Rodolfo Segovia S.

La capitulación

Rodolfo Segovia S.
Opinión
POR:
Rodolfo Segovia S.
abril 10 de 2015
2015-04-10 05:10 a.m.
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Los camioneros se han declarado en huelga 12 veces en los últimos 14 años. Su propósito: restringir la competencia. En ocasiones, se les ha adobado la solicitud de un diésel a precio reducido para ellos, una especie de cocinol, como el de infausta recordación en tiempos idos. Pero ese ha sido un sofisma de distracción para extraer otras prebendas, chantajeando, mientras se hacen pasar por minusválidos. Una vez más, el Gobierno capituló.

La sofisticación asombra. Los camioneros han ahora conseguido que la Superintendencia de Industria y Comercio (SIC), guardiana de la libre competencia, se ponga al servicio de su antítesis: el Sistema de Costos Eficientes (Sice), que es un eufemismo para la tabla de fletes (un precio mínimo por tonelada-kilómetro). Además, la Superintendencia de Puertos y Transporte adquirió el compromiso de imponer multas a los que paguen menos. Más burocracia inoficiosa. En suma, mientras se castiga como se debe al cartel de los pañales, la SIC riega agua bendita sobre la cartelización del transporte de carga.

La negativa a aceptar la función del mercado en la formación de los precios, le llega a la América Hispana de muy atrás. Si se captura al Estado, las utilidades se obtienen exprimiendo al público con prácticas monopolísticas. Es lo que hacen los camioneros, en un juego tanto más aberrante cuanto que su oferta de servicios es difusa, y, por lo tanto, transparente para satisfacer la también difusa demanda a precios de mercado. En mala hora se dejó meter el Gobierno en estudios de costos que en nada le conciernen. Con la misma lógica, los panaderos podrían exigir precios mínimos según lo que les cueste hornear los panes.

Aparte del apoyo a la tabla maléfica, los camioneros han obtenido coartar la oferta. Si un camión sale de servicio, solo puede sustituirse por uno de igual capacidad de carga. Sanamente, cuál camión se retira de servicio debe ser asunto del dueño, cuando ya no sea rentable (sin tabla), o de cuando se determine técnicamente que es un peligro para las carreteras. Único caso que justifica intervención. Y de aumentar el parque automotor, ni hablar, puesto que, según el gremio, importar camiones nuevos es sinónimo de nefando lavadero. Puede ser, pero para esa infracción hay otros correctivos.

El ingreso de camiones cargados por las fronteras es el merengue del pudín; preferiblemente ninguno, y si ello es imposible por acuerdos internacionales, que solo transiten con trabas hasta lo indecente. Es el último eslabón para que un bien no transable se convierta en monopolio. Según los beneficiados, lo ideal es que la carga se transfiera en las fronteras a camiones nacionales, con los consiguientes sobrecostos para el importador. También se exige que el Estado medie entre transportador y cliente en casos de eventuales demoras en el cargue y descargue (demurrage), asunto que universalmente se transa entre las partes, con frecuencia dentro de las cláusulas de los contratos del transporte. El Estado sobra. Y ¡oh perla!, se acordó que se sancione la mora en el pago de fletes.

En lo que sí tienen razón los camioneros es en quejarse del estado de las carreteras. Los beneficios de las vías de nueva generación son apenas balbuceantes y los peajes, excesivos para el nivel de servicio en carreteras deficientes. Como se sabe, cuesta menos llevar un contenedor de China a Cartagena que de Bogotá al Caribe. Pero a esas ineficiencias, que afectan a todos los camioneros por igual, se ha sumado en contra de Colombia competitiva una blanda capitulación.

Rodolfo Segovia

Exministro - Historiador

rsegovia@axesat.com

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