Rodolfo Segovia S.

La armada invencible

Rodolfo Segovia S.
POR:
Rodolfo Segovia S.
agosto 24 de 2012
2012-08-24 12:07 a.m.
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Don Sancho Jimeno rumiaba su indignación al acordarse de los perros del mar holandeses y sus fechorías en el Caribe.

Eran los antecesores, un siglo atrás, de los malandrines franceses que él había enfrentado desde San Luis de Bocachica en 1697.

Aún no perdonaba que esos neerlandeses calvinistas se rebelaran contra Felipe II, el gran rey católico, y, mucho menos, que los ingleses les dieran apoyo.

La geopolítica de sojuzgar a las Provincias Unidas, que osaban declararse independientes y socavaban la integridad del imperio español, pasaba por neutralizar a Inglaterra.

Esta se hacía, además, acreedora a la punición por las andanzas de malhechores como Francis Drake (saqueó Cartagena en 1586) y por entronizar a la usurpadora Isabel, hija de una madre decapitada por ser adúltera (Ana Bolena), y asesina de la legítima heredera al trono inglés (María Estuardo).

La lista de ofensas isabelinas era larga, incluyendo la de pretender ser la papisa de un catolicismo nacional, con exclusión de Roma.

Felipe II decidió castigar. Organizó la más grande armada jamás vista en aguas del Atlántico.

Debía limpiar el canal de la Mancha de velas hostiles y asegurar el trasbordo de 10.000 efectivos de los invictos tercios españoles desde Flandes, en el continente.

La Pérfida Albión sería sometida. Las desventuras de la llamada Armada Invencible comenzarían antes de alejarse de España: zarpó, liderada por un inexperto almirante sustituto.

Al acercarse la Armada a las costas inglesas, impulsada por un viento sin pausa, la esperaba una guerrilla naval que golpeaba y huía. Desarbolaba barcos como “arrancando plumas una por una”, según la expresión del comandante inglés, cuyos capitanes saturaban de cañonazos los pesados galeones de altos castillos en popa y proa.

Aquel enfrentamiento se prolongó varios días, al tiempo que la línea de batalla se estiraba, empujada por un chiflón potente que facilitaba la táctica enemiga, incansable en su ágil hostigamiento.

Poco a poco, incapaz de orzar para devolverse hacia el Canal de la Mancha, la Invencible se fue alejando de su objetivo, sin que fuera necesario derrotarla.

Desprovistos de protección en el mar, los tercios quedaron varados en las playas de Flandes. Se frustró la invasión a Inglaterra. La Armada Invencible fue a perderse en las brumas de la Mar del Norte, donde la diezmaron tormentas y arrecifes en un ‘sálvese quien pueda’ huérfano de mando.

Navegando alrededor de Irlanda, donde todavía hoy se recuperan despojos de la que fuera una orgullosa flota, menos de la mitad regresó a puerto amigo.

Don Sancho piensa en aprender lecciones de la suerte corrida por la Invencible.

La primera es la indispensable idoneidad en la conducción de las fuerzas, sin divisiones, ni distracciones internas en el ministerio a cargo. Subraya la importancia de reconocer a tiempo la estrategia y táctica del adversario, sin menospreciarlo por carecer de sustento moral. Demuestra que la calidad del material disponible es más importante que la cantidad, y que planear campañas victoriosas implica estar preparado para la flexibilidad del contrincante.

Enseña la importancia de contar con refugios sólidos de incontestable respaldo en la opinión, para que el viento contrario no conduzca a un Mar del Norte tormentoso, salpicado de marchas patrióticas.

Todo esto para concluir que, en un mundo perfecto, Álvaro Uribe debería ser el ministro de defensa de Juan Manuel Santos.

Rodolfo Segovia

Exministro –Historiador

rsegovia@axesat.com

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