Rodolfo Segovia S.

Nada de qué arrepentirse

Rodolfo Segovia S.
Opinión
POR:
Rodolfo Segovia S.
septiembre 18 de 2014
2014-09-18 11:39 p.m.
http://www.portafolio.co/files/opinion_author_image/uploads/2016/02/24/56cdc35d70138.png

Don Sancho Jimeno no tenía nada de qué arrepentirse. Combatió a los piratas de 1697 al límite de sus fuerzas, sin lograr impedir que a la postre saquearan Cartagena hasta los goznes de las puertas. Colombia no ha sucumbido. Que no vengan ahora los de las Farc, después de años de crueldades, peores que las de los filibusteros, a vender el cuento de que la culpa es de todos.

Se acoge con reticencia esa comisión de la verdad histórica, respetable dicen, pero ‘paritaria’. La historia no es para embutir los hechos en un salchichón ideológico, ni para cambalachear posiciones que dejen a todos medio satisfechos. Su compromiso con la verdad es más estricto.

¿Culpa?, ¿cuál culpa? Son muchas las taras de Colombia como sociedad, pero una de ellas nunca ha sido el inmovilismo.

Dentro del cauce democrático ha encontrado sendas para reformas que la armonicen con los tiempos y así lo venía haciendo cuando ‘Tirofijo’ raptó y mató a Harold Éder. Ahora las Farc sostienen que esa acción innoble y todos los horrores que siguieron eran necesarios porque sin revolución y violencia el cambio era imposible y, por tanto, la nación es responsable.

¿Cínico? No, solo lógico dentro de la moral marxista. Sería torpe, empero, que Colombia, donde los principios morales de Platón –el bien es bueno per se– hacen parte del bagaje ético, cayera en ese garlito en aras de la paz. Están en juego pilares de la organización social distintos a la justicia del paredón.

El marxismo-leninismo en Colombia, frustrado e impotente porque los partidos tradicionales le robaban las banderas sin acoger también la parafernalia del determinismo histórico, encontró de manera accidental, al fin, el vehículo revolucionario en la revuelta campesina de Marquetalia de 1964. La encuadró ideológicamente y la nutrió con los frutos amargos de la Guerra Fría. Así nacieron las Farc.

De ahí en adelante, justificó su marcha violenta porque la moral revolucionaria está subordinada a la política y a su fin: la sociedad perfecta en que no existe ni propiedad, ni Estado. En el camino “todo lo que existe debe perecer” (Marx). Todo crimen, hasta el narcotráfico, queda bendito de antemano. Ahora bien, si todos son culpables porque las Farc no han sido más que la reacción contra un Estado coercitivo, se empatan todas las culpas.

El Estado colombiano no ha sido coercitivo, sino tradicionalmente débil. De esa debilidad y de su incapacidad para proteger amplios sectores ciudadanos nació la incontrolada reacción a las Farc, primero en las convivires y luego en los paramilitares.

Engendro maligno que le prestó a la moral revolucionaria su justificación interna para apilar horrores sobre horrores, con corolarios espeluznantes como los falsos positivos. Ahora también los paras quieren sumarse al concierto de las víctimas. Entienden que quedarían amparados por el efecto blanqueador de que la culpa es de todos.

Es tal la presión, real e inducida, por llegar a la paz en Colombia que se corre el riesgo de pisotear principios esenciales del andamiaje democrático nacional. No hay que caer en la tentación. Las Farc han sido derrotadas en su propósito de alcanzar el poder por la fuerza, así todavía conserven capacidad de daño.

La paz pasa, como mínimo, porque acepten que se equivocaron y que le costaron al país, culpa exclusiva de ellas, caos y decenas de puntos del PIB, que se hubiesen traducido en bienestar ciudadano.

Rodolfo Segovia
Exministro - Historiador
rsegovia@axesat.com


Nuestros columnistas

día a día
Lunes
martes
Miércoles
jueves
viernes
sábado