Rodolfo Segovia S.

Cartel maloliente

Rodolfo Segovia S.
Opinión
POR:
Rodolfo Segovia S.
diciembre 12 de 2014
2014-12-12 05:12 a.m.
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El cartel del papel higiénico y de otros derivados menos coprológicos merece el epíteto de Roberto Gerlein: excremental o excrementicio (ambos castizos). Las cinco compañías con las manos en las heces representan lo peor del capitalismo, que no debe confundirse con la economía de mercado. Todo lo contrario.

La explotación del consumidor durante casi tres lustros por los Feos, como se autodenominaban, era ilegal, y lo sabían. Es lo que Adam Smith, que no había oído hablar de responsabilidad social empresarial, llamó “la rapacidad mezquina, el espíritu monopolístico de comerciantes e industriales”. El que la legislación castigue hoy esa conducta es un tributo al gran filósofo escocés: beneficia al bien común asegurar que el mercado opere. El mercado, decía, es una maravillosa máquina social al servicio del consumo “que es el único destino y propósito de toda producción”. Interferirlo es intrínsecamente antibienestar. El gobierno está para salvaguardar su funcionamiento. Nunca para sustituirlo; los gobiernos son “manirrotos, irresponsables e improductivos”.

El gobierno es un santo comparado con los monopolios. Las más inflamadas diatribas de Adam Smith, contra enemigos de su sistema para enriquecer la sociedad, iban dirigidas a los negociantes dedicados a una misma actividad, que en general tenían interés en oprimir al público. Sus reuniones, afirmaba, conducían a conspiraciones contra el consumidor, en pactos, moralmente inaceptables, para aumentar los precios. Eran la inevitable consecuencia de la codicia, pero su pecado capital era interferir con la operación saludable del mercado. El retrato de los Feos.

El superintendente de Industria y Comercio, Pablo Felipe Robledo, se ha erguido para detener a los que se confabularon contra la inmensa mayoría de los consumidores colombianos de papeles de aseo. Noble tarea, heredera de los ‘Trust Busters’ (de Rockefeller, etc.) que hace un siglo le despejaron el camino en Estados Unidos a un crecimiento inimaginable. Al mercado se le puede confiar la tarea de producir la mayor cantidad de bienes y servicios al menor precio y cualquier elemento que lo impida, en especial el monopolio, atenta contra el bienestar social. Hasta don Sancho Jimeno, el defensor de Bocachica en 1697 y que de filósofo económico nada tenía, barruntaba que el monopolio de la Flota de los Galeones era el peor enemigo del comercio indiano.

A Adam Smith no lo preocupan las angustias de El capital en el siglo XXI: la acumulación de capital y su contraparte, la equidad. Veía, en cambio, el anverso de la avaricia como el instrumento de la armonía, siempre y cuando fuese en ambiente de competencia. Así enmarcado, el interés individual genera los bienes que la sociedad quiere, en las cantidades que necesita y a los precios que está dispuesta a pagar. Y, vital en naciones pobres, minimizando la mala asignación de recursos.

Adam Smith era un hombre de la Ilustración, firme creyente de la perfectibilidad del ser humano en la libertad y la racionalidad. Freud y los horrores del siglo XX le han restado lustre a esa convicción. Pero no se equivocó al intuir que las anónimas presiones del mercado resultan, encausadas por la competencia, en la multiplicación de los panes. La llamada matriz de Leontief ha sido el único pobre sustituto con pretensiones universales. Y ha demostrado ser impracticable. La clave es la competencia leal y la abstinencia estatal de conceder prebendas. Adelante señor Superintendente. Falta mucha esquina por escudriñar.

Rodolfo Segovia

Exministro - Historiador

rsegovia@axesat.com


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