y Jiménez de Quesada a descubrir Colombia. Óptimo que se acerquen a comprar in situ lo que es difícil venderles afuera. Además, su presencia, bien orientada, es compatible con la conservación del medioambiente, y hasta un deseable complemento.

Loable el entusiasmo y empuje de la ministra Lacouture, sobre todo en promoción. Se ha logrado mucho, una vez salimos del ambiguo ‘Colombia es Pasión’, en difundir afuera las bondades de Colombia. Además, la iniciativa privada ha respondido para dotar al país de infraestructura turística. Ha sido, por cierto, muy efectivo el estímulo tributario para la hotelería.

Se ha conseguido también, a medias, neutralizar la noción de que el turismo contamina la cultura autóctona. Idea muy de la Colombia mediterránea y preconizada en su momento hasta por el insigne doctor Alberto Lleras. Esa misma era la visión de don Sancho Jimeno, el denodado defensor de Bocachica en 1697: a los descreídos y a los herejes había que cortarles el paso con firmeza.

Y don Sancho tenía razón a medias. Conviene prepararse desde ahora y con sentido práctico contra los inconvenientes colaterales del turismo. Se reflexiona poco al respecto. Ya en Cartagena, imán radiante para atraer visitantes a Colombia, se sienten efectos adversos. Cualquier día habrá consultas populares que exijan limitar y reglamentar el ingreso de gigantes arrogantes y aparatosos, cándidamente llamados cruceros.

En Europa se preocupan por las perlas mediterráneas asfixiadas por el turismo en masa.
Hay ejemplos impactantes de deterioro e inflación en Venecia, Barcelona o Santorini, la joya del Egeo. Es abrumador visualizar 100.000 personas de todos los pelambres en los 15.000 metros cuadrados de la Plaza de San Marcos, a veces con el agua al tobillo.
Proporciones guardadas, un espectáculo tan descorazonador como la cartagenera Plaza de Santo Domingo, saturada en noches de enero.

No es ciencia ficción. Sitios emblemáticos como el Eje Cafetero o Cartagena podrían, en menos de una generación, convertirse en Disneylands monstruosos, con infraestructura desbordada, deficientes en servicios públicos, polucionados y ahogados por el ruido y olor a comida rápida, para no hablar de tráficos sexuales degradantes. Dejado a la libertad sin disciplina, el turismo masivo es un búmeran.

Antes de que se fortalezca el cabildeo de comerciantes y operadores que obstaculizan medidas duras e indispensables para implantar orden en pro del bien común, el turismo debe convertirse en política de Estado, dotada de organismo rector con dientes. Bien llevada, ninguna otra actividad económica en la Colombia actual es capaz de generar más empleo y bienestar. Pero sin concertación global planeada y obligatoria para todos los agentes, desde el cultural hasta el transporte, será tan caos como la minería ilegal.

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